domingo, 27 de marzo de 2016

Homenaje a Leoncio Bueno - Casa de la Literatura


En reconocimiento a su trayectoria y a la calidad de su obra literaria, el poeta Leoncio Bueno será galardonado con el Premio Casa de la Literatura Peruana 2016 este 22 de abril.
A sus 93 años, el poeta, obrero,  autodidacto, sindicalista y promotor infatigable de la cultura sigue escribiendo.  Su poesía aún mantiene el hálito combativo que delineó el rumbo de su vida. Y a pesar de que no rechaza la tecnología, sigue escribiendo en cuadernos cuadriculados. 
Sin embargo  tiene una  cuenta en "facebook" y declara que  que para un militante acostumbrado al fervor del debate, las redes sociales son un grito de libertad. Ojalá así lo entendieran quienes vienen convirtiendo las discusiones en la red en un depósito mal oliente en donde suelen descargar sus divagaciones más insensatas. 
La vida de este poeta ha estado signada por la sencillez: "No soy amigo de los de la sociedad del espectáculo, no jodo a nadie. Nunca postulé a un concurso, Siempre quise huir del poder y la fama..."
Ahora, con la sabiduría que dan los años vividos dice - con respecto a la validez de su obra - que  si después de diez año aún te recuerdan, te lloran y te recitan, entonces eres poeta, antes no. Tal vez no todos estén de acuerdo, pero aceptemos que su afirmaciones son totalmente coherentes con el rumbo que le ha dado a su vida y a su obra.
En unas declaraciones que le hace a un diario, cierra la entrevista parafraseando a otro artista (Yevgeni Yevtusenko): 
"Solo soy un viejo feliz...y enamorado".

Les dejo un poema suyo. Siempre es la mejor manera de querer a un poeta: leerlo.

TECHO PROPIO

Techo propio
Mi techo es pequeño
rico de polvo y paja
construido de esteras y otros
deshechos inflamables.

Deja pasar los bichos y la lluvia,
deja que se cuele la luz,
el aire, las chirimachas
y los orines de los gatos.

Soy el dueño de un techo excitante:
puede caerme encima
sin hacerme daño

viernes, 26 de febrero de 2016

"República de La Papaya", de Gustavo Rodríguez (Comentario)


República de La Papaya”,  de Gustavo Rodríguez, (Editorial Planeta, 2016)  ha sido una de las novelas que he alcanzado a leer en estos pocos días de descanso previos al inicio de las clases. Ha valido la pena las horas dedicadas a su lectura.
En la novela se cuenta la historia de una asesora política Paula Patricia Yáñez, (La Papaya), quien intenta llevar a la primera dama de un país a la presidencia, pero que en el camino descubre que su ex pareja, una estudiante llamada Loreto, se había involucrado sentimentalmente con otro de los candidatos. Esta situación genera un conflicto no solo en las emociones de la asesora; en general, se activan una serie de circuitos a través de los cuales se descubre el lado aciago en el que se mueve la política. Desfilan una serie de  personajes, desde candidatos, periodistas, empresarios que se involucran en conspiraciones para favorecer a unos o a  otros, según sus intereses. No hay héroes ni villanos definidos. Como suele suceder en estos ámbitos, todo se mueve en un espacio gris.

La novela alcanza  un valor adicional porque coincide  con el periodo electivo que se está viviendo en el país. Sin embargo, hay que anotar que este hecho resulta solo una peculiar coincidencia.  Se sabe bien que el proceso creativo, la redacción y la corrección de una buena novela toman su tiempo, el que se necesite, sin concesión alguna con otro asunto que el de su propia maduración literaria. Aunque en este caso, se celebra la fortuna de la coincidencia, la  que debió hacer sonreír a los editores.

Ahora bien, más allá de esta anotación extraliteraria, en esta su quinta novela, Gustavo Rodríguez no solo consolida su madurez narrativa, también continúa con pulso firme en la exploración del ser humano y  su confrontación  con la  sociedad contemporánea, sociedad en constante "ebullición". Lo que provoca, evidentemente, una sucesión de conflictos en cada individuo.

