miércoles, 29 de julio de 2015

NO AL IMPUESTO A LOS LIBROS



ESTÁ POR VENCER  EL PLAZO DE EXONERACIÓN DE IMPUESTOS AL LIBRO EN PERÚ

En octubre del 2003 el Ejecutivo promulgó la Ley de Democratización del Libro y Fomento de la Lectura, donde se establecía que por doce años los libros no pagarían Impuesto General a las Ventas (IGV) y tendrían aranceles preferenciales para su importación.
Si el Ejecutivo no prorroga esta exoneración, un libro editado en el Perú podría costar un 18% más por el IGV, mientras que los importados subirían entre un 30% y un 33%. Además, estos estarían sujetos al IGV, al que – según se dice -  se le sumaría entre un 12 y 15% por tasas en aduanas.
La Cámara Peruana del Libro (CPL) – en el marco de la Feria Internacional de Libro 2015 (FIL)  - viene recolectando firmas del público para evitar que los precios de los libros en el Perú suban.
Con esta campaña – y todas las demás que se puedan organizar -  lo que  se busca es llamar la atención del Congreso de la República y el Ejecutivo, especialmente del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), para que se extienda la vigencia de varios artículos de la actual Ley del Libro que exonera a las obras del pago de gravámenes.
Con la exoneración del pago de impuesto a la renta por derecho de autor, la producción de libros en el país se ha duplicado en los últimos diez años. En el 2003, año en que entró en vigencia dicha exención, la cifra bordeaba las 3.500 publicaciones y en el 2012 se incrementó a más de 6.000.

EL TEMA DE LOS IMPUESTOS A LOS LIBROS EN AMÉRICA LATINA

En Argentina, país los libros están exentos de cualquier impuesto el material editorial.  En Brasil es cuentan con un artículo de la constitución de 1988 que les confiere a los libros inmunidad tributaria.
En Cuba, Ecuador, Paraguay, República Dominicana, Uruguay y Venezuela, quienes compran libros están exentos de pagar IVA por ellos. Lo mismo sucede en Colombia y México.
En Bolivia, donde se aplica un IVA del 13% a los libros, la Cámara Boliviana del Libro está trabajando, junto a los ministerios de Educación y de Cultura, en un proyecto de ley para eliminar el gravamen.

UNÁMONOS A ESTA CAMPAÑA

Si bien es cierto que no es recomendable – para una sana economía – plantear exoneraciones de impuestos a productos que, probablemente, también podrían reclamarlo, en el caso de los libros, hay razones sólidas y trascendentes que la respaldan. El crecimiento de una nación no solo debe  medirse por su  consolidación económica, sino por su afirmación cultural y  su fortalecimiento educativo. Esta es una  aseveración aceptada por tirios y troyanos.
En este sentido, el libro sigue siendo un  medio a través del cual, no solo se puede acceder a toda clase de conocimientos, sino, y más importante aún, se accede a una información mucho más elaborada que la que se encuentra, por ejemplo, en las páginas de Internet, al menos por ahora. Salvo las lamentables excepciones de siempre, por lo general,  los contenidos de los libros pasan por una mayor reflexión por parte del autor  y un mayor control editorial.
Algo más, aparte de la múltiple y mejor pensada  información que suelen brindar los libros, estos permiten el ejercicio de  capacidad de abstracción, lo que, a su vez, desarrolla las capacidades básicas que se reclama en todo proceso educativo formativo.
Por supuesto que hay estudiosos que tienen una mayor autoridad para ampliar y fundamentar lo dicho en los párrafos anteriores; sin embargo, lo irrebatible es que los libros son medios aún fundamentales si se habla desarrollo educativo.
German Coronado, presidente de la Cámara Peruana del Libro, recientemente ha afirmado: “Los libros generan conocimiento, inclusión, más oportunidades. Si no fomentamos todas las formas de cultura, el Perú va a convertirse en un país de gente de muy poco criterio y escasa visión de mundo”. Totalmente de acuerdo.
Unámonos ya a esta Campaña. Cuando vayan a la FIL 2015, busquen  el estand en donde se está haciendo la colección de firmas que serán enviadas al Congreso, y cuando pase la Feria, estemos atentos a toda actividad que evite que los libros sean recargados con impuestos que – lamentablemente –  nos alejarían de ellos.

martes, 12 de mayo de 2015

"NOSOTROS LOS BURÓCRATAS", OBRA TEATRAL (COMENTARIO)



Esta semana tuve la oportunidad de ver la obra de teatro “Nosotros los burócratas”. Obra escrita por la dramaturga y actriz, Delfina Paredes, y que fue premiada en 1980, en el  Primer Premio del Concurso Nacional de Obras de Teatro, organizado por el Teatro Universitario de San Marcos (TUSM). En ese momento, por lo que entiendo,  el concurso más importante del país. Sin embargo, por extrañas  circunstancias, la obra recién ha sido llevada a escena este año,  bajo la dirección de Martín  Velásquez, quien es, precisamente, nieto de la dramaturga
¿Cómo así, una obra premiada y – de paso – escrita por una de las actrices más emblemáticas del teatro nacional queda en el olvido por tanto años?
En fin,  al margen  de estas  sinrazones   – que probablemente merezcan una nota aparte -   la obra teatral viene dejando una muy buena impresión en el público.  
Nosotros los burócratas, cuenta cómo un grupo de teatro de un Ministerio Público decide representar su vida laboral.  Sin embargo, el drama se acrecienta porque,  precisamente,  todo se lleva a cabo en el crucial día en el que  saldrá publicada una implacable y generalizada  lista de despidos de empleados públicos, como parte de una política de reorganización del Estado.  Hay, pues, una espada de Damocles pendiendo sobre la cabeza de los funcionarios. Al menos eso se infiere del desarrollo de la obra.
Ahora bien, la obra – como las cajas chinas – tiene varios niveles narrativos porque, de pronto, y con un artilugio teatral que me hizo recordar a Luigi de Pirandello, dramaturgo italiano de gran trascendencia,  se conecta con el público y propone una improvisación que nos lleva a la vida y problemas familiares de aquellos aficionados actores y burócratas amenazados por el despido.  Los sueños y las aspiraciones personales de cada uno, empleados supeditados a los intereses políticos de algún gobierno de turno, podrían quedar frustrados. Un acertado reflejo de la precaria situación económica, la inseguridad laboral y el incierto futuro que se vivió en el Perú de aquellos años cuando fue escrita la obra y que, por lo visto, no ha cambiado gran cosa en lo referente a la oficinas e instituciones públicas.
Cuando la obra se acerca al final, el interés por saber quiénes serán los despedidos está al tope. La tensión no solo incluye a los actores-empleados, sino al  propio público, que ya ha sido comprendido en la obra. En mi opinión, ese es uno de sus mayores logros.
Aun cuando hay momentos en los que gana el discurso típico del teatro de denuncia, una marca indeleble de la dramaturgia de aquellos tiempos, pero que, desde mi punto de vista, es un excedente explicativo que sobrecarga una historia. 
No obstante, la obra es coherente con la línea de teatro que ha caracterizado a la siempre  respetable y  talentosa  Delfina Paredes, y eso sí que es encomiable. “Nosotros los burócratas” es una obra que vale la pena ver.

