martes, 2 de agosto de 2016

"La pasajera del viento" de Alonso Cueto (Comentario)


Con La viajera del viento,  Editorial Planeta (2016), el escritor Alonso Cueto ha anunciado que cierra su ciclo de novelas  sobre la violencia interna que sufrió el Perú entre los años ochenta y noventa. Quienes hayan leído tanto La hora azul como La pasajera encontrarán que esta novela, La viajera del viento, no solo cierra la trilogía sobre la violencia con una historia que se complementa apropiadamente con las anteriores, sino que también  plantea un  tema  impostergable sobre esa difícil etapa que nos tocó vivir y cuyos efectos aún nos siguen lastimando. El espinoso y difícil paso llamado redención.
Esta propuesta se infiere de la  lectura de la novela, pero también aparece con todas sus letras en la contratapa, en las últimas líneas.  
Ciertamente, no basta con señalar a los responsables que llevaron a los peruanos a esa etapa de violencia y salvajismo extremos, tampoco es suficiente con explicar  las circunstancias que ocasionaron esa explosión social. Los coletazos de ese  estremecedor conflicto aún siguen alcanzándonos. Parte de la trama de esta trilogía narrativa es señalarnos que, entre nosotros,  hay muchos conciudadanos que todavía  sufren los efectos de toda esa tragedia.  Es  pues imprescindible  dar un paso – complicado eso sí - , pero  definitivo hacia la reconciliación que debería ir de la mano de un proceso, aún más complicado,  llamado redención. Por supuesto que este es un asunto que no  le compete directamente a un novelista cuya base de trabajo es la ficcionalidad, sin embargo, se aprecia mucho que haya escritores como Alonso Cueto – y muchos más indudablemente – que asuman este reto de plantear, a través de la literatura, aquellos pasos que se deben dar necesariamente para restañar las heridas que aún no han cicatrizado.

En la trama de La viajera del viento, hay un personaje llamado  Ángel que  vive de mala gana. Trabaja como vendedor en una tienda de Surquillo, que prefiere la soledad a pesar de tener un hermano que lo aprecia mucho. Se entretiene participando en peleas algo clandestinas en donde a veces pierde y en otras ocasiones gana. Aunque todo parece indicar que es más bien un acto de expiación  por algún pecado  que lo agobia silenciosamente.  Un buen  día,  entra  a la tienda una mujer a la que había matado unos años antes, cuando era un soldado destacado en la zona de conflicto contra los subversivos.  Lo que le sorprende no es tanto verla viva sino que ella no lo reconozca. A partir de ese encuentro se desata toda la historia y se desembalsan todos los sentimientos  y remordimientos contenidos.
Reconozco que, en un principio, creí encontrarle a la novela cierto parecido con el libro anterior, La pasajera. Sin embargo, conforme la historia fue avanzando, comprendí que en esta última novela de cierre, efectivamente, ya no solo se planteaba el difícil encuentro con el pasado, sino el simbólico acto de reconciliación con la vida. Hay una nueva muerte de por medio, una reclusión en la cárcel,  y un acto, si se quiere, de redención en la vida de Ángel y de Eliana. Aunque en el caso de ella, todo se infiere al final de la novela en estupendo capitulo cargado de simbolismos que cierra con eficiencia la trama.
Como la novela es reciente, no me atrevo a contar más de ella para que cada lector llegue  su propio descubrimiento y a la valoración de la obra.

Sin embargo, debo expresar que considero que Alonso Cueto, con esta última novela de la trilogía mencionada, ha dejado constancia de cómo la literatura contribuye en la definición de nuestra sociedad sin renunciar al hecho fundamental de una obra literaria: contar una historia que te atrapa desde el comienzo hasta el fin, y que luego te tiene por un largo rato pensando no solo en la historia sino en la vida.

miércoles, 27 de julio de 2016

"LOS GENIECILLOS DOMINICALES" DE RIBEYRO ( REEDICIÓN - BIZARRO EDITORIAL)

Editorial Bizarro

En relación con  las reediciones de libros, alguna vez leí que tan  importante  como la  publicación de novedades,  también lo era  reedición de libros cuya validez necesitaba actualizarse en el referente de los lectores. Y que esta preocupación  incluía a las editoriales, librerías y a la crítica en general.
Las reediciones – decía la nota - daban la posibilidad de redescubrir lo que el almanaque había dejado perdido en el camino de la constante actividad literaria, a pesar de la valía de la obra. Una reedición (con toda la movida literaria que implicaba) recuperaba una obra para colocarla en la mesa de novedades de manera que  las nuevas generaciones tenían la oportunidad de reencontrarse con ella.
Es en este sentido que me permito destacar la labor de Editorial Bizarro que ha tenido a bien reeditar la novela de Julio Ramón Ribeyro, Los geniecillos dominicales.  
Tengo en mis manos una pulcra edición enriquecida con un prólogo acucioso de Mario Vargas Llosa y al que se le agregan – al final de la novela -  varios comentarios valiosos de Sebastián Salazar Bondy, Maynor Freyre, José Medina, Eleodoro Vargas Vicuña, Jorge Coaguila, entre otros.

