lunes, 28 de julio de 2014

"Todo esto es mi país". Poema de Sebastián Salazar Bondy


A propósito de las Fiestas Patrias, y luego de escuchar a unos amigos sobre la
lo poco relevante que es identificarte con tu país.
Nada como este poema de Salazar Bondy para explicar este sentimiento



TODO ESTO ES MI PAIS

Sebastián Salazar Bondy

Mi país, ahora lo comprendo, es amargo y dulce;
mi país es una intensa pasión. Un triste piélago, un incansable manantial
de razas y mitos que fermentan;
mi país es un lecho de espinas, de caricias, de fieras,
de muchedumbres quejumbrosas y altas sobre heladas;
mi país es un corazón clavado a martillazos,
un bosque impenetrable don la luz se precipita
 desde las copas de los árboles y las montañas inertes;
mi país es una espuma, un aire, un torrente, un declive florido.
Un jardín metálico, longevo, hirviente, que vibra
Bajo soles eternos que densos nubarrones atormentan;
mi país es una fiesta de ebrios, un fragor de batalla, una guerra civil,
un silencioso páramo cuyos frutos son jugosos,
un banquete de hambres, un templo de ceremonias crueles,
un plato vacío tendido hacia la nada,
un parque con niños, con guitarras, con fuegos,
un crepúsculo infinito, una habitación abandonada, un angustiado grito,
un vado apacible en el cual se celebra la vida:
mi país es un sepulcro en medio de la primavera,
una extraña silueta que abruma con su brillo la soledad,
un anciano que camina lentamente, un ácido que horada los ojos,
un estrépito que apaga todas las músicas terrenales,
un alud de placeres, un relámpago destructor, un arrepentimiento sin culpa.
un sueño de oro, un despertar de cieno, una vigilia torva,
un día de pesar y otro de risa que la memoria confunde,
un tejido de lujo, una desnudez impúdica, una impaciente eternidad;
mi país es un recuerdo y una premonición, un pasado inexorable
y un porvenir de olas, resurrecciones, caídas y festines;
mi país es mi temo, tu ira, la voracidad de aquel,
la miseria de otro, la defección de muchos, la saciedad de unos cuantos,
las cadenas y la libertad, el horror y a esperanza, el infortunio y la victoria,
la sangre que fluye por las calles hasta chocar con el horizonte
y de ahí retorna como una resaca sin fin;
mi país es la mujer que amo y el amigo que abrazo tan solo por amigo,
el extraño que te sorprende con su odio y el que te da la mano porque quiere;
mi país es la ventana a través de la cual miro la tarde,
la tarde que cae con sus ramos de melancolía en mi pecho,
y el agua matinal con que limpio mis pupilas de imágenes sucias,
el aire que respiro al salir de mi casa cada día,
y la gente que se precipita conmigo a los quehaceres sin sentido,
el trabajo, la fatiga, la enfermedad, la locura, el pensamiento,
la prisa, la desconfianza, el ocio, el café, los libros, las maldiciones;
mi país es la generosa mesa de mi casa y los rostros familiares
donde contemplo la marea incansable de mi dicha,
el cigarrillo que consumo como una fe que se renueva
y el perro cuya piel es cálida como su amistad;
mi país son los mendigos y los ricos, el alcohol y la sed,
la aventura de existir y el orden en elijo mis sacrificios;
mi país es cárcel, hospital, hotel y almacén, hogar, arsenal;
mi país es hacienda, sembrío, cosecha:
mi país es escasez, sequía, inundación;
mi país es terremoto, lluvia, huracán;
mi país es vegetal, mineral, animal;
mi país es flexible, rígido, fluido:
mi país es líquido, sólido, inestable;
mi país es republicano, aristocrático, perpetuo;
mi país es una cuna, tumba, lecho nupcial;
mi país es indio, blanco, mestizo:
mi país es dorado, opaco, luminoso;
 mi país es amable, hosco, indiferente;
mi país es azúcar, tungsteno, algodón;
mi país es plata, nieve, arena;
mi país es rudo, delicado, débil y vigoroso, angelical y demoniaco;
mi país es torpe y perfecto;
mi país es enorme y pequeño;
mi país es claro y oscuro;
mi país es cierto e ilusorio;
mi país es agresivo y pacífico;
mi país es campana
mi país es torre,
mi país es isla,
mi país es arca,
mi país es luto,
mi país es escándalo,
mi país es desesperación,
es crisis, escuela, redención, ímpetu, crimen,
y lumbre, choque, cataclismo,
y llaga, renunciación, aurora,
y gloria, fracaso, olvido;
mi país es tuyo,
mi país es mío,
mi país es de todos,
mi país es de nadie, no nos pertenece, es nuestro, nos lo quitan,
tómalo, átalo, estréchalo contra tu pecho, clávatelo con un puñal,
que te devore, hazlo sufrir, castígalo y bésalo en la frente,
como a su hijo, como a su padre, como a alguien cansado que acaba de nacer,
porque mi país es,
simple, pura e infinitamente es,
y el amor canta y llora, ahora lo comprendo, cuando ha alcanzado lo imposible.