Va de jueves a domingo a la 8pm, todo el mes de mayo, en la ya mítica sala de la triple AAA (Jr. Ica 323, Cercado de Lima)

sábado, 2 de mayo de 2015

"La pasajera" de Alonso Cueto (Comentario)



Luego de leer  la reciente novela de Alonso Cueto, La pasajera (Edit. Seix Barral 2015), tuve que esperar un buen rato hasta  sosegar el  espíritu. No podía ser de otro modo. Para quienes fuimos – de alguna manera – testigos de los aciagos tiempos vividos en la época del terrorismo,  siempre nos va a perturbar el recuerdo de aquellos tiempos, ya sea a través de un cuadro, una fotografía,  una composición musical o un libro. En este caso, una eficiente  y breve novela.
La pasajera es la  historia del encuentro fortuito,  en un taxi, de un exmilitar del ejército  y una  peluquera. El drama de este encuentro es  intenso porque el  exmilitar – quien es el  taxista –  durante su servicio en Ayacucho (en la época del terrorismo)  se vio obligado a ordenar  un acto vejatorio contra una mujer, un acto tan desalmado que - aun muchos años después – el remordimiento por ese hecho lo sigue atormentando.  La pasajera que sube al taxi  había sido, precisamente, la mujer que tuvo que sufrir los vejámenes de aquella atroz decisión.  A pesar del tiempo transcurrido, ninguno  de los dos personajes ha logrado sobreponerse a las trágicas experiencias vividas en el  Ayacucho de aquellos tiempos.  Victimario y víctima viven su propio calvario y ese encuentro casual agita las aguas turbias de los recuerdos y reinicia un  drama que – por lo visto -  aún no había concluido y deja ver las heridas abiertas de una dolorosa historia que todavía no se ha cerrado.
La novela  –  manejada con un innegable  suspenso y  con las características inherentes a una novela realista –   nos recuerda que, efectivamente, ese capítulo doloroso de nuestra historia no puede considerarse cerrado. Lo cierto es que el impacto de aquellos años de violencia todavía nos persigue, nos afecta, nos duele.  Y aun cuando algunos analistas  ya recomiendan cerrar esa etapa, al menos como referencia creativa para los artistas, por lo visto todavía hay mucho que decir al respecto. En la novela de Alonso Cueto, la historia que se cuenta  está contextualizada en el presente; sin embargo,  los hilos sombríos del pasado aún tienen atrapados a los personajes. ¿Cuántas historias todavía no se han cerrado? ¿Cuántas vidas – a pesar de los años que han transcurrido – siguen sufriendo las consecuencias de un período infausto? La literatura – como todas la demás manifestaciones artísticas – no tiene otra obligación sino la de materializar lo que percibe en su entorno y tal como la percibe. En este sentido, La pasajera es, pues, una novela honesta, breve, sin otra pretensión que la de narrar una historia en tono de ficción; pero  que nos lleva, de modo directo,  a una  imprescindible reflexión sobre una  dolorosa experiencia que aún nos acosa.

La novela fue presentada hace varias semanas, y ha sido bien recibida. Esto más allá de algunos apuntes  desmedidamente puntillosos, más afanados en fruslerías gramaticales que en los aciertos literarios. Este Escribidor ha demorado su humilde comentario porque – como la mayoría de homínidos – tiene los días colmados de quehaceres laborales, y su bandeja de libros que leer sigue congestionada. No obstante, para quienes aún no la hayan leído, se las recomiendo. El final de la novela es un tierno acto simbólico cargado de optimismo. 

lunes, 23 de febrero de 2015

"El rumor de las aguas mansas", de Christian Reynoso (Comentario)



"El rumor de las aguas mansas" (Lima, Peisa, 2013), segunda novela de Christian Reynoso (Puno, 1978)  ha llamado gratamente la atención de la crítica literaria. Eso se infiere, de inmediato, de las notas y comentarios que se han escrito acerca de ella desde su publicación.  
En lo personal, he leído la novela con suma atención, y reconozco que quedé rápidamente atrapado en la lectura.  A pesar de sus 314 páginas,  la leí casi de un tirón buscando descifrar – como suele suceder en una buena novela - los enigmas que se habían planteado desde muy temprano.
Ahora bien, hay un componente histórico que estimula  el interés,  aun antes de iniciar la lectura. Me refiero a los lamentables hechos sucedidos en abril de 2004 cuando una turba descontrolada asesinó brutalmente al alcalde del distrito de Ilave, en la provincia de El Collao. Un hecho  que hizo reflexionar sobre cómo la violencia– en este caso disfrazada de justicia popular -  sobrepasaba todos los límites hasta llegar a la más espantosa barbarie.  La noticia causó un impacto estremecedor no solo  en los habitantes del departamento de Puno, sino, en general, en toda la comunidad peruana e internacional. Sin embargo, y como suele suceder, la memoria de  dicha tragedia se fue relegando hasta perderse, al menos de la  memoria general, mas no de la complicada región de Puno, en donde los resentimientos y conflictos aún subsisten.  Es en este contexto, en el que Christian  Reynoso  decide desarrollar su novela.