La llegada de esta reedición me motivó a releer esta contundente novela y confirmar por qué fue galardonada con el Premio Expreso-Populibros en 1965. Confieso que por lo general – seguro como muchos admiradores de Ribeyro -  enlazo lo mejor del cuento peruano con Ribeyro; sin embargo, luego de reencontrarme con la trama, los personajes y la atmósfera de esta novela no me queda más que reconvenirme por la ligereza de la memoria. Ribeyro es un referente inobjetable de un gran escritor en todos los géneros que abordó.  
La tarde en que terminé de releer Los geniecillos dominicales, mientras caminaba por la ciudad para despejarme un poco  y de paso le echaba una mirada a la gente que iba y venía por las siempre algo apagadas calles de Lima no me hubiera sorprendido encontrarme con una actualización de Ludo Totem, Pirulo, Cucho o Manolo, los personajes de la novela. Después de todo, como ya se sabe,  la historia y los personajes de una buena novela suelen inmortalizarse en el universo de la literatura. He allí la contundencia de un gran escritor.
Para quienes no hayan aún leído Los geniecillos dominicales esta es una buena oportunidad para leerla; para los que ya la han leído, les aseguro que vale la pena darse un tiempo para reencontrarse con el universo de Ribeyro.
 Mis felicitaciones a editorial Bizarro por la reedición.


NI UNA MENOS (MARCHA NACIONAL 13 DE AGOSTO)



Por supuesto que me aúno a todos los que han demostrado su indignación en torno a los vergonzosos y recientes hechos en donde la Justicia peruana ha vuelto a convertirse en cómplice del delito cuando dictaminó  la libertad de quienes – para vergüenza del país  - habían cometido la ignominia de golpear hasta la  barbarie a sus parejas.  No puede haber tecnicismo que pueda justificar estos hechos que, incluso,  habían sido grabados: las imágenes son irrefutables. Y si hubiera alguna excusa legal, un resquicio tenebroso por donde viene supurando la purulencia del legalismo, pues entonces ya es hora de eliminar esos recovecos vergonzosos. Por eso mi solidaridad con toda la campaña denominada: # Ni una menos

Transcribo una nota que encontré en el diario La República que resume lo sucedido y amplía el panorama de lo que debería abarcar esta campaña, Aunque ya hay muchos artículos y documentos  que vienen consolidando este movimiento, aporto transcribiendo esta nota:

Si Lisbeth Salander (la protagonista de la saga Millenium) hubiera  conocido a los miembros del tribunal penal colegiado de Ayacucho que pusieron en  libertad  al sujeto que, desnudo como sus intenciones, arrastró de los cabellos a Cindy Arlette Contreras en un hotel de Huamanga, probablemente los hubiera puesto primeritos en su lista de venganzas personales.Pero no, Los hombres que no amaban a las mujeres, la célebre novela de Steig Larson, no tiene un vergonzoso  capítulo en el que unos jueces niegan con descaro una agresión que todo el mundo vio claramente  en un video que ellos, sospechosamente, no han querido admitir como prueba.Ha sido justamente la decisión de estos jueces (María Pacheco Neyra, Nazario Turpo Coapaza y Edgar Sauñe de la Cruz) lo que ha desencadenado una reacción  masiva de indignación y, de inmediato, la convocatoria de una marcha contra la violencia  contra la mujer para el próximo trece de agosto.Pero la violencia contra la mujer reviste muchas formas, dese ese piropo callejero que nade ha pedido y que viola  el derecho a la tranquilidad y el libre tránsito, hasta el feminicidio, pasando por el acoso sexual en el trabajo y las agresiones verbales dentro de las parejas.Sin embargo, la forma de violencia más vergonzosa está en nuestras propias cabezas, cuando, ante cualquier agresión a una mujer, preguntamos qué ropa usaba, si provocó o no al  agresor o si se expuso.
Es hora ya de que dejemos de culpar a la víctima. Si tanto nos llenamos la boca con el anhelo de consolidarnos como un país civilizado pues empecemos de una vez  erradicando – entre otros lastres – ideas  absurdas como esta.
Seguro que va a ser difícil asumir  que el camino a la libertad plena implica también la obligación de superar nuestras torpezas.
          Lo subrayado es personal 



Más allá de lo que se pueda argumentar con el fin de moderar los ánimos que se han encendido en torno a la violencia contra la mujer, estas son las cifras contundentes que nos indican la gravedad del tema:
- Cada mes de 2016, más de 4 mil niñas y adultas fueron violentadas con golpes, acoso, abuso  o daños psicológicos. 
- Entre enero y julio de este año  se han registrado 32, 588 casos a nivel nacional.
- Se calcula que un 15% de las víctimas no quiso interponer  la denuncia por consideraron que el daño era leve o porque, lamentablemente, daban por hecho que de nada les iba a servir. 