domingo, 27 de julio de 2014

"El amor empieza en la carne", de Juan Ochoa López (comentario)



He terminado de leer  “El amor empieza en lacarne”, de Juan Ochoa López,  novela ganadora del  XV Concurso Novela  Corta “Julio Ramón Ribeyro”, organizado por el Banco Central de Reserva. Y he quedado gratamente impresionado con ella. Ha valido la pena ocupar algunas horas de estos días libres navegando en las páginas de esta novela, inusitada,  que se desenvuelve en el mágico y – para muchos - casi desconocido mundo de la selva peruana. De hecho, habría que señalar que la literatura peruana – al menos la más difunda – se ha ocupado poco, muy poco de este amplio espacio amazónico. Espacio geográfico que congrega una amplia variedad de etnias que conforman ese mosaico cultural que es el Perú. Por lo menos así nos publicitamos cuando hablamos de nuestro país; sin embargo, después de leer esta novela, he recordado a muy pocos escritores que hayan trabajado este mundo cálido y misterioso en sus narraciones.

Argumentativamente, la novela no plantea algo novedoso. Un triángulo de amor. Un joven limeño, Juan, se enamora de una guapa mujer de la región, Erlita Panaifo. Ella ya tiene un esposo mucho mayor, Eustaquio Vásquez. Para fortuna de los amantes, el esposo muere; sin embargo, es allí donde el argumento comienza a tomar vuelo porque la muerte en esos lugares no es tan definitiva como se supone y entonces se desata un conflicto entre el muerto y los amantes vivos. Aun así, se podría pensar en  otras novelas que ya trataron el asunto de la línea difusa entre la vida y la muerte, pero en “El amor empieza en la carne” el conflicto se enfrenta y se soluciona con la propia magia del lugar, apelando a sus tradiciones y extrayendo enseñanzas de varios siglos de aprendizaje.
La trama funciona porque la historia es contada desde los ojos del amante, Juan, quien es un  limeño (con todo lo cultural que eso conlleva) que se ha enamorado, no solo de Erlita, sino de todo ese mundo en el que vive su amada. Entonces, el lector va aprendiendo y entendiendo las riquezas y complejidades de ese gran espacio pluricultural junto con el personaje amante.
La novela está enriquecida  con un lenguaje matizado de giros y modismos del castellano amazónico, así como de descripciones vívidas de lugares y costumbres, con una erudición que solo se puede haber obtenido luego de una gran investigación y convivencia.  

Juan Ochoa López se ha unido a una corta lista de escritores que han tomado el mundo de la selva como punto de partida para su narrativa. Creo que ha logrado una buena novela. Ha mostrado, sutilmente, y como debe hacer toda novela, el amplio patrimonio cultural del Perú amazónico sin descuidar los requisitos básicos de una buena historia. Ha  logrado escamotear, ajustadamente,  el peligro de hacer un trabajo etnográfico con apariencia de novela. En cambio, ha conseguido, como ya dije, una buena novela que nos transporta, desde otra perspectiva, al mágico mundo de nuestra actual selva peruana.


viernes, 25 de julio de 2014

"Dioses, mundos y otros villanos", de Jorge Bar (Comentario)