No obstante, el mérito de la novela radica, precisamente, en revivir un hecho dramático, pero sin convertir su libro en una crónica o trabajo documental de corte periodístico. En “El rumor de las aguas mansas” hay una trama que se entrelaza con el relato de aquellos infaustos hechos. Un escritor, Bruno Giraldo, quien decide consolidar su relación amorosa con un joven veinte años menor, Almudena,  tiene que alterar sus planes cuando un amigo cercano, el periodista  Núñez – cuya vida corre peligro – le entrega un sobre con documentos que contienen una investigación que revelaría los pormenores de una conspiración que acabaría por propiciar, finalmente, el linchamiento del alcalde Fernando Godoy. Dichos documentos desatan una sórdida e implacable  persecución de quienes serían los directos sospechosos y  que obliga a Bruno, Almudena y a un par de amigos a una huida que los irá  alejando cada vez más. Por mientras, el periodista Núñez desaparece. La persecución arrecia entonces y el asunto alcanza niveles de suspenso cuando se descubre que, incluso, hay infiltrados entre los amigos más insospechados.
La aventura se extiende a países como Bolivia, Paraguay, Argentina, y ciudades como Lima, aunque  el eje desde el cual giran todas las locaciones seguirá siendo “Lago Grande”. He aquí otro hecho interesante en la obra de Reynoso, quien –  ya desde su novela "Febrero lujuria" e, incluso, desde algunos cuentos anteriores – ha ido dándole forma a una ciudad ficticia llamada, precisamente, “Lago Grande”; por supuesto, con una innegable  relación con la ciudad de Puno. Pero, al igual que Juan Carlos Onetti con la ficticia Santa María, Reynoso se desenvuelve con más soltura en una ciudad ficcional en donde sus componentes no tienen, necesariamente, que mantener una fidelidad con la realidad, aun cuando mantiene los vasos comunicantes con ella.  En esta, su segunda novela, “Lago Grande” va adquiriendo una mayor personalidad, un trazo que avizora toda una dimensión plena en donde, probablemente, se desarrollen  sus nuevas historias.
Estructuralmente, la novela está divida en tres partes. Es en la segunda parte, en donde la novela aborda el penoso asunto del linchamiento del alcalde. El autor usa, de modo eficiente,  un narrador omnisciente que se interna en la mente de los personajes  que están detrás del asesinato del alcalde. Hay un cierto tono periodístico que le da dinamismo a este capítulo. En el último capítulo, se cierran los hilos del misterio, usando recursos eficientes como la entrevista con uno de los implicados.

Al terminar de leer la novela, y más allá de la certeza de haber leído una estupenda novela muy bien contada, me ha quedado la certeza de que en este país  - de variadas culturas y muchos resentimientos  - hay todavía mucho que resolver.  Y si  estas contradicciones no se remedian, la amenaza de un magma de violencia latente  podría estallar ante cualquier pinchazo social.  En el mismo título de la novela, “El rumor de las aguas mansas”, el autor deja en evidencia, precisamente, lo anunciado:  "Hay un territorio inflamado bajo la apariencia de aguas mansas".

Recomiendo plenamente la lectura de este novela, y felicito a Christian Reynoso por un estupendo trabajo que deja muy  en claro que la literatura peruana contemporánea cuenta con escritores serios, disciplinados y   consolidados como Reynoso quien – según entiendo – ha decidido dedicarse plenamente a literatura.  Congratulaciones.

martes, 17 de febrero de 2015

"Flores amarillas" de Raúl Tola (reseña y comentario)


"Flores Amarillas" (Edit. Alfaguara - 2013) es una excelente novela  que, por un lado, narra la historia de una familia de migrantes italiana que llega a Perú a mediados del siglo XIX, mientras que, en capítulos alternados, da cuenta  del apogeo y posterior decadencia de uno de sus  descendientes, Severo Versaglio,  a mediados  del siglo XX. 
Los capítulos que narran la salida de los primeros Versaglio –  de un pueblo llamado Brunate –  están enmarcados en la Italia revolucionaria de Garibaldi, allá por los años 1860, lo que incluye, de paso, un curioso dato acerca de una visita algo furtiva de Garibaldi al Perú. Hay un interesante tono de aventura en dichos capítulos y que hacen de la odisea - de Albano y su hijo Giovanni -  un particular  cuadro de lo que debe haber significado la  inmigración en muchas de aquellas familias que finalmente terminaron por establecerse en el Perú.   
De otro lado, la historia de uno de los descendientes, el velado y poderoso Severo Versaglio, está contextualizada en la Lima del ochenio de Odría. Dicho espacio y tiempo, signado por la dictadura, la corrupción  y las relaciones mafiosas entre el gobierno y los grupos de poder forman el ambiente apropiado  en donde – desde la perspectiva de la novela – la naturaleza astuta, y a ratos  desalmada, de don Severo Versaglio logra desenvolverse cómodamente, lo que  le permite alcanzar una notoria prosperidad que luego – por los propios juegos del poder y la corrupción –  deriva  en una calamitosa decadencia.
Ahora bien, la novela – como ya se mencionó  – está organizada en capítulos alternados con un buen manejo de los tiempos y de los espacios, y con un lenguaje sobrio que se adecua correctamente a la estrategia narrativa de la novela: una tercera persona omnisciente y ponderada. Solo en muy pocos momentos, la voz narrativa resbala en alguna exuberancia adjetiva.
Algunos de los personajes que aparecen – principalmente en los capítulos que abordan los avatares de Severo Versaglio – están diseñados a partir de supuestos personajes de la vida real: sutil juego que estimula la curiosidad de algunos  lectores que intentan  – por lo común – compararlos con los seres históricos. Sin embargo, más allá de ese  sugestivo y válido artificio, personajes como el mismo Severo Versaglio, su cuñado Lucas, el Tatán de la novela, así como Esparza Zañartu y el propio Odría, entre otros, alcanzan su particular dimensión y corresponden bien con el sentido y la atmósfera que se plantea en la novela. Buscar confrontarlos con los seres históricos o familiares del autor solo quedaría en la anécdota. Lo que se valora  en una novela es ese universo paralelo que puede coger como referencia muchos elementos de la realidad, pero que luego toman su propio camino en ese maravilloso espacio inconmensurable de la ficción y tan solo limitados por  un requisito básico: la verosimilitud literaria.
Como suele suceder, la obra tiene referentes indudables que el mismo autor reconoce en los epígrafes que cita. Tanto el hálito narrativo de Mario Vargas Llosa como la hondura de Mario Puzo impulsan inicialmente la novela. Sin embargo - también como debe ser - Raúl Tola luego toma su propia ruta, logra una narración personal y deja evidencia de una voz propia que, seguramente,  irá consolidándose en sus siguientes trabajos.