Digo esto mientras recuerdo "La semana tiene siete mujeres" (2010) en donde se notaba las pinceladas  de una sociedad aún llena de prejuicios raciales.  También creo haber  percibido ese sentido exploratorio en "Cocinero en su tinta" (2012) en el que se mostraba ya no solo al individuo, sino a un país, en la búsqueda de algún tipo de reconocimiento a como dé lugar. 
En esta, su reciente novela, me atrevo a afirmar que su exploración continúa en esta  historia  de conflictos políticos y de campañas publicitarias que confrontan al ser humano con lo mejor y lo peor de su naturaleza.

Desde mi modesta opinión de Escribidor, recomiendo plenamente la lectura de la esta novela. Valdrá la pena. 

jueves, 18 de febrero de 2016

Monólogos Femeninos (Presentación en Lima)


Lapsus de Toledo es una asociación cultural establecida en la ciudad de Toledo, España que ha ampliado sus horizontes abriendo Lapsus de Toledo con sede en México y Lapsus de Toledo con sede en Perú. Su objetivo es crear un espacio de estudio e investigación sobre el quehacer psicoanalítico.
Leo en presentación de su página que Sigmund Freud descubrió el inconsciente y Jacques Lacan elaboró una nueva teoría basándose en los descubrimientos freudianos. La propuesta de esta asociación  se establece a partir del pensamiento de estos dos grandes psicoanalistas.
Pues bien, me alegra mucho comentar que,  en concordancia con esta propuesta,  desde hace un buen tiempo, un destacado grupo de escritoras peruanas  ha echado a andar este proyecto en nuestra capital.  Entiendo que la propuesta ha estado yendo por buen camino. Felicitaciones.

La primera intención fue buscar una aproximación entre literatura y psicoanálisis a través de la vida y obra de personajes literarios. Propuesta que les debe haber tomado una enorme labor de investigación multidisciplinaria. La poetisa y narradora Ana María García alcanzó a  contarme  que, como estrategia de trabajo,  se decidió que  cada escritora desarrolle su propuesta individualmente para luego discutirla en reuniones posteriores y, de esa manera, enriquecerse mutuamente.  Por supuesto, que han contado con el apoyo amigos y asesores. Antonio González Montes, como asesor literario; Alberto Cruzalegui, como psicoanalista; Joseph Dager,  como historiador. El resultado de este esforzado y delicado trabajo seguro que debe producir – a la larga -  una valiosa documentación. La relación entre psicoanálisis y literatura es siempre un tema que llama mucho la atención.

Es en este sentido que me entero de que el siguiente paso será la dramatización de estas experiencias con el título de Monólogos Femeninos. Para ello han logrado contar con la asesoría de Víctor Prada quien,  con generosidad, ha aceptado preparar a las escritoras que (excepto tres de ellas) no son actrices. Lo que hace que el reto sea interesante y la aventura signifique mayor riesgo, pero bien valdrá la pena.
Las escritoras vinculadas con este proyecto son valiosos nombre literarios a quienes – en su mayoría - tengo el gusto de conocer.  Ana María García, Amalia Cornejo, Alina Gadea,  Jeamel Flores, Daniela Ferreyros, Liliana Miranda, Carmen Navarra, Marita Palomino, Elena Pasapera, Alicia Saco, Eliana Vásquez, Sarita Ballón entre otros importantes nombres.

Para la dramatización, se han elegido cinco personajes de la historia, cuatro de la literatura universal, tres de la mitología griega. Personajes de la historia como María Jesús Alvarado, Virginia Woolf, Sor Juana Inés de la Cruz, Teresa de Avila, Lola Flores. Mitológicos como Yocasta (Edipo Rey), Medea, Antígona. Literarios como Emma, de Madame Bovary, Nora, de Casa de muñecas, Esmeralda, de Nuestra señora de Notre Dame, Rosita, de Doña Rosita la Soltera.

El día de la presentación (que por ahora es única fecha) será el 3 de marzo a las 7 de la noche, en el teatro García Lorca del Centro español del Perú.
No solo están invitados. Considero – con perdón del énfasis  -  una obligación cultural la asistencia. La Asociación tiene todo el ánimo de seguir con el proyecto y hacer nuevas presentaciones. Deja abierta la invitación a todos los que  quieren asistir a sus reuniones, participar con sus personajes y, de esa manera, enriquecer al grupo.