Una feria de libros trae de todo, como tiene que ser. En ese sentido, claro,  es difícil – si acaso imposible –  hallar títulos que logren el consenso de todos los asistentes. Lo significativo de una Feria es, entonces, la variedad de propuestas que presenta a través de las distintas editoriales y librerías que se presentan. En ese sentido, La 19 Feria Internacional del Libro de Lima – con todas las críticas que se le pueda hacer – viene cumpliendo con este  requisito básico en toda Feria.
Después de ello, ya es cuestión de gustos, y también de la paciencia que cada visitante posea para escudriñar meticulosamente por cada estand hasta hallar los libros con los que se identifique. Por supuesto que ayuda mucho el programa de presentaciones en los auditorios; aunque, una vez más, no siempre se estará de acuerdo con los que obtuvieron un espacio para su presentación y los que, verdaderamente,  se lo merecían. Sin embargo, esto también es una cuestión de gustos y simpatías.
En el caso de este escribidor, he de afirmar que  ya me he encontrado con títulos muy interesantes.  Lo que me está faltando es el dinero para comprar todos los libros que quisiera leer; luego me va a faltar un lugar para guardarlos y, finalmente, otra vida para leerlos.
Por ejemplo, está el libro de Jorge Bar, “Dioses, mundos y otros villanos” (Relatos insolentes).  Munay Editores, 2014.  Un conjunto de historias que me alegro de haber leído, y  de un tirón (aunque confieso no haberlo comprado, sino confiscado a mi hija). Desde hacía tiempo no me encontraba con un libro de “relatos” – así entre comillas – que me permitiera sintonizar con esa mirada básicamente cínica  con la que se observa el entorno,  y que suelen buscar los jóvenes escritores, aunque no siempre con acierto.  
Los relatos comienzan con una introducción breve del autor, a modo de señuelo, para que el lector admita -  sin reclamos de coherencia -  todo lo que viene. Luego sigue un conjunto de historias con dos personajes centrales llamados “Sed” y “Pim” que vagabundean por la  ciudad viviendo variadas situaciones que enfrentan y asimilan con peculiares  reacciones. Poco a poco, las historias comienzan a tener vasos comunicantes. En algún momento – es tan solo mi interpretación – la búsqueda de algo que, a falta de otro mejor nombre se llama felicidad,  se convierte en el eje sobre el cual giran las historias.  Aparentemente todo termina con la inusitada decisión de “Pim”. Sin embargo, luego el autor vuelve a aparecer en el colofón de la historia y suelta algunos dataos con los cuales deja abiertas todas las puertas para que le ficción se cuele por realidad. Las historias se combinan con unos inteligentes dibujos realizados por Jimmy Baltazar. Ambas: historias e imágenes crean una peculiar simbiosis con buenos resultados. Bien.
 “Dioses, mundos y otros villanos” se anuncia como un conjunto de historias  extravagantes e inclasificables. Personalmente, no me parecieron tan extravagantes, pero sí sumamente interesantes: por la claridad de la prosa y la originalidad del punto de vista. Con un lenguaje claro y ordenado, un modo insurrecto de contar las historias y  puntos de vista – como ya dije –  bastante insólitos, el libro de Jorge Bar resulta muy atractivo. Se los recomiendo.

lunes, 21 de julio de 2014

La piel de un escritor (contar, leer y escribir historias), de Alonso Cueto



El sábado 19 de junio, en el marco de  19ª Feria Internacional del Libro de Lima, asistí a la presentación del reciente libro de Alonso Cueto, titulado “La piel de un escritor”. Publicación  que se aleja, momentáneamente, del género de la novela para abordar el  ensayo, y en este particular caso, uno  sobre la creación y la escritura literaria.  Espero leerlo muy pronto (con una libreta de notas a la mano y la atención propia de un estudiante), pues, a pesar de que sí hay una buena estantería de libros que abordan el tema, me parece interesante conocer el punto de vista de un escritor como Alonso Cueto quien, como muchos lo saben, ha hecho de la literatura una vocación de tiempo completo. Esto, en sí, ya es un mérito. A eso hay que sumar la rica experiencia que debe haber recogido en ese constante y laborioso trabajo que demanda  la construcción de estructuras narrativas, la definición de voces narrativas, el diseño de personajes, entre otros tantos elementos que participan en la creación de una novela. Todo ese aprendizaje debe haber derivado en un interesante libro que tiene como subtítulo: contar, leer y escribir historias.
La noche de la presentación – sobreponiéndose a las falencias de una Feria que no terminaba de organizarse - el autor reflexionó sobre el papel de los escritores al contar historias y su relación con los lectores. Fue una interesante conversación con el escritor Jorge Eduardo Benavides. Quienes asistimos disfrutamos de unos gratos momentos, y, claro, olvidamos por un momento los bocinazos que venían desde la avenida Salaverry, la mala iluminación del auditorio,  entre otros gazapos de la Feria.
En algún momento, Cueto dijo: “No hay comunicación más íntima, más profunda que la que hay entre un lector y un escritor, un escritor cuando escribe tiene que despojarse de sus ataduras, de sus apariencias, máscaras, y tiene que escribir con quién es realmente”. Interesante.
“La piel del escritor, contar, leer y escribir historias”, editado por el Fondo de Cultura Económica, promete ser una lectura importante no solo para escritores, sino, en general para todo lector. 

miércoles, 16 de julio de 2014

El enigma del convento, de Jorge Eduardo Benavides (Fragmento)