Si acaso no alcanzaron a leer esta novela, se las recomiendo. Principalmente a aquellos lectores que esperan  hallar una trama, un conflicto y un contexto histórico convincente. 

miércoles, 11 de febrero de 2015

Fulano y la rosa. De "Notas de la Ciudad" (relato)


A propósito de la llegada del catorce del febrero, conocido como el "Día de los Enamorados", les dejo esta pequeña Nota de la Ciudad.




FULANO Y LA ROSA

Fulano sostenía una rosa en la mano derecha y, en la otra mano, cargaba un bolsón negro y envejecido, tipo mochila.  Era de mediana edad, tenía la cabellera lacia, desordenada y algo sucia;  una barba de náufrago y una mirada de huérfano que, francamente, lastimaba. Pude verlo bien porque estaba parado muy cerca de mí. Yo estaba cerca de la esquina que se formaba en la intersección de la avenida Pardo de Zela con Arequipa y  aguardaba, junto otros peatones,  a que pasara el colectivo  que me llevaría, por fin,  a casa después de tantas horas de oficina y  de complicaciones propias de cada día.
El hombre de la rosa en la mano parecía medianamente normal, aunque sus ojos lucían algo extraviados; sin embargo, lo extraño era  la rosa, una sola, de tallo largo y de capullo  encarnado, envuelta en papel celofán, lucía como fuera de lugar entre sus  fachas desastradas e incitaban cierta sospecha en los transeúntes de esa hora. Por lo menos,  evidenciaban a Fulano como un extravagante o como un tonto de primera clase: de esos que aún escuchaban baladas amorosas del recuerdo, que copiaban poemas enmarcados en viñetas de flores trenzadas y que sufrían, a fondo, por amor.
Lo cierto es que sentí vergüenza ajena y entonces opté por alejarme unos pasos de él. Los demás, los que se tropezaban a ratos con él y descubrían la rosa entre sus manos, inmediatamente mostraban una sonrisa socarrona y poco disimulada, además de ciertos  gestos burlones. Había otros que hasta buscaban la mirada cómplice con algún otro caminante para confirmar la estupidez de aquel Fulano de piel cetrina, casaca azul y con una rosa intensamente roja entre sus dedos oscuros.
Ya era la hora punta y el paradero de Pardo con Arequipa ya estaba totalmente congestionado de peatones que aguardaban su transporte. Una delgada línea rojiza, la última luz  de la tarde,  aún se mantenía por encima de los empolvados edificios de Lince, aunque la llegada de la noche ya  se presumía.  Las luces de los faroles iban despertando y los colores fosforescentes de los letreros luminosos  se iban haciendo más nítidos sobre las fachadas de los comercios.
De pronto, de uno de los vehículos de transporte público que reiniciaba la marcha con el cambio de luces,  salió una voz sibilina que gritó en el momento justo: ¡Imbécil! Era obvio que el agravio iba dirigido al hombre de la rosa. Sin embargo, este pareció  no haberse inmutado, aunque tenía que haberlo oído porque el insulto se escuchó, fulminante, en el mínimo espacio de silencio que puede darse entre los bocinazos, los silbatos y los gritos de los cobradores que vociferaban nombres de calles y distritos. La voz rasposa se filtró, exactamente, en ese resquicio: ¡Imbécil!

Fulano alzó un poco más la rosa que ahora parecía más erguida, más roja, más intensa. Yo estuve  mirándolo a ratos, conmovido y curioso, pero sin descuidar la visión de la avenida por donde tendría que llegar mi transporte. A ratos, los viejos y desfallecientes árboles que vigilaban la avenida Arequipa susurraban intensamente  cuando el viento del crepúsculo y las últimas parvadas de aves vagabundas removían sus hojas.
Cuando por fin llegó  el colectivo que me llevaría a casa, y lo abordé entre empujones, pude ver que Fulano aún permanecía en su lugar, cerca de un puesto de revistas y casi de espaldas a una carretilla que vendía dulces y cigarrillos al paso. Fulano tenía toda la facha de un hombre a quien habían plantado; no obstante, seguía sosteniendo la flor envuelta en su celofán. A ratos parecía difuminarse entre la cerrazón del gentío; luego, reaparecía: la mirada algo extraviada, la casaca azul, el bolsón colgado del hombro derecho, la rosa roja- casi refulgente - entre sus manos entumecidas.
Recordé que mañana tenía una reunión de trabajo muy temprano, que las ventas habían bajado, que había que trazar nuevas estrategias de captación de mercado y que, en lo personal,  debía mejorar mi récord si quería seguir ascendiendo en la empresa. Es decir, como tantos otros: había que trabajar más, afanarse más, la vida era muy corta, había tanto que hacer.