Mis felicitaciones a las escritoras y a todo el grupo de profesionales embarcados en este proyecto. La invitación para asistir está hecha e insistiremos en ello en los siguientes días.

lunes, 4 de enero de 2016

INICIEMOS EL 2016 CON UNA DEMANDA: CONSERVACIÓN DE NUESTRO ECOSISTEMA


Contribución del artista gráfico Pepe San Martín


He leído muchos respetables deseos para este 2016. Por supuesto que todos ellos han sido – técnicamente -  solo amables detalles retóricos. Claro que, a la vez,  también actos simbólicos que han conmovido  por su afán altruista. 
Como suele suceder se coincide más con algunos que con otros y, en ciertos casos, sencillamente hubo que guardar prudente y comprensivo silencio.
Lo valioso fue comprobar que, en la mayoría de los textos, hubo mucha sinceridad en los buenos deseos para el mejoramiento de nuestra vida colectiva: en la salud, en la educación, en lo cultural, en la superación de nuestras bajezas, y hasta en lo político (esto último ya tan venido a menos que,  cualquier buen augurio para que mejore,   es bien recibido, aunque con mucho escepticismo, lo confieso).
Me aúno a todos los buenos deseos.  Prometo que intentaré – como casi todos ustedes – contribuir,  de la mejor manera,  a nuestra superación colectiva, al menos desde mis escasas habilidades.
Y comienzo el año, agradeciendo una imagen que envía en un correo colectivo el artista Pepe San Martín. Una imagen que señala una de las tareas esenciales de la humanidad, si estamos hablando de acciones trascendentales: el cuidado de nuestro planeta.
Que lo urgente no nos haga olvidar lo importante




jueves, 17 de diciembre de 2015

CUANDO PERDÍ UNA NOVELA


Acabo de entregarle, finalmente,  la versión definitiva  de mi   novela Dioses de Maranga a mi editor. Declaro que tuve ganas de quitársela inmediatamente.  Mi querido editor y amigo me cayó muy mal esa mañana. Pues mientras él recibía la copia de mi novela -  impresa y anillada – con la sobriedad  natural de un editor que le echaba una mirada a la cantidad de hojas, a la contundencia del título, a las posibilidades de una historia como esa entre los lectores, yo le estaba entregando varios meses de trabajo que – en las últimas semanas – se habían convertido en largas noches de obsesión y días de angustia.
Sin embargo, luego me di cuenta de que el asunto no iba por ese lado, y de  que mi apreciado editor tampoco tenía la culpa de nada. Él se comportaba como tenía que hacerlo. El que estaba complicado era yo quien – además de agotado por el proceso creativo -  aún no había revelado que me faltaba contar una  historia más.  Una  historia  mayor – como en la caja  china literaria – que vertebraba todos los demás hechos, incluyendo mi  reciente novela.

Pues bien,  para que mi reciente novela se independice totalmente de mí y tome el camino que le ha de corresponder,  creo que es necesario contar la historia completa, la que explique por qué me he demorado tanto en escribirla. Consecuentemente,  debo  cerrar esta etapa confesando que muchos años atrás, casi cuando todo comenzaba en mi vida literaria,  perdí  el manuscrito final de una novela en la  cual había invertido muchos meses, años de mi vida.  Esa experiencia desdichada fue tan impactante en mi vida que, desde aquella vez, no había logrado embarcarme en la redacción de otra novela. En los siguientes años, escribí cuentos, obras de teatro, libros académicos: algunos de estos tuvieron mejor suerte que otros; sin embargo, cada vez que intentaba reiniciar la aventura de escribir una novela, me envolvía el desánimo y, al poco tiempo,  abandonaba el proyecto.
Eso explica por qué la novela que le estaba entregando a mi amigo editor tenía un gran significado personal. Un valor que iba más allá del gran momento que siente un escritor cuando termina su obra, le agrega el consabido fin en la última página y llama a su editor para decirle que se acabó, que, por fin, terminó. En mi caso, el asunto tenía un valor adicional: me había recuperado de un trauma literario,  poco común, pero trauma al fin y al cabo.