Este viernes 18 de julio, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Lima, a las siete de la noche, en la Sala José María Arguedas, se presenta la reciente novela del escritor Jorge Eduardo Benavides, "El enigma del convento". Novela ganadora del Premio Torrente Ballester, 2013.
La presentación estará cargo de los escritores Fernando Ampuero y Carlos Herrera. Será una reunión muy interesante por la expectativa que ha generado esta novela que, por lo visto, marca un giro en la narrativa de Benavides quien, como es sabido, luego de concluir su trilogía política: "Los años inútiles", "El año que rompí contigo", "Un millón de soles", reorientó su trabajo narrativo con "Un asunto sentimental".  La presenta novela, es otro giro audaz de tuerca y aborda un hecho histórico con un intenso halo de misterio. Ambientada en el siglo XIX entre España y Perú.
Les dejo un fragmento de la novela como motivación. Los invito a leerla y, por supuesto, a asistir a la presentación de esta reciente obra, aquí en Lima


EL ENIGMA DEL CONVENTO (FRAGMENTO) 

DESDE MUY TEMPRANO, CUANDO EL amanecer aún quedaba lejos en el horizonte y por las callejuelas ásperas de Santa Catalina corría un viento frío, las novicias y las monjas aguzaban el oído para escuchar los pasitos raudos de Ana Moscoso, Anita, aquella infeliz que buscaba los rincones más recónditos del convento para llorar, que alcanzaba el huerto detrás de la calle del templo para pasar una escasa media hora solitaria, pobre chica, o que simplemente se convertía para las demás en un rumor de pasos confusos, un rastro de desconsuelo callejeando sin norte de aquí para allá, como huyendo de cualquier contacto humano tanto como de su desdicha. Había entrado al convento hacía menos de un mes y la madre superiora exigió a las alborotadoras monjitas que quisieron darle la bienvenida con frutas y pasteles, con copitas de vino de Vítor, que la dejaran en paz, porque la muchacha, que aún no se había decidido a tomar los hábitos  —y mejor así pues ya sabían ellas que el dolor, el dolor mundano, no era buen consejero cuando se trataba de abrazar a Nuestro Señor— parecía realmente un alma en pena…

la llegada de Ana Moscoso había ocurrido en el peor momento, cuando menos tiempo tenía para atender estas pequeñeces que pautaban el ajetreo trivial y rutinario del convento: que si una discusión regada de llanto por una ofensa de chiquillas, que si la competencia de dos monjas por quién hacía los mazapanes y los buñuelos más dulces, que si el fervor excesivo de aquella hermana durante la misa de sextas, algún pavoneo innecesario durante el domingo de mercado, en fin, nada que una reconvención y una llamada al orden, a las oraciones y a la búsqueda y consuelo de Nuestro Señor no pudieran solventar. Pero ahora —tenías que reconocerlo— además de los quebraderos de cabeza por motivos económicos y al dolor que volvía con fuerza se le agregaba otra cosa, mucho más silente y artera, de la que apenas se había dado cuenta porque era como una incomodidad inidentificable, un malestar y una zozobra que le desasosegaba el alma. Porque de un tiempo a esta parte la madre superiora notaba en la congregación una turbiedad llena de malicia, atufada de rencores y silencios malhumorados, una enajenación oscura que parecía borbotear en una marmita de agravios callados: y es que nuevamente se había levantando entre las monjas aquel rumor nefasto, aquella historia que la madre superiora creyó sepultada bajo el escombral del tiempo, de los tumultos de a principios de siglo, cómo pasaba el tiempo, María, y que la habían devuelto a una sensación de permanente sobresalto, como si el mismísimo Satanás hubiese metido su feo pie de chivo entre las paredes de Santa Catalina...

martes, 8 de julio de 2014

Homenaje a Isaac Goldemberg en Casa de la Literatura



Con el objetivo de acercar al público a una de las voces más importantes de nuestras letras contemporáneas, el martes 22 de julio, a las 7 p.m., la Casa de la Literatura Peruana (Jr. Áncash 207, Centro Histórico de Lima) inaugurará la exposición Isaac Goldemberg: Tiempos y Raíces.
Desde los terrenos del registro, el testimonio social y las artes visuales, la muestra refleja  la presencia de Goldemberg en la escena literaria peruana e internacional, especialmente con su célebre novela La vida a plazos de don Jacobo Lerner, considerada una de las más importantes de la literatura judía mundial de los últimos 150 años.

