domingo, 7 de diciembre de 2008

Dioses: la profundidad de la superficialidad


Aunque han pasado semanas del estreno de Dioses (Josúe Méndez, 2008), no es hasta ahora que me aventuro a escribir, con mis limitaciones en cuestiones de semiótica cinéfila, sobre lo que me impresionó de la película peruana. 

El director es sin dudas el más talentoso de la nueva generación de cineastas que han apostado por realizar un cine propio, muy personal, el cual sea producto maduro de una idea seria y bien pensada. Tal vez sea este antecedente lo primero que pensé cuando el ecran dejó de brillar y cautivar. Méndez había filmado, quizás sin miedo a equivocarme, la mejor película peruana de la historia, Días de Santiago; ahora el director nos daba su segunda entrega, pero sentía que algo pasaba, de repente todo se había quedado en la introducción, en el prólogo, en el dintel de una gran casa, como las que se muestran en Dioses, durante las casi dos horas de filme. Durante los días que siguieron, por las tareas del trabajo y unos trámites más, escuchaba de boca de amigos que la sensación y crítica que Dioses había generado en ellos era que a la película le faltaba algo, como si esta estuviera incompleta, incluso, como si fuera muy superficial.

No todo lo superficial debería ser juzgado como negativo ni todo lo superficial es señal que se oculta lo importante. La clase alta limeña, peruana al fin al cabo, ha sido acusada de supeficial casi de forma fundacional en la historia de nuestro país. Y, no estoy muy seguro, jamás se ha retratado con tanta opulencia a la clase alta o, mejor dicho, nunca la clase alta ha tenido tanto, obviamente, después de Velasco. Exacto, son Dioses, es una parte del Olimpo lo que muestra. Así, Asia se convierte en una de las islas de la Grecia antigua. Esto es lo primero que quiero comentar para afirmar que la película no es superficial por defecto, sino por convicción. La película Dioses no le falta nada o no mucho; esta película pertenece a aquellas obras que necesitan tomar una distancia para observar todos sus componentes para que así se reconfigueren, dialoguen y hagan emerger los significados que nos revele su verdadero mensaje. 

Las primeras imágenes que vienen a mi memoria son dos: el padre mirando el mar y la amante mirando el mar. Acaso esas imágenes retratan a un dios griego que mira sus dominios; pues así es como se presenta en la película. El padre-dios decide qué hacer con el hijo que está por nacer. Así también la amante-mortal observa el mar, pero ya no con el poder del que decide, sino con la debilidad de su condición humana-social. La amante, Maricielo Effio, se aburre ante esa inmensidad, no la domina, o se atormenta ante la invasión-descubrimiento de su familia andina, no lo soporta. Por tal razón, el personaje de Effio se lleva las palmas de la mayoría de la crítica y de los no inexpertos. Effio es el otro que se encuentra en el Olimpo, es el otro que descubre las costumbres, los silencios (la casa deshabitada), los juegos (la guerra de comida en el desayuno), los excesos (las juergas españolas), la ridiculeses (las sesiones de la Biblia y la afición por las flores). Solo ella puede tener esa profundidad en el sitio ajeno, su mirada nos coloca en el punto de vista de un observador que anhela pertenecer. Su mirada es cuidadosa, insegura, busca en esos rostros divinos señales de aceptación de su condición mundana. En contraste, como un Zeus que acostumbraba a seducir a cualquier mortal y a controlar todo, el padre-dios decide al milímetro los destinos de sus vástagos: mandar a su hija a Miami, decidir la carrera de su hijo; al mismo tiempo que dirige su reino y goza con su amante.