¿Por qué tanta alharaca con la pérdida de una novela? Es más, ¿acaso no había por allí borradores del manuscrito con el que hubiera podido rearmar la historia con un poco de esfuerzo? Mejor aún, ¿no había archivos en la memoria de la computadora, y sabios en tecnología que pudieran rescatarla de entre los vericuetos de sus integrados? Y si no fuera así, ¿por qué no recomenzar valientemente la historia o, en todo caso, continuar con otras historias hasta que llegara el momento de volver reconstruirla? Ciertamente, son cuestionamientos bastante válidos. Los mismos que me fui haciendo a lo largo de los años, mientras mis queridos amigos me exhortaban a que escribiera, de una vez, una bendita novela que consolidara mi vocación literaria.
Pues, he aquí algunos hechos que quisiera compartir con quien esté teniendo la paciencia de leer  esta nota.  Confieso que, aunque parezca inverosímil y también estúpido, no guardé los borradores de aquella novela.  Sucede que había tanto de mí en aquella historia y me había metido tanto en ella que por mucho tiempo no hubo otra cosa más importante en mi vida. Al terminarla y recobrar la noción de mi realidad,  miré a mi alrededor y me di cuenta de  que el  pequeño cubil en donde escribía estaba inundado de papeles, y de otros desperdicios, de todos los desperdicios posibles.  Me  había llenado de tantos papeles, notas en hojitas de colores en las paredes, así como de revistas y de libros, y de fotocopias de revistas y de libros, y  también de tantos  otros desperdicios poco literarios que tuve un arrebato de limpieza.  Puse a buen recaudo  el original de  mi novela e inicié la limpieza general de mi pequeño cubil. No era la gran cosa, era un pequeño espacio en la azotea de una casa en donde me habían acogido, pero con la ventaja de que nadie me molestaba, siempre y cuando deslizara puntualmente  el monto de la mensualidad, en un sobre, por debajo de la puerta de la dueña.
Recuerdo que estaba tan liberado de  los personajes  de mi novela, de las locaciones en donde se había desarrollado la aventura, de las angustias que me había generado cada uno de ellos,  así como de los problemas que había tenido con  la estructura y hasta con la gramática.  Es decir, repito,  estaba tan aligerado,  que arranqué todas las notas de las paredes, estrujé todos los papeles sueltos que ya no dejaban ver ni mi cama, los metí en dos grandes bolsas negras y las dejé en la esquina de la calle, justo antes de que pasara el camión que recogía la basura. Cuando regresé a mi cubil, y coloqué en orden los pocos enseres que poblaban mi habitación, saqué mi novela de la gaveta y mientras bebía una copa de vino rancio, estuve un rato contemplando el manuscrito. Se titulaba La pensión cálida. Eran ciento diez páginas, en espacio simple,  que había encarpetado y enganchado en un fólder de cartulina amarilla.  Creía  que había escrito mi mejor novela.
Ahora que rememoro aquellos hechos y acepto que el tiempo ha ido diluyendo la intensidad de mi memoria, creo que quizás fue más la ilusión de un joven aspirante a escritor que una verdad irrefutable. Sin embargo, tampoco habría forma de comprobar, ni lo uno ni lo otro, porque la novela se perdió.

Eso explicaría entonces por qué no pude reconstruir la historia a partir de borradores que ya no tenía. Es evidente, también,  que ya hayan inferido que había escrito la novela principalmente a mano y que la haya redactado en una máquina de escribir mecánica. Claro que ya rondaban tímidamente las computadoras personales y los procesadores de texto, pero no con la contundencia de estos tiempos. Las más comunes eran computadoras de poca memoria,  de pantalla negra y letras en un naranja fosforescente. Aun así, era un lujo tenerlas y yo no tenía forma de darme esos lujos de la época.
Ahora bien, antes de exponer por qué no pude reiniciar la escritura de la novela apelando a la paciencia y la disciplina, debo contar qué significado tuvo para mí la susodicha  novela y cómo es que la perdí.  Fue de una manera tan banal que he demorado mucho en escribir esta nota,  precisamente, por la manera trivial como la perdí.
  