domingo, 27 de marzo de 2016

Homenaje a Leoncio Bueno - Casa de la Literatura


En reconocimiento a su trayectoria y a la calidad de su obra literaria, el poeta Leoncio Bueno será galardonado con el Premio Casa de la Literatura Peruana 2016 este 22 de abril.
A sus 93 años, el poeta, obrero,  autodidacto, sindicalista y promotor infatigable de la cultura sigue escribiendo.  Su poesía aún mantiene el hálito combativo que delineó el rumbo de su vida. Y a pesar de que no rechaza la tecnología, sigue escribiendo en cuadernos cuadriculados. 
Sin embargo  tiene una  cuenta en "facebook" y declara que  que para un militante acostumbrado al fervor del debate, las redes sociales son un grito de libertad. Ojalá así lo entendieran quienes vienen convirtiendo las discusiones en la red en un depósito mal oliente en donde suelen descargar sus divagaciones más insensatas. 
La vida de este poeta ha estado signada por la sencillez: "No soy amigo de los de la sociedad del espectáculo, no jodo a nadie. Nunca postulé a un concurso, Siempre quise huir del poder y la fama..."
Ahora, con la sabiduría que dan los años vividos dice - con respecto a la validez de su obra - que  si después de diez año aún te recuerdan, te lloran y te recitan, entonces eres poeta, antes no. Tal vez no todos estén de acuerdo, pero aceptemos que su afirmaciones son totalmente coherentes con el rumbo que le ha dado a su vida y a su obra.
En unas declaraciones que le hace a un diario, cierra la entrevista parafraseando a otro artista (Yevgeni Yevtusenko): 
"Solo soy un viejo feliz...y enamorado".

Les dejo un poema suyo. Siempre es la mejor manera de querer a un poeta: leerlo.

TECHO PROPIO

Techo propio
Mi techo es pequeño
rico de polvo y paja
construido de esteras y otros
deshechos inflamables.

Deja pasar los bichos y la lluvia,
deja que se cuele la luz,
el aire, las chirimachas
y los orines de los gatos.

Soy el dueño de un techo excitante:
puede caerme encima
sin hacerme daño

viernes, 26 de febrero de 2016

"República de La Papaya", de Gustavo Rodríguez (Comentario)


República de La Papaya”,  de Gustavo Rodríguez, (Editorial Planeta, 2016)  ha sido una de las novelas que he alcanzado a leer en estos pocos días de descanso previos al inicio de las clases. Ha valido la pena las horas dedicadas a su lectura.
En la novela se cuenta la historia de una asesora política Paula Patricia Yáñez, (La Papaya), quien intenta llevar a la primera dama de un país a la presidencia, pero que en el camino descubre que su ex pareja, una estudiante llamada Loreto, se había involucrado sentimentalmente con otro de los candidatos. Esta situación genera un conflicto no solo en las emociones de la asesora; en general, se activan una serie de circuitos a través de los cuales se descubre el lado aciago en el que se mueve la política. Desfilan una serie de  personajes, desde candidatos, periodistas, empresarios que se involucran en conspiraciones para favorecer a unos o a  otros, según sus intereses. No hay héroes ni villanos definidos. Como suele suceder en estos ámbitos, todo se mueve en un espacio gris.

La novela alcanza  un valor adicional porque coincide  con el periodo electivo que se está viviendo en el país. Sin embargo, hay que anotar que este hecho resulta solo una peculiar coincidencia.  Se sabe bien que el proceso creativo, la redacción y la corrección de una buena novela toman su tiempo, el que se necesite, sin concesión alguna con otro asunto que el de su propia maduración literaria. Aunque en este caso, se celebra la fortuna de la coincidencia, la  que debió hacer sonreír a los editores.

Ahora bien, más allá de esta anotación extraliteraria, en esta su quinta novela, Gustavo Rodríguez no solo consolida su madurez narrativa, también continúa con pulso firme en la exploración del ser humano y  su confrontación  con la  sociedad contemporánea, sociedad en constante "ebullición". Lo que provoca, evidentemente, una sucesión de conflictos en cada individuo.

Digo esto mientras recuerdo "La semana tiene siete mujeres" (2010) en donde se notaba las pinceladas  de una sociedad aún llena de prejuicios raciales.  También creo haber  percibido ese sentido exploratorio en "Cocinero en su tinta" (2012) en el que se mostraba ya no solo al individuo, sino a un país, en la búsqueda de algún tipo de reconocimiento a como dé lugar. 
En esta, su reciente novela, me atrevo a afirmar que su exploración continúa en esta  historia  de conflictos políticos y de campañas publicitarias que confrontan al ser humano con lo mejor y lo peor de su naturaleza.

Desde mi modesta opinión de Escribidor, recomiendo plenamente la lectura de la esta novela. Valdrá la pena. 

jueves, 18 de febrero de 2016

Monólogos Femeninos (Presentación en Lima)


Lapsus de Toledo es una asociación cultural establecida en la ciudad de Toledo, España que ha ampliado sus horizontes abriendo Lapsus de Toledo con sede en México y Lapsus de Toledo con sede en Perú. Su objetivo es crear un espacio de estudio e investigación sobre el quehacer psicoanalítico.
Leo en presentación de su página que Sigmund Freud descubrió el inconsciente y Jacques Lacan elaboró una nueva teoría basándose en los descubrimientos freudianos. La propuesta de esta asociación  se establece a partir del pensamiento de estos dos grandes psicoanalistas.
Pues bien, me alegra mucho comentar que,  en concordancia con esta propuesta,  desde hace un buen tiempo, un destacado grupo de escritoras peruanas  ha echado a andar este proyecto en nuestra capital.  Entiendo que la propuesta ha estado yendo por buen camino. Felicitaciones.