Cuando el colectivo dio la vuelta por la avenida Arequipa con dirección al Centro, todavía pude ver un poco de Fulano y hasta algunas de las miraditas burlonas de los transeúntes de esa hora. Luego el silbato de la policía apresuró el tránsito, la noche se hizo  definitiva y ya no pude ver más a Fulano.

lunes, 29 de diciembre de 2014

CUENTO DE NAVIDAD




CUENTO DE NAVIDAD 

Ríchar Primo

Habían instalado un gigantesco árbol de Navidad, uno que abarcaba los tres niveles o pisos en los que estaba divido el Centro Comercial y que se elevaba majestuoso por entre las escaleras de eléctricas. Desde el primer nivel, apenas si se podía ver la cima del árbol y casi nada de la estrella luminosa que adornaba su cúspide: apenas un destello impreciso; pero, a cambio, el público que paseaba por el primer piso,  sí podía contemplar los regalos, o al menos las cajas que simulaban ser regalos y que estaban envueltas con papeles llamativos y lazos de todo tipo y color: los había de todos los tamaños y hasta de formas. También podían admirar el gran e impresionante nacimiento de tamaño natural y las demás ornamentaciones que adornaban la base. Algunos se quedaban un largo rato mirando el paisaje navideño que habían montado los decoradores del Centro, pero la mayoría se desplazaba apurada hacia el interior de las tiendas. Era 23 de diciembre y las puertas del Jockey Plaza habían sido abiertas desde las diez de la mañana, aunque ya mucha gente había estado esperando desde hacía un par de horas. Claro, ese era un escenario común en los días previos a las fiestas de fin de año: el furor por las compras navideñas, desde hacía unos días, se había desatado por completo en toda la ciudad. 

José Navarro había sido de los primeros en llegar, pero esperó a que se despejaran las entradas para luego ingresar cuando hubiera menos congestión. Anita Saravia, su enamorada, le había pedido que lo esperara en el Jockey, en la segunda rotonda, precisamente en donde habían colocado el árbol gigantesco. Pudo haberla esperado bebiendo algo en una de las cafeterías cercanas, la mayoría tenía mesitas en el pasadizo y hubiera sido más cómodo observar desde allí cuando ella llegara, pero esa mañana José se sentía demasiado ansioso como para esperar sentado. 
Aunque la principal razón para esa cita era comprar los regalos para los parientes y luego almorzar, José sabía que tendría que aprovechar la oportunidad para decírselo de una vez, era inevitable. Había estado ocultando la noticia por varios días, y era eso, precisamente, lo que lo estaba fastidiando. Su novia tendría que saberlo de una vez. Miró su reloj y dedujo que ella, como siempre, iba a hacer uso del rango de treinta minutos de tardanza que solía tomarse desde que estaban juntos. Sonrió tenuemente y decidió entretenerse mirando las vidrieras de las tiendas que estaban más cerca. 