Definitivamente, hay muchas maneras de escribir una novela. Algunos métodos seguro más eficientes que otros.  Un apreciado amigo recientemente me explicaba que una novela era algo así como un edificio en donde todas las partes responden a la eficiencia de su estructura y de sus cimientos. Por lo tanto, la redacción de una novela requería, también, de un estudio previo, de una investigación que acumulara incluso más información de la que se iba a usar. Luego, era imperativo elaborar una estructura y una estrategia narrativa. Por supuesto que todo iba de la mano con la idea matriz que había despertado la inquietud por escribir la novela. Lo que algunos entendidos denominan el magma. A partir de esa materia informe, pero vívida, se trabajaba la estructura y la estrategia. Aun así, eso no significaba que todo fluyera naturalmente, pero aseguraba un trabajo más eficiente.  Sin embargo, he escuchado de otros modos de llegar a la culminación de un libro. En algunos de estos casos hay testimonios de que se llegaba a su final casi en agonía y, en otros, con una fluidez de fantasía.  Mi novela, La pensión cálida, había significado la culminación de una larga sesión de aprendizaje a través de lecturas, consultas, talleres y, sobre todo, implacables sesiones de escritura que buscaban poner en práctica lo aprendido. Y había algo más, algo que podría parecer mera pedantería, pero que está inherente en cada quien. La necesidad de darle una voz propia a mi literatura.  Por supuesto que  - de algún modo – un escritor es deudor de otro, y aun cuando lo neguemos, nos insertamos en una tradición literaria. No obstante, supongo que eso de la voz propia debería ser entendido como la búsqueda agobiante de los adolescentes en su intento de hallar su propio diseño de vida.
Creo que en aquella novela perdida, no solo había alcanzado el punto más alto de mis anhelos literarios, al menos para esa época; sino que me había imbuido en la exploración de mis propios demonios. Cada uno de mis personajes, jóvenes que vivían en una pensión muy cerca de la universidad Villarreal, representaba una faceta del mundo como lo entendía (o como quería entenderlo). Lo mismo significaba Isabel, la meretriz, cuya historia era la simbolización de lo que en esos tiempos entendía por decadencia. Cuando todos los personajes, a través de los vasos comunicantes que había planteado,  llegaron a confluir en el núcleo del conflicto, sentí que había tocado el borde del universo. Comprendí que había nacido para escribir. Como ya dije, no sé cómo evaluaría esa novela si la tuviera ahora entre mis manos. Es probable que hoy le estuviera encontrando decenas de defectos atribuibles a la juventud e impericia de un escritor novato, pero la frustración de no haberla visto convertida en un libro para que discurriera por donde le correspondía, me ha dejado la idealización de que había escrito una gran novela, y que en ella había dejado casi todo lo que tenía. Recuerdo que me sentí totalmente extenuado por muchos días.