domingo, 6 de julio de 2014

Gracias por todo, profesor Tavera - Día del Maestro


Profesor  Tavera,  gracias por todo. Probablemente usted  no alcance  a leer estas líneas. No nos vemos desde que terminé la primaria, y vaya que ha pasado el tiempo; seguro que mis apellidos y mis nombres deben estar traspapelados en la maraña de otros tantos apellidos arrinconados en el  recodo más apartado de la memoria; pero aun así, gracias por haber sido el profesor que fue.
Por las mañanas, profesor del colegio primario 540 en Barrios Altos,   y  por las tardes, profesor  del colegio primario 752, en La Victoria.  Allí estuve yo, en la segunda carpeta de la izquierda, una de esas carpetas que usted reparó con clavo y martillo mientras nos enseñaba que todo trabajo debe hacerse bien y de buena gana. Probablemente, fue también profesor de la nocturna en algún otro colegio fiscal. ¿Demasiado trabajo? Seguro que sí. Pero aquella vez, como lo sigue siendo hoy, el trabajo honrado no pagaba bien, pero había que hacerlo, y si había que hacerlo, tenía que hacerse bien y de buena gana.
Como se dará cuenta, profesor, no he olvidado esa frase suya ni muchas otras que solía mencionar cuando la ocasión lo requería y, seguramente, muchos de sus otros alumnos tampoco las olvidaron, porque, efectivamente, como usted lo predijo, el futuro nos esperaba con demasiadas cosas por hacer y muchas experiencias que vivir: de las buenas y de las malas, y que solo el conocimiento y la sabiduría nos permitirían saber cómo asimilar ambas.  Y, exactamente,  así fue. Seguro que para algunos el camino fue más llano que  para otros, según cómo se vea; pero como sea, esos hombres – que antes fueron sus pequeños y arrebatados alumnos -  estuvieron en, cierta forma, mejor preparados para manejar sus avatares gracias a alguna palabra suya.
Ahora bien, entenderá que en ese tiempo no lo entendiéramos y lo valoráramos como ahora. Lo siento, profesor. Solo después, en perspectiva, usted alcanzó la dimensión que le correspondía. En aquel tiempo, no teníamos la altura para ver nuestro futuro como usted lo veía ni la lucidez para entender lo que usted buscaba, y, hasta puede que usted mismo no tuviera muy claro lo que pretendía. Usted, básicamente, era un señor profesor que buscaba enseñar, con muchas ganas, lo que consideraba necesario, y precisamente por eso, por sus muchos aciertos –  y claro algunos de sus errores -, muchas gracias.
No recuerdo mucho todos los temas de los cursos que nos enseñó. Finalmente, nunca me terminó de convencer la matemática, y mucho menos los principios de la química que venía en Ciencias  Naturales, sin embargo, tengo la grata sensación de que una parte de lo que soy se debe a sus enseñanzas.
Le contaré algo, profesor. Espero no turbarlo. Una vez, después de clase, cuando me enseñaba pacientemente cómo resolver un problema, alcancé a ver el impecable cuello de su camisa blanca discretamente zurcido. Tiene que entender, profesor, usted era nuestro referente y jamás recuerdo haberlo visto desprolijo. Usted revisaba que tengamos el pañuelo correctamente doblado en el bolsillo, las uñas cortas y limpias, el cabello corto (en eso sí que discrepábamos), la ropa correctamente puesta. Por eso tiene que entender, profesor, cuando alcancé a ver el cuello zurcido de su nívea camisa, no hubo un sentimiento negativo. Al contrario, nació una gran ternura, y poco después – porque los niños a veces demoramos un poco en masticar las experiencias – se fortaleció mi respeto.
Usted no era ningún ser fuera de lo común, era, sencillamente, un buen hombre con las vicisitudes propias de cualquier individuo de pocos recursos; pero que, precisamente, en medio de esas limitaciones, se había convertido en un gigante que buscaba diariamente cumplir bien, y de buena gana, con su vocación: ser un profesor.

Gracias por todo, profesor. 

jueves, 26 de junio de 2014

"La controversia de Valladolid". Montaje teatral. (Comentario)