La primera intención fue buscar una aproximación entre literatura y psicoanálisis a través de la vida y obra de personajes literarios. Propuesta que les debe haber tomado una enorme labor de investigación multidisciplinaria. La poetisa y narradora Ana María García alcanzó a  contarme  que, como estrategia de trabajo,  se decidió que  cada escritora desarrolle su propuesta individualmente para luego discutirla en reuniones posteriores y, de esa manera, enriquecerse mutuamente.  Por supuesto, que han contado con el apoyo amigos y asesores. Antonio González Montes, como asesor literario; Alberto Cruzalegui, como psicoanalista; Joseph Dager,  como historiador. El resultado de este esforzado y delicado trabajo seguro que debe producir – a la larga -  una valiosa documentación. La relación entre psicoanálisis y literatura es siempre un tema que llama mucho la atención.

Es en este sentido que me entero de que el siguiente paso será la dramatización de estas experiencias con el título de Monólogos Femeninos. Para ello han logrado contar con la asesoría de Víctor Prada quien,  con generosidad, ha aceptado preparar a las escritoras que (excepto tres de ellas) no son actrices. Lo que hace que el reto sea interesante y la aventura signifique mayor riesgo, pero bien valdrá la pena.
Las escritoras vinculadas con este proyecto son valiosos nombre literarios a quienes – en su mayoría - tengo el gusto de conocer.  Ana María García, Amalia Cornejo, Alina Gadea,  Jeamel Flores, Daniela Ferreyros, Liliana Miranda, Carmen Navarra, Marita Palomino, Elena Pasapera, Alicia Saco, Eliana Vásquez, Sarita Ballón entre otros importantes nombres.

Para la dramatización, se han elegido cinco personajes de la historia, cuatro de la literatura universal, tres de la mitología griega. Personajes de la historia como María Jesús Alvarado, Virginia Woolf, Sor Juana Inés de la Cruz, Teresa de Avila, Lola Flores. Mitológicos como Yocasta (Edipo Rey), Medea, Antígona. Literarios como Emma, de Madame Bovary, Nora, de Casa de muñecas, Esmeralda, de Nuestra señora de Notre Dame, Rosita, de Doña Rosita la Soltera.

El día de la presentación (que por ahora es única fecha) será el 3 de marzo a las 7 de la noche, en el teatro García Lorca del Centro español del Perú.
No solo están invitados. Considero – con perdón del énfasis  -  una obligación cultural la asistencia. La Asociación tiene todo el ánimo de seguir con el proyecto y hacer nuevas presentaciones. Deja abierta la invitación a todos los que  quieren asistir a sus reuniones, participar con sus personajes y, de esa manera, enriquecer al grupo.

Mis felicitaciones a las escritoras y a todo el grupo de profesionales embarcados en este proyecto. La invitación para asistir está hecha e insistiremos en ello en los siguientes días.

lunes, 4 de enero de 2016

INICIEMOS EL 2016 CON UNA DEMANDA: CONSERVACIÓN DE NUESTRO ECOSISTEMA


Contribución del artista gráfico Pepe San Martín


He leído muchos respetables deseos para este 2016. Por supuesto que todos ellos han sido – técnicamente -  solo amables detalles retóricos. Claro que, a la vez,  también actos simbólicos que han conmovido  por su afán altruista. 
Como suele suceder se coincide más con algunos que con otros y, en ciertos casos, sencillamente hubo que guardar prudente y comprensivo silencio.
Lo valioso fue comprobar que, en la mayoría de los textos, hubo mucha sinceridad en los buenos deseos para el mejoramiento de nuestra vida colectiva: en la salud, en la educación, en lo cultural, en la superación de nuestras bajezas, y hasta en lo político (esto último ya tan venido a menos que,  cualquier buen augurio para que mejore,   es bien recibido, aunque con mucho escepticismo, lo confieso).
Me aúno a todos los buenos deseos.  Prometo que intentaré – como casi todos ustedes – contribuir,  de la mejor manera,  a nuestra superación colectiva, al menos desde mis escasas habilidades.
Y comienzo el año, agradeciendo una imagen que envía en un correo colectivo el artista Pepe San Martín. Una imagen que señala una de las tareas esenciales de la humanidad, si estamos hablando de acciones trascendentales: el cuidado de nuestro planeta.
Que lo urgente no nos haga olvidar lo importante




jueves, 17 de diciembre de 2015

CUANDO PERDÍ UNA NOVELA


Acabo de entregarle, finalmente,  la versión definitiva  de mi   novela Dioses de Maranga a mi editor. Declaro que tuve ganas de quitársela inmediatamente.  Mi querido editor y amigo me cayó muy mal esa mañana. Pues mientras él recibía la copia de mi novela -  impresa y anillada – con la sobriedad  natural de un editor que le echaba una mirada a la cantidad de hojas, a la contundencia del título, a las posibilidades de una historia como esa entre los lectores, yo le estaba entregando varios meses de trabajo que – en las últimas semanas – se habían convertido en largas noches de obsesión y días de angustia.
Sin embargo, luego me di cuenta de que el asunto no iba por ese lado, y de  que mi apreciado editor tampoco tenía la culpa de nada. Él se comportaba como tenía que hacerlo. El que estaba complicado era yo quien – además de agotado por el proceso creativo -  aún no había revelado que me faltaba contar una  historia más.  Una  historia  mayor – como en la caja  china literaria – que vertebraba todos los demás hechos, incluyendo mi  reciente novela.