Y como estaba contento de haber exorcizado todos mis demonios interiores, tuve la infeliz idea de salir a reencontrarme con la realidad. Para ello, me cité a beber unos tragos con algunos amigos ocasionales que nada tenían que ver con la literatura. Después de todo, creí estar en mi derecho. Además de que era una buena manera de realimentarme de experiencias que me permitieran reiniciar mi proceso creativo, creo que eso pensé. Sin embargo, antes de reunirme con los amigos en un bar del Centro de Lima, había planeado pasar por un centro de digitación para que pasaran mi novela al mundo virtual de la computadora. Iban  digitarlo en el fascinante procesador de textos llamado word perfect y me iban a entregar mi libro en dos disquets, uno original y otro de respaldo. Como entenderán, estaba tomando todas las previsiones del caso. No obstante, el destino me tenía preparada una jugada siniestra. Esa tarde, el centro de digitación había cerrado temprano por un rumor de bombas. No olvidemos el  dramático contexto histórico de aquella década ni la atmósfera sombría en la que se vivía. Como no había de otra, guardé La pensión cálida en un cartapacio de cuero que había conseguido y me encaminé al bar en donde me aguardaban los amigos. Era un bar de mala muerte, de mesas  y sillas de madera vieja y húmeda. Ciertamente –  y no estoy usando clichés  literarios – había aserrín desparramado por el suelo y los mozos usaban unas telas de costalillo blanco como mandiles. Es más, sí había una rockola que solo tocaba boleros de cantina. Pedimos cervezas y más cervezas. Guardé mi cartapacio en una silla desocupada, sin miedo a los ladrones porque nos habíamos sentado en el lugar más apartado del bar, y me sumergí en la conversación, en  los tragos, en la borrachera.
No recuerdo más, no quisiera acordarme de algo más. Sencillamente dejé olvidado el cartapacio en la silla vieja de aquel bar y salí con los amigos en busca de una noche de más tragos. Al día siguiente, aún con la resaca de la noche anterior, busqué la novela en mi mesa, en mi cama y en todos los lugares posibles para un cuarto tan pequeño. Luego fui recordando mi itinerario nocturno. Con el corazón atolondrado regresé al bar y, por supuesto que no tenían la menor idea de lo que buscaba. Además – me lo dijeron atropellada y amenazadoramente – el bar no se hacía responsable de los objetos perdidos. Esa mañana, entre el malestar de la resaca y el dolor por mi novela perdida, recorrí, como un moribundo que recoge sus pasos antes de morir, todos los lugares que mi memoria recordaba. Por varios días seguí indagando con cada uno de los amigos que habían bebido conmigo, y hasta con los que no habían estado esa noche conmigo. Les conté a muchos que había perdido una novela inédita y, la verdad, pocos se identificaron con mi pena. Después de todo - seguro pensaron -  era una novela. En su defensa, debo recordarles que aquellos amigos no tenían mayor relación con la literatura. Por lo tanto, entendían que la pérdida de una novela llegaba a ser tan grave  como haber perdido unos planos. Después de todo, se podían volver a diseñar. Pasados los días de luto, cuando intenté reconstruir la novela, lamenté haber botado todas las notas en mi arrebato de limpieza. Solo encontré un fragmento de dos párrafos y el boceto con el rostro de Isabel que le había comprado a un dibujante callejero totalmente extasiado por la imagen al carbón de una mujer de nariz respingada, grandes ojos y mirada triste. No tenía nada más. En las siguientes semanas, cada vez que intentaba recomenzar, me invadía la sensación de cansancio y de soledad como no la había sentido en años.

Han pasado años de aquella experiencia, demasiados años. Todo en un abrir y cerrar de ojos. He seguido escribiendo, nunca con la dedicación con la que hubiera querido o como lo han hecho algunos amigos  admirables, pero he escrito y  he caminado siempre muy cerca de la literatura. Como muchos, le he restado tiempo a muchas ocupaciones y compromisos por estar cerca de ella. Pero, confieso, había fallado siempre que intentaba regresar a la novela. ¿Justificable tal actitud? Seguramente no, pero ni modo.

Por eso, cuando llegué a escribir la palabra fin en la última página de mi novela Dioses de Maranga, sentí que recién había cerrado un capítulo un tanto insano en mi vida literaria. Y por eso tuve ese arrebato de molestia con mi editor. Aunque lo mejor de todo hubiera sido contarle tranquilamente esta historia en medio de unos tragos. Por supuesto, con la novela totalmente protegida en alguna nube virtual, por si acaso.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

CIA PERÚ, 1985, EL ESPÍA SENTIMENTAL, de Alejandro Neyra (Comentario)