Esta semana tuve la oportunidad de presenciar  la “Controversia de Valladolid”, obra de teatro escrita por Jean-Claude Carrière y dirigida, en esta oportunidad, por Jorge Chiarella. Las funciones continuarán  hasta julio, en la sala Ricardo Blume.
En un convento de Valladolid, en 1550, se debate una cuestión fundamental: ¿Los indígenas del Nuevo Mundo son seres humanos? ¿Tienen alma? Tales  interrogantes deben  ser respondidas y suficientemente probadas de una vez por todas.  De las conclusiones que se obtengan, dependerá la suerte de los millones de indígenas que, hasta allí,  sufren la ignominia de la conquista.   Dos hombres van a debatir. Uno de ellos es el filósofo Ginés Sepúlveda para quien, ciertos hombres son esclavos natos, necesitan ser conquistados y ser “protegidos” por la salud del alma. El otro es Bartolomé de las Casas, protector de los indígenas, quien buscará denunciar la barbarie de la conquista y buscará que la Iglesia acepte la “humanidad” de los indios y, de esa manera, eliminar el respaldo religioso con el que cuenta la corona española para  la explotación de los nativos de América.
Desde el arranque, la obra captura toda la atención. El representante de la Iglesia quien, luego de escuchar el debate, deberá tomar una decisión definitiva, se encarga de señalar la importancia del debate y  los alcances históricos que esta controversia va a tener. A partir de esa inicial escena,  el espectador seguirá con atención la argumentación de ambos hombres.  Debate inflamado, barroco, profundo y premonitorio.  Una historia que fluye inteligentemente gracias a la agudeza del texto de Carrière. El desenlace que llega a tener la obra, no solo sorprende al espectador, sino que despierta sentimientos encontrados con las mezquinas  decisiones  que ha ido tomando  la historia humana.
Para este montaje, Chiarella convocó al respetabilísimo  Alberto Isola (Bartolomé  de las Casas) y al  uruguayo Augusto Mazzarelli (Ginés Sepúlveda); esto con el fin de contraponer a dos grandes  actores,  y así equilibrar correctamente el debate.  Con el respeto que siempre me merece Alberto Isola, considero que el trabajo actoral de Augusto Mazarelli  destaca mucho más. El personaje del filosofo Sepúlveda luce largamente mejor construido. Pero esta es solo una apreciación que apenas si sombrea un gran montaje teatral.   La obra también cuenta con la participación de  Alberto Herrera (sobria  personificación del representante del papa) y -  por lo que entiendo – con actores egresados del Centro de Formación de Aranwa como Javier Pérez, Janncarlo Torrese, Renato Medina y Steffani Rojas, así como Sergio García-Blásquez, Jeshua Falla, Edson Dávila y los niños, Kevin Sánchez y Gonzalo Candelo.

Recomiendo largamente este montaje. Me alegro de haberla visto. Luego de verla, estuve varias horas leyendo datos que me permitieran contextualizar  la historia de Carrière. Estoy seguro de que eso les va a pasar a muchos de los asistentes. Cuando esto sucede, significa que la obra caló en el espectador. 

domingo, 8 de junio de 2014

"Lucas". Cuento de Fernando Morote

Fernando Morote, (Piura - Perú 1962) es el autor de novelas como “Los quehaceres de un zángano” (2009) y “Polvos ilegales, agarres malditos” (2011); además del libro de relatos “Brindis, bromas y bramidos” (2013), y el poemario “Poesía Metal-Mecánica” (1994).  Ha sido ganador del Concurso Sexto Continente de Relato Erótico (Madrid, 2010). Finalista del VII Premio Internacional Vivendia-Villiers de Relato (Madrid, 2012).  Amigo que ha contribuido con un magnífico cuento en la antología de Cuentos Peruanos Contemporáneos.  Fernando comparte ahora su reciente cuento a través de este blog,