Había conocido a Anita hacía un par de años, justamente en diciembre, pero de los primeros días, cuando aún el alboroto por las compras navideñas no se desataba. Aquella vez había salido a almorzar y el restaurante a donde solía ir estaba atiborrado; pero ese mediodía, por suerte, había logrado conseguir una mesita junto a la ventana, una desde donde se podía ver la Vía Expresa. Fue entonces cuando la vio entrar: linda, vestida con el uniforme azulado que identificaba a los de su banco. Ella miraba decepcionada hacia el interior del restaurante. Obviamente no había mesas disponibles. Era la hora en que todos los empleados de las muchas oficinas que abundaban por Canaval y Moreyra tenían su hora de refrigerio. José vio su rostro apenado, sus grandes ojos auscultando inútilmente el lugar y entonces tuvo su mejor arrebato desde hacía mucho tiempo: levantó la mano para llamar la atención de Anita y luego se le acercó para sugerirle que compartieran la mesa. Ella lo miró, caviló unos segundos y, luego, como si hubiera descubierto algo familiar en la cara turbada de José, le sonrió y aceptó la invitación. De allí en adelante almorzaron juntos por mucho tiempo, hasta que Anita - meses después -  fue transferida a otra sucursal del Banco, una agencia que estaba por Miraflores. Sin embargo,  eso ya no importó mucho porque, para esa época, ellos ya eran pareja desde hacía muchos meses. 
- Lo siento, lo siento – le dijo Anita, que había aparecido repentinamente – se me hizo tarde.
- No importa, amor – le dijo José -, no importa. 
Le dio un pequeño beso en los labios, la contempló muy rápido, luego le pasó el brazo por los hombros y le indicó sutilmente que caminaran. El público que se desplazaba por el Jockey ya había aumentado, pero aún no llegaba a congestionar los corredores del lugar como seguramente lo haría más tarde. Ana lo miró un tanto extrañada. Por lo general, había un leve reclamo sobre su tardanza, a veces un par de bromas y, finalmente, otro beso que ponía fin al asunto. Sin embargo, esa mañana José parecía estar algo distraído y sin ganas de repetir la escena. Ella, entonces, solo se dejó llevar. Usaba un pequeño y coqueto sombrero de fieltro azul que escondía su corta cabellera y se había envuelto el delicado cuello con una pashmina turquesa. Aunque José no se había percatado, algunos gestos en el bello rostro de Ana revelaban que también algo la perturbaba. 
- ¿Quieres una bebida antes de ir por las tiendas? – preguntó él. Ya habían encendido la música ambiental en el Jockey y la tonada de los villancicos pareció acelerar un poco más el ritmo de los clientes y vendedores. 
- Sí, buena idea – dijo ella. Se sentaron en una de las mesas exteriores del Starbucks, pidieron un té para ella y un café para él. ¿Té? Exclamó José algo sorprendido y Anita, algo ruborizada, señaló: Imagínate. Luego agregó:  Y puede que deba dejar el café por un tiempo. Sin embargo, José no prestó mucha atención a lo que había anunciado Anita, a pesar de que ella había usado un tono en clave que él solía captar cuando estaba más atento a la conversación. Ella lo miró con curiosidad. Luego hubo un silencio momentáneo, como si cada uno estuviera reflexionando en lo que tendría que decir después. Habían aparecido algunos hombres disfrazados de Papa Noel que discurrían por los corredores y agitaban, de tanto en tanto, sus campanas saludando por Navidad. 
- Tenemos unas tres horas para hacer las compras – dijo José -. ¿Crees que nos alcance para comprar todo? 
- Lo vamos a intentar – le respondió ella -; tampoco son muchos los regalos que debemos comprar, ni vamos a ser tan selectos, ¿no? 
- Cierto. Ni tampoco deberíamos gastar tanto 
- No – dijo Ana -, claro que no. 
Cuando llegaron las bebidas, se distrajeron un rato con el azúcar y con los primeros sorbos. Por momentos, José arrullaba con una mano los largos y delgados dedos su novia, mientras que, con los dedos de la otra mano, tamborileaba lentamente sobre la mesa. Ana, por su parte, contemplaba a ratos a su pareja y luego, también parecía perderse en sus propias preocupaciones. En otra mesa del café, muy cerca de ellos, una señora joven arrullaba a su bebé y, de tanto en tanto, indagaba con la mirada por los alrededores como si esperara ansiosa la llegada de un conocido. Una carriola azul estaba estacionada cerca de ella. A todas luces se notaba que era su primer bebé y que todo lo que estaba viviendo era reciente y complicado, aunque agradable. La manta que envolvía a la criatura tenía estampados con alusiones a la Navidad. José sonrió: el espíritu navideño se había desatado. Luego, repentinamente, su sonrisa se ensombreció cuando recordó lo que le estaba sucediendo y lo que tenía que contarle a su novia. 
- Debemos hablar – le dijo Ana -. Tengo algo importante que decirte – agregó -, y necesito que me escuches con mucha atención. 
Las palabras de su novia lo tomaron por sorpresa, y solo atinó a decir: 
- Por supuesto – luego, acotó inmediatamente -. Aunque yo también tengo algo que debo contarte. 
Desde la otra mesa, llegaba el ruido de una sonaja con la que la joven madre distraía a su bebé: era un repiqueteo que parecía concertar con los villancicos. Ana parecía no haber escuchado la última acotación de su novio. 
- Te escucho – le indicó José. 
- Primero necesito decirte algunas cosas - agregó ella - y después necesito tener en claro lo que tú tenías pensado sobre nosotros. ¿Entiendes? 
José afirmó con un movimiento de cabeza. Seguía sorprendido. En la voz de Ana, para entonces, había un tono más grave. 
- Tienes que saber que yo no tuve la intención de hacerte esto – dijo Ana -. Sé que somos adultos y que debemos ser responsables de los que hacemos. 
- No te entiendo. 
- En un momento lo vas a entender – lo cortó ella. Miró a la mujer que entonces acunaba al niño. Suspiró profundamente. Luego caviló por unos instantes -. Hemos estado juntos por dos años y sé que todo había estado saliendo de maravilla, ¿cierto? – José afirmó con la cabeza aún desconcertado -; sin embargo tú nunca has sido claro sobre nuestro futuro – volvió a callar otro instante, como buscando las palabras adecuadas para lo que tenía que decir a continuación -. Yo no me había dado cuenta de todo esto hasta hace unos días, sabes. Solo después de hablar detenidamente con una persona y que me dijera lo que me dijo, me di cuenta de que tú y yo aún no habíamos planteado ningún futuro preciso para nosotros. 
- ¿Cómo que no? – la interrumpió José -. Hemos hablado de nuestras carreras, de viajar, de casarnos en algún momento. 
- Hemos hablado de lo que hablan todos los enamorados, José – lo cortó ella -. Solo ligeramente, solo palabras lindas, pero, en verdad, nada concreto. 
- Pues, Ana, no entiendo bien a dónde quieres llegar con todo lo que estás diciendo – José se puso rígido, palideció un poco -; pero, por lo visto, no me va a gustar mucho. 
- Puede que no, José - dijo ella -. Eso es lo que temo. José sintió entonces que todo en su vida estaba por descender un nivel más y que, ahora sí iba a tocar fondo. Sintió que esa mañana de diciembre, en pleno apogeo navideño, algo se iba quebrar en su destino dramáticamente. El ramalazo de un estremecimiento de fatalidad asoló todo su cuerpo. ¿Cómo podía ser? ¿Anita? ¿Su Anita iba a dejarlo? Por un momento pensó en levantarse de inmediato y marcharse sin esperar más explicaciones. Pero el peso de sus temores lo mantuvo sentado, totalmente inerte. Ella ahora había vuelto a mirar al bebe de la joven mujer. La criatura se había liberado de la manta y agitaba las manos alegremente. José notó que un mechón del cabello lacio y castaño de Anita se había escapado del sombrero con el que ataviaba su cabeza. Desde ese ángulo, él pudo apreciar todo el esplendor de ese bello rostro que ya estaba empezando a extrañar. La pashmina alrededor de su cuello largo y sonrosado, la casaca también azul desabotonada con gracia, hasta insinuar una discreta entrada hacia sus tiernos pechos. Ana era la mujer de su vida, de eso estaba seguro. Sin embargo, pudiera ser cierto que no se lo hubiera dicho a ella con la suficiente contundencia. Tal vez no habían sido suficientes los gestos y los detalles que había tenido en esos dos años para con ella, quizás era cierto eso de que hay sentimientos que se deben declarar en palabras claras y explicitas. Pero, aun así, eso no podía justificar que lo fuera a dejar sin haberlo conversado por lo menos. Ana volvió el rostro hacia él para mirarlo fijamente, y él creyó advertir, de pronto, que esos ojos acaramelados aún lo miraban con ternura. Definitivamente, ella era la mujer de su vida aunque ahora lo estuviera confundiendo rematadamente. 
- ¿Quieres que continúe? – le dijo ella 
- Tú, ¿quieres continuar? – Respondió él - ¿Estás segura? 
- No hay de otra, José; pero como vi que te desencajaste, quise esperar un poco. 
- ¿Cómo quieres que me ponga, querida? ¿Te parece poco? 
- Pero si aún no te he contado la noticia, amor. ¿Amor? 
José se sintió, ahora sí, más confuso todavía. Ana era una mujer muy centrada, de ello estaba seguro, pero en esos momentos ella lo estaba embrollado por completo. ¿Amor? Entonces de qué iba el asunto. Estaba confundido. Su novia era una mujer tan sensata que José esperaba, más bien, que esa mañana, cuando él dijera que - lamentablemente - él había perdido el trabajo y que todo lo que tenía planeado se le frustraba, iba a encontrar en ella las palabras que lo reanimaran. Había previsto contarle todas sus cuitas ese día: que hasta que obtuviera otro buen empleo, todo se le detendría por un tiempo, que se paralizaban los trámites de su titulación, el proyecto que había diseñado con un amigo para un negocio y otras cosas más. Sin embargo, no iba a decirle, lo más importante de todo, que hasta antes del despido había pensado pedirle que se fueran a vivir juntos. Eso definitivamente se lo iba a callar hasta que llegaran mejores tiempos. En fin, había supuesto que después de contárselo todo – menos lo de irse a vivir juntos - y aun cuando la fiestas de Navidad no fueran un buen momento para sus congojas, ella lo iba a ayudar a encontrar la salida. No obstante, luego creyó entender que Ana le anunciaba el fin de su relación, y el mundo se vino abajo; después, repentinamente, sus ojos acaramelados lo estaban mirando con ternura, y volvía a llamarlo amor. Sí, Ana era la mujer de su vida, pero esa mañana lo tenía desconcertado. 
- Estoy embarazada, José – exclamó Ana. El hombre se quedó quieto. Por un momento el sonido monótono de los villancicos dejó de oírse y el ajetreo de los caminantes se hizo lánguido. Ella se llevó ambas manos hacia el rostro y luego apoyó la su cara sobre las palmas. 
- Sé que no estaba planeado – agregó. 
- ¿Vamos a tener un bebé? – preguntó José mientras su rostro recuperaba el color. 
- Sí – dijo ella 
- Vamos a tener un bebé – volvió a repetir el hombre ahora casi sonriendo
- Y ahora, ¿qué va a pasar? – preguntó ella.