Hace algunas semanas tuve la oportunidad de leer la reciente  novela de Alejandro Neyra, CIA Perú, 1985, El espía sentimental, una secuela de su anterior obra, la  que llevó por título CIA Perú, 1985, Una novela de espías y que resultó ganadora del Premio Novela Breve de la Cámara Peruana del Libro 2012. Sin embargo, mis múltiples obligaciones de fin de año como profesor me mantuvieron  ocupado, casi sin tiempo para otras actividades reconfortantes, como la de reseñar una novela que me resultó muy grata.
Como ya he anotado, Alejandro Neyra, escritor y diplomático peruano, ya había publicado una interesante novela,  CIA  Perú, 1985. Una novela de espías en 2012,  a través de la Editorial Estruendomudo. En dicha obra presentó,  en clave de parodia, una trama en la que un espía austriaco, Malko Linge, llegaba al Perú – en los momentos más difíciles de aquella década -  para eliminar a  Abimael Guzmán, cabecilla del grupo terrorista Sendero Luminoso.  La premiada  novela, que  fue escrita desde la perspectiva de un joven diplomático, tuvo varios méritos. Por un lado, ser entendida como  un acertado fresco histórico de esos duros momentos que nos tocó vivir y, desde  otro punto de vista, ser valorada como en una de las pocas obras  peruanas que merodeaban el género de las novela de espionaje, aunque, claro, habría que recalcar el tono paródico con el que Neyra planteaba su historia.
Ahora bien, en CIA Perú, el espía sentimental, la historia vuelve a contextualizase en esos estremecedores años.  Por supuesto, el espía internacional Malko Linge y el diplomático siguen siendo la columna vertebral de la novela. Esta vez, el objetivo del espía austriaco ya no es Abimael, sino Alan García.   Y esto por encargo de la CIA que ha decido intervenir porque sus analistas han llegado a la conclusión de que el joven presidente podría convertirse en un dolor de cabeza para los intereses norteamericanos. La misión es encargada a Linge, dada su experiencia en general y, definitivamente, por su conocimiento de la realidad peruana. El objetivo es investigar, evaluar y – de ser necesario – urdir la manera de derrumbar al impetuoso e inestable presidente.  Para ello, Malko Linge hace contacto con  su antiguo amigo, el joven diplomático que languidece en las oficinas de la Cancillería peruana. En este nuevo encuentro, la  amistad entre el espía y el diplomático se agrieta profundamente. El primero descubre los entresijos y los pasajes oscuros por donde se debe mover Malko Linge. Todo ello, más la debacle generalizada que se vive en el Perú de estos tiempos, lo llevan hacia un profundo desencantamiento.
Para que todo ello ocurra, en la novela se suceden una serie de hechos que oscilan entre datos fidedignos de la época con una ristra de “leyendas urbanas” que se han mantenido en el imaginario popular hasta el presente. Aquella que habla del presidente García rondando las calles nocturnas de Lima en una moto o esa otra que especulaba que en la antigua casa Matusita, una vieja construcción entre la avenida España y Garcilaso de la Vega, o había fantasmas o, más sospechoso aún, se camuflaban centros de espionaje norteamericano.
Alejandro Neyra logra conjugar, acertadamente, estas especulaciones con situaciones cotidianas que se vivieron en aquella aciaga época: cortes de luz, de agua, escasez de alimentos; escenas de la vida diaria que transcurrían bajo la luz de velas; desasosiego, decepción y, sobre todo, violencia y debacle económica. Es en este contexto - que genera una atmósfera sombría - en donde se desarrolla esta novela de intriga a la peruana. Aun cuando dicha novela de intriga tenga un tratamiento de parodia que – inteligentemente – la exime de un análisis de género y le permite ser asimilada con un tono de humor que la hace ligera y de  lectura muy agradable.
A pesar de que la novela ya tiene un buen tiempo en circulación, y quizás ya no sea tan común  encontrarla en las primeras filas de los estantes en las librerías (como suele suceder),  los invito a buscar, leer y disfrutar la reciente novela de Alejandro Neyra. 

domingo, 11 de octubre de 2015

"Las visitaciones", de Pedro Llosa (comentario)



Luego de leer  el  estupendo libro de cuentos de Pedro Llosa, Las visitaciones (APJ), Premio José Watanabe Varas (2104), he recordado algunas frases que – sobre el cuento – ya habían inmortalizado algunos escritores que cultivaron dicho género con la suficiente maestría como darle autoridad a sus afirmaciones.
Es conocido que Julio César Cortázar –  también un aficionado al box  - afirmó, en varias ocasiones, que la  diferencia entre una novela y un cuento era que la primera ganaba por puntos, mientras que el segundo, por nocaut. Así también, el gran  Jorge Luis Borges,  defendió   el  cuento porque pensaba que en este género podía haber un mayor control de la obra: se podía vigilar un cuento casi con la misma precisión con la que se podía  vigilar un soneto. Del mismo modo, Julio Ramón Ribeyro, incluyó  en su decálogo sobre el cuento que en este género no debería haber tiempos muertos ni sobrar nada, cada palabra era absolutamente imprescindible.