Pues bien,  para que mi reciente novela se independice totalmente de mí y tome el camino que le ha de corresponder,  creo que es necesario contar la historia completa, la que explique por qué me he demorado tanto en escribirla. Consecuentemente,  debo  cerrar esta etapa confesando que muchos años atrás, casi cuando todo comenzaba en mi vida literaria,  perdí  el manuscrito final de una novela en la  cual había invertido muchos meses, años de mi vida.  Esa experiencia desdichada fue tan impactante en mi vida que, desde aquella vez, no había logrado embarcarme en la redacción de otra novela. En los siguientes años, escribí cuentos, obras de teatro, libros académicos: algunos de estos tuvieron mejor suerte que otros; sin embargo, cada vez que intentaba reiniciar la aventura de escribir una novela, me envolvía el desánimo y, al poco tiempo,  abandonaba el proyecto.
Eso explica por qué la novela que le estaba entregando a mi amigo editor tenía un gran significado personal. Un valor que iba más allá del gran momento que siente un escritor cuando termina su obra, le agrega el consabido fin en la última página y llama a su editor para decirle que se acabó, que, por fin, terminó. En mi caso, el asunto tenía un valor adicional: me había recuperado de un trauma literario,  poco común, pero trauma al fin y al cabo.

¿Por qué tanta alharaca con la pérdida de una novela? Es más, ¿acaso no había por allí borradores del manuscrito con el que hubiera podido rearmar la historia con un poco de esfuerzo? Mejor aún, ¿no había archivos en la memoria de la computadora, y sabios en tecnología que pudieran rescatarla de entre los vericuetos de sus integrados? Y si no fuera así, ¿por qué no recomenzar valientemente la historia o, en todo caso, continuar con otras historias hasta que llegara el momento de volver reconstruirla? Ciertamente, son cuestionamientos bastante válidos. Los mismos que me fui haciendo a lo largo de los años, mientras mis queridos amigos me exhortaban a que escribiera, de una vez, una bendita novela que consolidara mi vocación literaria.
Pues, he aquí algunos hechos que quisiera compartir con quien esté teniendo la paciencia de leer  esta nota.  Confieso que, aunque parezca inverosímil y también estúpido, no guardé los borradores de aquella novela.  Sucede que había tanto de mí en aquella historia y me había metido tanto en ella que por mucho tiempo no hubo otra cosa más importante en mi vida. Al terminarla y recobrar la noción de mi realidad,  miré a mi alrededor y me di cuenta de  que el  pequeño cubil en donde escribía estaba inundado de papeles, y de otros desperdicios, de todos los desperdicios posibles.  Me  había llenado de tantos papeles, notas en hojitas de colores en las paredes, así como de revistas y de libros, y de fotocopias de revistas y de libros, y  también de tantos  otros desperdicios poco literarios que tuve un arrebato de limpieza.  Puse a buen recaudo  el original de  mi novela e inicié la limpieza general de mi pequeño cubil. No era la gran cosa, era un pequeño espacio en la azotea de una casa en donde me habían acogido, pero con la ventaja de que nadie me molestaba, siempre y cuando deslizara puntualmente  el monto de la mensualidad, en un sobre, por debajo de la puerta de la dueña.
Recuerdo que estaba tan liberado de  los personajes  de mi novela, de las locaciones en donde se había desarrollado la aventura, de las angustias que me había generado cada uno de ellos,  así como de los problemas que había tenido con  la estructura y hasta con la gramática.  Es decir, repito,  estaba tan aligerado,  que arranqué todas las notas de las paredes, estrujé todos los papeles sueltos que ya no dejaban ver ni mi cama, los metí en dos grandes bolsas negras y las dejé en la esquina de la calle, justo antes de que pasara el camión que recogía la basura. Cuando regresé a mi cubil, y coloqué en orden los pocos enseres que poblaban mi habitación, saqué mi novela de la gaveta y mientras bebía una copa de vino rancio, estuve un rato contemplando el manuscrito. Se titulaba La pensión cálida. Eran ciento diez páginas, en espacio simple,  que había encarpetado y enganchado en un fólder de cartulina amarilla.  Creía  que había escrito mi mejor novela.
Ahora que rememoro aquellos hechos y acepto que el tiempo ha ido diluyendo la intensidad de mi memoria, creo que quizás fue más la ilusión de un joven aspirante a escritor que una verdad irrefutable. Sin embargo, tampoco habría forma de comprobar, ni lo uno ni lo otro, porque la novela se perdió.

Eso explicaría entonces por qué no pude reconstruir la historia a partir de borradores que ya no tenía. Es evidente, también,  que ya hayan inferido que había escrito la novela principalmente a mano y que la haya redactado en una máquina de escribir mecánica. Claro que ya rondaban tímidamente las computadoras personales y los procesadores de texto, pero no con la contundencia de estos tiempos. Las más comunes eran computadoras de poca memoria,  de pantalla negra y letras en un naranja fosforescente. Aun así, era un lujo tenerlas y yo no tenía forma de darme esos lujos de la época.
Ahora bien, antes de exponer por qué no pude reiniciar la escritura de la novela apelando a la paciencia y la disciplina, debo contar qué significado tuvo para mí la susodicha  novela y cómo es que la perdí.  Fue de una manera tan banal que he demorado mucho en escribir esta nota,  precisamente, por la manera trivial como la perdí.
  