LUCAS

En un acto precipitado, urgente pero silencioso, el minúsculo cuerpo es arrancado con brusquedad del vientre materno. Lo envuelven en una manta, salpicado todavía de sangre, y me lo muestran recién nacido.
Bienvenido, Lucas sonrío.
El segundo varoncito. Lo que tanto habíamos deseado y pedido. La respuesta a nuestras oraciones y el fruto de nuestras peregrinaciones al santuario de Sor Teresa de los Andes. El resultado de nuestros ejercicios sexuales, firmemente alentados por el doctor Celi, intentando las posiciones más acrobáticas y ensayando los descansos menos convencionales para ayudar a la inseminación del útero.
—Olvídate de los calambres, muchacha.
El sexo sistemático pierde espontaneidad y diluye la emoción. Pero estamos decididos. Debemos mantenernos alertas todo el tiempo. Viajamos a Chincha para un retiro estratégico y la  encerrona final en el primer hotel que encontremos. Quizás la soledad, la brisa marina, puedan servir de estímulo e inspiración. Ahí vamos. Uno, dos, tres al hilo. Por la mañana. A la carga de nuevo por la tarde. No respiramos ni un instante. Qué energía. Polacos de toda clase. Matiné, vermouth y noche.
Volvemos a Lima. Asistimos a las reuniones de Bodas de Caná, la comunidad de matrimonios católicos que tan generosamente nos recomendó el tío Crisólogo. Dejamos que nuestros compañeros rueguen a la Virgen por nosotros. No en vano hemos derramado tantas lágrimas, desnudos, abrazados en la cama, después de hacer el amor, para tomar esta decisión. Es la luminosa culminación de un proceso duro, plagado de dudas, temores, angustias y penas típicas de una pareja principiante.
Lucas no llora. Las enfermeras y los asistentes corren de un lado para otro trayendo bandejas con instrumentos, aparatos y camillas. El ajetreo revela algo que no alcanzo a comprender. Los ojos del doctor Celi me asustan.
Cuando salimos hacia la clínica, a las ocho de la mañana, para el control mensual, no esperaba participar en un evento de esta magnitud. Los vómitos y mareos de Cristina forman parte natural de su condición. La presencia de fibromas y placenta previa la expone a un embarazo de alto riesgo, pero aún está lejos del tiempo para salir fuera de cuenta.
El doctor Celi revisa su historia clínica. Luego, de pie junto a la ventana de su consultorio, que deja ver un exuberante roble detrás de él, le examina la panza.
—¿Sientes dolor? —le pregunta.
—No, doctor.
El Dr. Celi aprieta un poco más la zona baja del estómago. Cristina se contrae y retuerce.
—Tenemos que internarla —me dice.
Por la expresión en su rostro me doy cuenta de que no está bromeando.
—¿Cree que pueda venir el bebe? —pregunto.
No me sorprendería.
Cristina se alarma.
¿Otra vez? pregunta.
Enfundado en una desechable bata celeste, observo todo desde mi esquina del quirófano. Cierro los ojos. Prefiero no ver. De otro modo, van a tener que atenderme a mí antes que a ella. Rezo. Minutos después, una de las enfermeras viene para decirme que puedo acercarme.
El doctor Celi tiene a Lucas tomado de los pies, su cabeza colgando hacia el piso. Le palmotea las nalgas. Lucas no responde. El doctor Celi vuelve a pegarle, un poco más fuerte esta vez. Tampoco responde.
¿Qué pasa, Lucas?
El doctor Celi me mira consternado. El sudor resplandece en su frente por encima de la mascarilla. Dice algo que no comprendo a otra de las enfermeras, quien se retira apurada. Acomoda a Lucas sobre la camilla. Los segundos se hacen eternos. La enfermera regresa corriendo, empujando una mesita rodante de metal con una pequeña máquina rectangular encima. El doctor Celi hace una indicación con las manos. La enfermera toma a Lucas de las extremidades y el ginecólogo le coloca la máscara de plástico en la nariz. Lucas sigue sin responder. El doctor Celi realiza un movimiento agitado con la mano. Le traen inmediatamente otra máquina. Se trata ahora de una especie de plancha que coloca sobre el pecho de Lucas. Hace presión. Una vez, dos, tres veces. Lucas parece reaccionar. Otra vez. 1-2-3. Los ojos de la enfermera recuperan el brillo al observar el monitor que pende de un gancho al lado de la camilla. El doctor Celi vuelve a la carga sobre el pecho de Lucas. Por fin sale un ruido de su garganta. Algo similar a un grito. ¿Un llanto? No tan fuerte como el mío, que casi me desplomo sobre el suelo. Uno de los asistentes viene a cogerme de los hombros. Mis piernas son una gelatina. Todo mi cuerpo tiembla.
El doctor Celi respira aliviado. Baja la mascarilla de sus labios.
¡Felicidades, hombre!
Me cuenta que el líquido amniótico en los pulmones del bebé pudo haber sido fatal. Por eso el ajetreo, la urgencia, las máquinas. La siguiente parada es la sala de cuidados intensivos.
—Sólo para tenerlo en observación y asegurarnos de que sus signos vitales se estabilicen.
—Lo que usted diga, doctor.
¿Cómo enfrentar ahora a la familia? Las noticias sobre la llegada del nuevo milenio no distraen a ninguno. Cristina, en su cuarto lleno de flores y globos dando la bienvenida al recién nacido, sigue medio desmayada. Me entero además que la epidural negligentemente aplicada contribuyó a la crisis durante la cesárea.
—¿Y? —preguntan todos, al verme entrar— ¿Lucas está bien?
Allí están mi mamá, mi hermana, mis suegros y mis cuñados.
—Sí, está bien, gracias a Dios. Pero…
Mi mamá se levanta de su silla, mi suegra se coge el corazón.
Hay una cosita.
Mi suegro me mira arrebatado. Mi hermana quiere saber si hay alguna atrofia. Mi cuñada indaga sobre una posible secuela.
—No hay motivo de pánico —digo para calmarlos.
—¿Entonces? —el coro de la parroquia no podría haber superado ese canto.
—No es Lucas —respondo.
—¿Cómo? chilla mi suegro.
Las mujeres boquiabiertas, aterrorizadas.
—No es Lucas —recalco.
—Cómo es eso, hijo —interviene mi madre, con una compasión infinita.
—Cuando me pidieron que dejara la sala de operaciones, fui a cambiarme en el vestidor. Entonces vino una enfermera y me dijo que debía ir a la oficina de obstetricia a registrar el nacimiento. Ella me acompañó para mostrarme el camino. Subimos al ascensor. En el trayecto vine hablándole del nombre que pensábamos ponerle al bebe y la forma cómo lo habíamos elegido. No entendía por qué ella se reía todo el tiempo. Entonces nos detuvimos en la estación de enfermeras. Cogió un tablero para escribir algunos datos sobre una hoja. “¿Necesita el nombre completo?”, le pregunté. Me contestó que sí, pero en la oficina, no allí. “Lucas Morote”, le dije de todos modos. Volvió a sonreír. Me miraba de un modo extraño. Continuamos el recorrido. La oficina de obstetricia estaba al final de un largo pasillo. Le dicté el nombre a otra enfermera sentada detrás de un escritorio. La que venía conmigo trató de detenerme: “Espere, señor”, dijo. “¿Escribió el nombre correctamente, señorita?”, insistí a la del escritorio. “¿Cómo dice, señor?”, me preguntó. “Lucas”, le dije de nuevo. “¿Acaso no me entiende? Vengo hablando de Lucas desde el principio. ¿Cuántas veces debo repetirlo?” “No se preocupe tanto, señor –dijo la que vino conmigo-. Sólo va a tener que buscar otro nombre”. “¿Qué dice?”, le pregunté. “¿Otro nombre? ¿Por qué?”
El auditorio familiar me mira estupefacto.
—Termina, hombre, termina… —apura uno de mis cuñados.
—Es mujer —confieso.
—¿Qué? —mi suegra no puede creerlo.
—¿No sabes reconocer entre un hombre y una mujer? —desafía cachaciento mi suegro.
Estaba muy nervioso. Cuando me mostraron al bebe en la sala de operaciones lo tenían cubierto con un pañal o algo…
—¿Acaso no lo viste calato?
—Sólo un ratito, pero con la ansiedad me confundí. Quizás me pareció que el cordón umbilical era su pene…
Los ceños acusadores indican inequívocamente que los miembros presentes de la familia me consideran un estúpido. Lo acepto. Pasó todo tan rápido. Mi principal preocupación, en ese momento, era que Lucas (es tan preciosa que se llamará Belén) estuviera vivo. De cualquier manera la experiencia constituye el presagio de una verdad irrefutable: no he nacido para ser padre.
Felizmente Cristina aún duerme.