José miró a su alrededor y se percató de que la joven madre ahora le sonreía a un hombre que acababa de llegar a su lado. Vio cómo ambos volvían a mirar a su criatura como si aún estuvieran descubriéndole nuevos rasgos. Las otras mesas ya se habían ocupado también y en los corredores del Centro Comercial el ajetreo había aumentado. 
- Lo primero que debemos hacer – dijo, como si estuviera disfrutando de cada palabra – es comprarle a nuestro bebé su primer regalo de Navidad. 
Se tomaron de las manos, y no sintieron la necesidad de decir más. Después de un rato, los dos iban de la mano subiendo por las escaleras eléctricas del Jockey. 
- A propósito - le preguntó Ana – qué era lo que me ibas a contar 
- Nada importante – le respondió José y sonrió.

viernes, 19 de diciembre de 2014

BORRADOR FINAL DE LA COP 20 - LIMA




Finalmente, luego de doce días de trabajo (trabajo y muchas reuniones de protocolo y demás actividades intrascendentes) lo que quedó de la COP 20 - Lima fue un borrador  de cinco páginas con seis acuerdos que serán discutidos y (ojalá) firmados en París 2015. Habría que anotar que el documento inicial tuvo más de cuarenta páginas. Luego de un entrampamiento frustrante, el documento se redujo a las cinco páginas finales.
Para algunos, no hubo algo trascendente: todo fue una insulsa retórica. Para otros, sí hubo acuerdos: inusitados e importantes. Sin embargo, para la mayoría el asunto pasó desapercibido. Como suele suceder, llamaron  más la atención los problemas tangibles y cercanos del día a día. El peligro que corre el medio ambiente aún sigue siendo percibido - al menos para la mayoría - como un tema abstracto de muy,  pero muy largo plazo.
Lo cierto es que el medio ambiente se sigue deteriorando y estamos apenas a dos grados de llegar al final de nuestra historia como planeta habitable.
 


martes, 9 de diciembre de 2014

"Camino de piedra y agua", de Juan Carlos Galdo (comentario)