Definitivamente, hay muchas maneras de escribir una novela. Algunos métodos seguro más eficientes que otros.  Un apreciado amigo recientemente me explicaba que una novela era algo así como un edificio en donde todas las partes responden a la eficiencia de su estructura y de sus cimientos. Por lo tanto, la redacción de una novela requería, también, de un estudio previo, de una investigación que acumulara incluso más información de la que se iba a usar. Luego, era imperativo elaborar una estructura y una estrategia narrativa. Por supuesto que todo iba de la mano con la idea matriz que había despertado la inquietud por escribir la novela. Lo que algunos entendidos denominan el magma. A partir de esa materia informe, pero vívida, se trabajaba la estructura y la estrategia. Aun así, eso no significaba que todo fluyera naturalmente, pero aseguraba un trabajo más eficiente.  Sin embargo, he escuchado de otros modos de llegar a la culminación de un libro. En algunos de estos casos hay testimonios de que se llegaba a su final casi en agonía y, en otros, con una fluidez de fantasía.  Mi novela, La pensión cálida, había significado la culminación de una larga sesión de aprendizaje a través de lecturas, consultas, talleres y, sobre todo, implacables sesiones de escritura que buscaban poner en práctica lo aprendido. Y había algo más, algo que podría parecer mera pedantería, pero que está inherente en cada quien. La necesidad de darle una voz propia a mi literatura.  Por supuesto que  - de algún modo – un escritor es deudor de otro, y aun cuando lo neguemos, nos insertamos en una tradición literaria. No obstante, supongo que eso de la voz propia debería ser entendido como la búsqueda agobiante de los adolescentes en su intento de hallar su propio diseño de vida.
Creo que en aquella novela perdida, no solo había alcanzado el punto más alto de mis anhelos literarios, al menos para esa época; sino que me había imbuido en la exploración de mis propios demonios. Cada uno de mis personajes, jóvenes que vivían en una pensión muy cerca de la universidad Villarreal, representaba una faceta del mundo como lo entendía (o como quería entenderlo). Lo mismo significaba Isabel, la meretriz, cuya historia era la simbolización de lo que en esos tiempos entendía por decadencia. Cuando todos los personajes, a través de los vasos comunicantes que había planteado,  llegaron a confluir en el núcleo del conflicto, sentí que había tocado el borde del universo. Comprendí que había nacido para escribir. Como ya dije, no sé cómo evaluaría esa novela si la tuviera ahora entre mis manos. Es probable que hoy le estuviera encontrando decenas de defectos atribuibles a la juventud e impericia de un escritor novato, pero la frustración de no haberla visto convertida en un libro para que discurriera por donde le correspondía, me ha dejado la idealización de que había escrito una gran novela, y que en ella había dejado casi todo lo que tenía. Recuerdo que me sentí totalmente extenuado por muchos días.

Y como estaba contento de haber exorcizado todos mis demonios interiores, tuve la infeliz idea de salir a reencontrarme con la realidad. Para ello, me cité a beber unos tragos con algunos amigos ocasionales que nada tenían que ver con la literatura. Después de todo, creí estar en mi derecho. Además de que era una buena manera de realimentarme de experiencias que me permitieran reiniciar mi proceso creativo, creo que eso pensé. Sin embargo, antes de reunirme con los amigos en un bar del Centro de Lima, había planeado pasar por un centro de digitación para que pasaran mi novela al mundo virtual de la computadora. Iban  digitarlo en el fascinante procesador de textos llamado word perfect y me iban a entregar mi libro en dos disquets, uno original y otro de respaldo. Como entenderán, estaba tomando todas las previsiones del caso. No obstante, el destino me tenía preparada una jugada siniestra. Esa tarde, el centro de digitación había cerrado temprano por un rumor de bombas. No olvidemos el  dramático contexto histórico de aquella década ni la atmósfera sombría en la que se vivía. Como no había de otra, guardé La pensión cálida en un cartapacio de cuero que había conseguido y me encaminé al bar en donde me aguardaban los amigos. Era un bar de mala muerte, de mesas  y sillas de madera vieja y húmeda. Ciertamente –  y no estoy usando clichés  literarios – había aserrín desparramado por el suelo y los mozos usaban unas telas de costalillo blanco como mandiles. Es más, sí había una rockola que solo tocaba boleros de cantina. Pedimos cervezas y más cervezas. Guardé mi cartapacio en una silla desocupada, sin miedo a los ladrones porque nos habíamos sentado en el lugar más apartado del bar, y me sumergí en la conversación, en  los tragos, en la borrachera.
No recuerdo más, no quisiera acordarme de algo más. Sencillamente dejé olvidado el cartapacio en la silla vieja de aquel bar y salí con los amigos en busca de una noche de más tragos. Al día siguiente, aún con la resaca de la noche anterior, busqué la novela en mi mesa, en mi cama y en todos los lugares posibles para un cuarto tan pequeño. Luego fui recordando mi itinerario nocturno. Con el corazón atolondrado regresé al bar y, por supuesto que no tenían la menor idea de lo que buscaba. Además – me lo dijeron atropellada y amenazadoramente – el bar no se hacía responsable de los objetos perdidos. Esa mañana, entre el malestar de la resaca y el dolor por mi novela perdida, recorrí, como un moribundo que recoge sus pasos antes de morir, todos los lugares que mi memoria recordaba. Por varios días seguí indagando con cada uno de los amigos que habían bebido conmigo, y hasta con los que no habían estado esa noche conmigo. Les conté a muchos que había perdido una novela inédita y, la verdad, pocos se identificaron con mi pena. Después de todo - seguro pensaron -  era una novela. En su defensa, debo recordarles que aquellos amigos no tenían mayor relación con la literatura. Por lo tanto, entendían que la pérdida de una novela llegaba a ser tan grave  como haber perdido unos planos. Después de todo, se podían volver a diseñar. Pasados los días de luto, cuando intenté reconstruir la novela, lamenté haber botado todas las notas en mi arrebato de limpieza. Solo encontré un fragmento de dos párrafos y el boceto con el rostro de Isabel que le había comprado a un dibujante callejero totalmente extasiado por la imagen al carbón de una mujer de nariz respingada, grandes ojos y mirada triste. No tenía nada más. En las siguientes semanas, cada vez que intentaba recomenzar, me invadía la sensación de cansancio y de soledad como no la había sentido en años.