sábado, 7 de junio de 2014

"23 canciones sin música" de Chano Díaz Límaco (comentario)


No tengo la habilidad para criticar poesía. Tan solo soy un un simple lector que se estremece con ella cuando sus versos tocan algunas fibras de mi interior. No puedo explicar las razones de fondo y forma que hacen bueno a un poema: sencillamente este me alcanza y me hechiza. Pero sí tengo algo muy claro: que la poesía es una energía que  trasciende su  forma verbal y se hace presente en todas las artes. Yo - y lo digo con la torpeza de un neófito -. encuentro poesía en un buen cuadro, en una escultura bien hecha, en la melodía de una grata canción.
Y precisamente esa conjunción es la que acabo de encontrar en el poemario "23  canciones sin música" publicado por Chano Díaz Límaco, músico y productor ayacuchano,  varias veces premiado por sus trabajos de música andina. Veintitrés poemas que, inicialmente, eran los borradores para las letras de algunas canciones que el músico estaba preparando. ¿Qué pasó? Pues que las letras empezaron a tomar su propio vuelo y convencieron al músico de dejarlas ser solo versos. 
He leído de un tirón todos los poemas. Lo hice apenas se disolvieron los efectos de la resaca sufrida por la presentación del poemario. Encuentro algunos poemas mejores que otros; aunque percibo que en todos hay algo que está siempre presente: una particular formar de entender el sentimiento andino desde una perspectiva diferente a la tradicional, pero, definitivamente,  con igual profundidad. En los poemas no encuentro ni palabras ni apelaciones  directas al mundo andino,  ni siquiera un intento de esa típica sintaxis que busca una conexión con lo bucólico del Ande. Sin embargo, al finalizar, hay un sentimiento de acordes sutilmente andinos que queda  flotando en el aire por un largo rato. 
Creo que puede ser una grata experiencia la lectura de estos poemas. No solo por la calidad que pudieran tener, sino porque - por voluntad del propio autor, que bien vale la pena destacar - todos las ganancias que pudiera haber con la venta están destinadas  a la escuela de música de los jóvenes de Ayacucho. 

"23 canciones sin música", auspiciado por la Universidad de Ciencias Aplicadas. De venta en librerías El Virrey.