Josué Méndez ha afirmado en más de una entrevista que el tema del incesto es un metáfora del hermetismo de la clase social limeña: ellos para estar solo entre ellos solo se enamoran entre ellos. Para ilustrar esto, citaba sus años en el Markham donde se soprendía como las enamoradas rotaban entre los amigos a lo largo de los meses o años. Esta imagen poderosa es lo más profundo de la película: la superficialidad. El director nos pone ante ese mundo de superficie con el fin de que nos demos cuenta que no existe nada más. Si creía al principio que me había quedado en la puerta, era pues, efectivamente, el mundo de los Dioses es tan hermético que nadie puede entrar, sino solo verlo; nadie puede comprender, sino observar. Esta es una película de miradas. Diego observa a su hermana Andrea. Andrea es observada por todos. Andrea después observa quien puede ser el padre de su hijo venidero, pero no lo recuerda, es decir, solo observa, no hay profundidad. Diego, finalmente, observa las fronteras de su mundo, la otra Lima, la cual muchos dioses nunca llegan a ver en vivo y en directo, y desea comprender. 

Una película de miradas sin duda es Dioses. Quedarse en el incesto es limitarse a ver la anécdota de la película. Diego desea a su hermana con culpa no porque las cuestiones morales lo devoran solamente, sino porque también comprende que es incorrecto quedarse en el Olimpo. Diego es el único que defiende a sus sirvientas y les increpa su dejadez por dejarse tocar por los "jóvenes" amigos de Diego, ha entablado lazos emocionales con ellos producto de una infancia llena de nanas. Diego está en esa frontera que solo traspasa cuando fuga de Asia y llega al cerro San Cristóbal y empieza su (auto)descubrimiento. En cambio, Andrea es la diosa en el lugar, ella vive todas las posibilidades de su condición sin importar la deliberación de sus pensamientos. Sus dilemas son ahogados en el licor o en el sexo o en el baile: bacante griega. 

Dioses es una película buena porque es coherente, porque es honesta con su propuesta, porque en esa supuesta superficialidad se encuentra el gran tema de la película. Las miradas se cruzan, pero no se comprenden. Así como la servidumbre, cuando hablan en quechua, afirman no comprender lo que pasa en la casa; así Diego no parece comprender lo que pasa en ese cerro, por lo que necesita estudiarlo (deseo por ser sociólogo). Estos "otros" no se tocan: la servidumbre es muda; en el cerro nadie toca al pituco. Esta es la metáfora final de Dioses: en el Perú cada clase social vive lejos del otro a pesar de que unos viven y trabajan con ellos; y a pesar de que otros los estudian y tratan de comprenderlos.

Para leer una crítica más formal y especializada leer el blog cineencuentro.com.
  

8 comentarios:

Anónimo dijo...

buen comentario. desde hacia tiempo que ya no habia comentarios. vi la pelicula y no la habia pensado de esa manera, pero comparto tus apreciaciones.

DILETANTE dijo...

igual, no terminó de convencer. esperaba algo menos intelectual como debe ser una buena lectura o una buena pelicula

Anónimo dijo...

gracias, si no leo este articulo, no hubiera entendido la pelicula... que te dice esto de una pelicula que necesita traduccion?

Anónimo dijo...

lei por ahi que la pelicula dioses estaba llena de prejuicios y estereotipos, desde los pitucos juergueros y despreocupados o superficiales hasta los pobres buenos, honestos, ejemplo de virtud. yo lo creo igual, pero con buenas imagenes.

Anónimo dijo...

concuerdo con el comentario. La pelicula de Mendez tiene varios niveles, nos falta mayor informacion sobre lenguaje audivisual

Anónimo dijo...

Muy buena la comparación de Dioses. Pero necesitaba mas alcances para comprender que es una película llena de miradas.Gracias

Anónimo dijo...

Escribidor, de donde has sacado que mendez ha pensado todo eso. La pelicula le salió mal porque se agoto con dias de santiago, eso es todo. Todo lo que escribes solo acentua la dificultad del director para hacerse entender por el espectador comun que es la mayoria.

Anónimo dijo...

Que facil es decir que alguien se ha cansado. no toda pelicula debe ser la pelicula. un poquito de esfuerzo mental, pues, que la mayoria no somos incapaces para razonar.