Han pasado años de aquella experiencia, demasiados años. Todo en un abrir y cerrar de ojos. He seguido escribiendo, nunca con la dedicación con la que hubiera querido o como lo han hecho algunos amigos  admirables, pero he escrito y  he caminado siempre muy cerca de la literatura. Como muchos, le he restado tiempo a muchas ocupaciones y compromisos por estar cerca de ella. Pero, confieso, había fallado siempre que intentaba regresar a la novela. ¿Justificable tal actitud? Seguramente no, pero ni modo.

Por eso, cuando llegué a escribir la palabra fin en la última página de mi novela Dioses de Maranga, sentí que recién había cerrado un capítulo un tanto insano en mi vida literaria. Y por eso tuve ese arrebato de molestia con mi editor. Aunque lo mejor de todo hubiera sido contarle tranquilamente esta historia en medio de unos tragos. Por supuesto, con la novela totalmente protegida en alguna nube virtual, por si acaso.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

CIA PERÚ, 1985, EL ESPÍA SENTIMENTAL, de Alejandro Neyra (Comentario)






Hace algunas semanas tuve la oportunidad de leer la reciente  novela de Alejandro Neyra, CIA Perú, 1985, El espía sentimental, una secuela de su anterior obra, la  que llevó por título CIA Perú, 1985, Una novela de espías y que resultó ganadora del Premio Novela Breve de la Cámara Peruana del Libro 2012. Sin embargo, mis múltiples obligaciones de fin de año como profesor me mantuvieron  ocupado, casi sin tiempo para otras actividades reconfortantes, como la de reseñar una novela que me resultó muy grata.
Como ya he anotado, Alejandro Neyra, escritor y diplomático peruano, ya había publicado una interesante novela,  CIA  Perú, 1985. Una novela de espías en 2012,  a través de la Editorial Estruendomudo. En dicha obra presentó,  en clave de parodia, una trama en la que un espía austriaco, Malko Linge, llegaba al Perú – en los momentos más difíciles de aquella década -  para eliminar a  Abimael Guzmán, cabecilla del grupo terrorista Sendero Luminoso.  La premiada  novela, que  fue escrita desde la perspectiva de un joven diplomático, tuvo varios méritos. Por un lado, ser entendida como  un acertado fresco histórico de esos duros momentos que nos tocó vivir y, desde  otro punto de vista, ser valorada como en una de las pocas obras  peruanas que merodeaban el género de las novela de espionaje, aunque, claro, habría que recalcar el tono paródico con el que Neyra planteaba su historia.
Ahora bien, en CIA Perú, el espía sentimental, la historia vuelve a contextualizase en esos estremecedores años.  Por supuesto, el espía internacional Malko Linge y el diplomático siguen siendo la columna vertebral de la novela. Esta vez, el objetivo del espía austriaco ya no es Abimael, sino Alan García.   Y esto por encargo de la CIA que ha decido intervenir porque sus analistas han llegado a la conclusión de que el joven presidente podría convertirse en un dolor de cabeza para los intereses norteamericanos. La misión es encargada a Linge, dada su experiencia en general y, definitivamente, por su conocimiento de la realidad peruana. El objetivo es investigar, evaluar y – de ser necesario – urdir la manera de derrumbar al impetuoso e inestable presidente.  Para ello, Malko Linge hace contacto con  su antiguo amigo, el joven diplomático que languidece en las oficinas de la Cancillería peruana. En este nuevo encuentro, la  amistad entre el espía y el diplomático se agrieta profundamente. El primero descubre los entresijos y los pasajes oscuros por donde se debe mover Malko Linge. Todo ello, más la debacle generalizada que se vive en el Perú de estos tiempos, lo llevan hacia un profundo desencantamiento.
Para que todo ello ocurra, en la novela se suceden una serie de hechos que oscilan entre datos fidedignos de la época con una ristra de “leyendas urbanas” que se han mantenido en el imaginario popular hasta el presente. Aquella que habla del presidente García rondando las calles nocturnas de Lima en una moto o esa otra que especulaba que en la antigua casa Matusita, una vieja construcción entre la avenida España y Garcilaso de la Vega, o había fantasmas o, más sospechoso aún, se camuflaban centros de espionaje norteamericano.
Alejandro Neyra logra conjugar, acertadamente, estas especulaciones con situaciones cotidianas que se vivieron en aquella aciaga época: cortes de luz, de agua, escasez de alimentos; escenas de la vida diaria que transcurrían bajo la luz de velas; desasosiego, decepción y, sobre todo, violencia y debacle económica. Es en este contexto - que genera una atmósfera sombría - en donde se desarrolla esta novela de intriga a la peruana. Aun cuando dicha novela de intriga tenga un tratamiento de parodia que – inteligentemente – la exime de un análisis de género y le permite ser asimilada con un tono de humor que la hace ligera y de  lectura muy agradable.
A pesar de que la novela ya tiene un buen tiempo en circulación, y quizás ya no sea tan común  encontrarla en las primeras filas de los estantes en las librerías (como suele suceder),  los invito a buscar, leer y disfrutar la reciente novela de Alejandro Neyra. 