A pesar del ajetreo que me toca vivir en estos días de evaluaciones, cierre de registro de notas, eventos de clausura - además del jaleo propio de fin de año-, por fortuna, me he dado tiempo para disfrutar de un interesante libro de viajes “Caminos de piedra  y agua”, de Juan Carlos Galdo. Libro publicado por editorial Peisa y presentado en la reciente Feria del Libro Ricardo Palma.
Un escritor emprende un viaje por tierra de Río de Janeiro al Cusco vía La Paz; sin embargo, llevado por algunas providenciales circunstancias llega a Puno (lo cierto es que regresa a ese lugar después de muchos años) y, después  de algunas cavilaciones,  decide permanecer en aquel lugar por un tiempo indefinido, cautivado no solo por el duro y abrumador paisaje de aquella región imantada por el lago  Titicaca, sino por las personas que va conociendo, y a través de la cuales va descubriendo - y con él, los lectores – las claves culturales del altiplano peruano.
“Caminos de piedra y agua” es – en términos generales – un libro de viajes. El autor traza una ruta que marcará su recorrido, un recorrido que – en este caso -  se conoce como el “corredor cultural aymara”,  y mientras camina por pueblos como Yunguyo, Juli, Zepita, Pomata, Ácora  - y la misma ciudad de Puno - describe con una muy buena prosa  los paisajes  y a los peculiares personajes que va conociendo. Ahora bien, un buen libro de viajes, además,  va vinculando los hechos presentes con datos históricos y componentes anecdóticos. Con este recurso el recorrido se convierte en algo más que una ruta física para volverse un relato  multidimensional.  
Creo que - en estos aspectos-  el libro de Juan Carlos Galdo   cumple largamente  con las expectativas  de un buen libro de viajes.  Sin embargo, el autor me ha mostrado algo más complejo que un buen relato de viaje. De manera sutil, siento que ha  logrado combinar una crónica de viaje con otra crónica en donde las sombras sinuosas de una novela se dejaban ver entre los pliegues de la ruta.
Aun cuando libro está dividido, en una primera parte, según los lugares que va recorriendo, de tanto en tanto – en cursivas – intercala retazos de historias y apuntes que, aparentemente, parecieran desconectarse de la crónica. Luego, hay una segunda parte en donde más que los lugares, importan los personajes. De pronto, se inicia un viaje hacia el interior de los personajes y el libro, ingeniosamente, deja de ser una hoja de ruta histórica y cultural para proponer también un viaje hacia el insondable espacio interior del ser humano.

Recomiendo darse un tiempo para leer este interesante libro. Como suele suceder, un libro puede ser interpretado de tantas maneras como lectores tenga. Por mi parte, he quedado gratamente impresionado por la propuesta de libro, y  aun cuando supongo que cada lector va a encontrar diferentes puntos de conexión luego de su lectura, creo que en líneas generales van disfrutar de este viaje por “el corredor cultural aymara”. 

sábado, 4 de octubre de 2014

"Fraude epistolar", obra de teatro (comentario)


Se estrenó,  finalmente, la esperada obra teatral “Un fraude epistolar”. Una tragicomedia escrita por Fernando Ampuero y dirigida por Giovanni Ciccia.
La historia, situada en Lima a inicios del siglo XX, está basada en la anécdota ocurrida entre el escritor español Juan Ramón Jiménez, el poeta José Gálvez y la llamada ‘novia fantasma’, Georgina Hübner.
Un par de jóvenes (Gálvez es uno de ellos) deciden escribirle al poeta de su admiración, Juan Ramón Jiménez para conseguir los libros del vate. Ahora bien, con el fin de conseguir la atención del escritor, fraguan la traviesa idea de que la carta sea firmada por una mujer y, más aún, se esmeran en que la carta tenga todas las características  propias de una dama limeña. En el camino deciden usar el nombre de una pariente (Georgina Hübner).  La carta genera un gran efecto en Juan Ramón Jiménez y, por ello, se establece una correspondencia entre el poeta y la dama apócrifa. La cartas se vuelven cada vez más febriles y los jóvenes deciden cortar la correspondencia que se ha vuelto amorosa y amenaza con una visita del poeta a Lima. No se les ocurre mejor idea que inventar la muerte de la amada. Suponen que, con esa treta, se acabará el entuerto en el que se han metido. Sin embargo, el asunto va dejando  su tono de comicidad y alcanza un nivel emocional dramático porque Juan Ramón Jiménez asimila mal la noticia y  enferma. Con el tiempo, inspirado por ese amor truncado, el español  escribe un  sentido poema que publica en uno de sus libros más difundidos. La intranquilidad por el posible chismorroteo  en la sociedad limeña invade a los jóvenes, pero no hubo demasiado alboroto como temían. Luego, la anécdota cobra un vuelo mayor cuando el poeta se entera del engaño, enfurece y manda retirar el poema de sus libros. Todo esto aumenta las constricciones de los ya no tan jóvenes limeños.
Una llamativa historia - más aún por el hecho de estar basado en un acontecimiento real –  y que trabajada por la buena mano de Fernando Ampuero, alcanza un vuelo literario interesante.  Ahora bien, la obra, en su última parte, deja de ser solo una anécdota bien llevada y se acerca – de una peculiar manera –  a una fascinante propuesta, esa en donde los límites que separan la realidad de  la ficción se difuminan por obra y gracia de la palabra. En las confesiones finales de la ya veterana Georgina Hübner, en diálogo con los también ancianos personajes, se alcanza a percibir que la mejor parte sus vidas fue aquella etapa en donde estuvieron atrapados entre la ficción y la palabra.
“Fraude epistolar”  es una obra que vale la pena ver. Una muy  buena realización divida en dos actos. Y como se anuncia, una tragicomedia  con sus  picos de humor y de dramatismo bien pensados, y, sobre todo, muy bien actuados. Hay una serie de recursos a los que apelan, tanto el autor como el director, para darle el dinamismo adecuado a la trama. Recursos visuales, de iluminación y de enfoque que funcionan correctamente. Un personaje que simula ser el dramaturgo y que conecta los diferentes cuadros de la obra. Hubo momentos en los que recordé a Luiggi Pirandello y esa inclinación a disolver la línea entre la obra y el público, principalmente cuando el supuesto dramaturgo  habla con los personajes de la obra.

Me alegro de haber visto esta obra teatral. Desde mi sencillo punto de vista, es un gran trabajo de dirección y producción, aparte de las buenas actuaciones. Confirma la idea de que el teatro peruano está alcanzando uno de sus mejores momentos con muy buenos montajes.