domingo, 11 de octubre de 2015

"Las visitaciones", de Pedro Llosa (comentario)



Luego de leer  el  estupendo libro de cuentos de Pedro Llosa, Las visitaciones (APJ), Premio José Watanabe Varas (2104), he recordado algunas frases que – sobre el cuento – ya habían inmortalizado algunos escritores que cultivaron dicho género con la suficiente maestría como darle autoridad a sus afirmaciones.
Es conocido que Julio César Cortázar –  también un aficionado al box  - afirmó, en varias ocasiones, que la  diferencia entre una novela y un cuento era que la primera ganaba por puntos, mientras que el segundo, por nocaut. Así también, el gran  Jorge Luis Borges,  defendió   el  cuento porque pensaba que en este género podía haber un mayor control de la obra: se podía vigilar un cuento casi con la misma precisión con la que se podía  vigilar un soneto. Del mismo modo, Julio Ramón Ribeyro, incluyó  en su decálogo sobre el cuento que en este género no debería haber tiempos muertos ni sobrar nada, cada palabra era absolutamente imprescindible.

Pues bien, en mi opinión, los cuentos que conforman Las visitaciones, demuestran  el talento de Pedro Llosa  en la escritura de este  género en donde  - según lo dicho por algunos maestros - debe destacar la concisión y la efectividad.  Son cinco cuentos, de diferente extensión. En cada uno de ellos se comprime toda una historia sugestiva que te atrapa desde el arranque y te deja pensando en ella aún mucho rato después de haberla terminado.  Es entonces cuando te das cuenta que acabas de pasar por el episodio de una vida y que te has enterado de todo aun cuando no te lo hayan dicho todo: la maravillosa elipsis narrativa, si la sabes hacer.

Ahora bien, como es evidente, la técnica es solo el instrumento que contribuye a mostrar la historia con eficacia. Bien manejada,  mejora  el relato y lo lleva a otra dimensión. Sin embargo, nada de eso sería significativo si no se relatara una buena historia. Después de todo, esa es la razón de un relato. Creo que los cinco cuentos  del libro son estupendos. Aunque siempre  va a suceder que alguno de ellos puede suscitar mayor interés porque toca alguna fibra especial. En mi caso,  eso me ha sucedido con el primer cuento, y el más extenso. El olvido que seremos, que  narra en paralelo dos historias. Por un lado la admiración de un escritor por alguien ya reconocido como Héctor Abad Faciolince y a su novela del mismo título; por el otro, la narración intensa y conmovedora  de la relación entre un hijo y un padre,  con una gran distancia generacional,  cuya historia es contada desde la perspectiva del  hijo que recuerda los avatares de una vida paternal signada por los altibajos. Me he sentido conmovido rememorando a mi padre y otro tanto,  perturbado  por mi  condición de padre que – como a todos seguramente – le ha tocado darse de bandazos a lo largo de la vida.

Sin embargo, al margen de esa conexión personal, afirmó que los otros cuentos no decaen  en su calidad narrativa. En La piel de Jamal hay una marca indeleble de soledad. En Ultima llamada, se logra mantener con gran sutileza el develamiento de una mentira hasta el final de la historia. En Exiliados la vida de los dos personajes es de un simbolismo estremecedor.

Ahora bien, aun cuando  ya se lo había escuchado al escritor antes de leer su libro,  el título Las visitaciones anunciaba que el propósito del conjunto de cuentos era que estas giraran en torno a esos encuentros eventuales, a esas visitas cuyo final está ya establecido, ya sea por voluntad o por cosas del destino. Esa llegada y partida de personas especiales en un momento de nuestras vidas suelen marcar muchas veces la gran diferencia.

Los invito a leer el libro de cuentos “Las visitaciones” de Pedro Llosa.  Valdrá la pena.