Pues bien, en mi opinión, los cuentos que conforman Las visitaciones, demuestran  el talento de Pedro Llosa  en la escritura de este  género en donde  - según lo dicho por algunos maestros - debe destacar la concisión y la efectividad.  Son cinco cuentos, de diferente extensión. En cada uno de ellos se comprime toda una historia sugestiva que te atrapa desde el arranque y te deja pensando en ella aún mucho rato después de haberla terminado.  Es entonces cuando te das cuenta que acabas de pasar por el episodio de una vida y que te has enterado de todo aun cuando no te lo hayan dicho todo: la maravillosa elipsis narrativa, si la sabes hacer.

Ahora bien, como es evidente, la técnica es solo el instrumento que contribuye a mostrar la historia con eficacia. Bien manejada,  mejora  el relato y lo lleva a otra dimensión. Sin embargo, nada de eso sería significativo si no se relatara una buena historia. Después de todo, esa es la razón de un relato. Creo que los cinco cuentos  del libro son estupendos. Aunque siempre  va a suceder que alguno de ellos puede suscitar mayor interés porque toca alguna fibra especial. En mi caso,  eso me ha sucedido con el primer cuento, y el más extenso. El olvido que seremos, que  narra en paralelo dos historias. Por un lado la admiración de un escritor por alguien ya reconocido como Héctor Abad Faciolince y a su novela del mismo título; por el otro, la narración intensa y conmovedora  de la relación entre un hijo y un padre,  con una gran distancia generacional,  cuya historia es contada desde la perspectiva del  hijo que recuerda los avatares de una vida paternal signada por los altibajos. Me he sentido conmovido rememorando a mi padre y otro tanto,  perturbado  por mi  condición de padre que – como a todos seguramente – le ha tocado darse de bandazos a lo largo de la vida.

Sin embargo, al margen de esa conexión personal, afirmó que los otros cuentos no decaen  en su calidad narrativa. En La piel de Jamal hay una marca indeleble de soledad. En Ultima llamada, se logra mantener con gran sutileza el develamiento de una mentira hasta el final de la historia. En Exiliados la vida de los dos personajes es de un simbolismo estremecedor.

Ahora bien, aun cuando  ya se lo había escuchado al escritor antes de leer su libro,  el título Las visitaciones anunciaba que el propósito del conjunto de cuentos era que estas giraran en torno a esos encuentros eventuales, a esas visitas cuyo final está ya establecido, ya sea por voluntad o por cosas del destino. Esa llegada y partida de personas especiales en un momento de nuestras vidas suelen marcar muchas veces la gran diferencia.

Los invito a leer el libro de cuentos “Las visitaciones” de Pedro Llosa.  Valdrá la pena.


sábado, 29 de agosto de 2015

"La distancia que nos separa". Novela de Renato Cisneros. (Comentario)



“La distancia que nos separa” (Editorial Planeta -2015) de Renato Cisneros ha sido uno de los libros más solicitados en la reciente Feria Internacional del Libro de Lima. Dato que nos alegró mucho porque complementaba las otras buenas noticias que trajo la  FIL de este año: hubo más asistentes, se vendieron más libros, se eligieron mejores títulos. Lo que denotaba mejores lectores.
Ahora bien, hay que aceptar que la concitación sobre dicho libro  - en principio -  bien pudo  haberse debido al aprecio mediático – bien merecido – que se le tiene al autor quien, hasta unos días antes, conducía  programas periodísticos y culturales.  Del mismo modo, el tema, en sí mismo,  resultaba sugerente. Una novela de “auto ficción” que abordaba la vida del general Luis Cisneros Vizquerra, padre del autor, y controvertido  Ministro del Interior durante el régimen de Francisco Morales Bermúdez y  Ministro de Guerra durante el segundo belaundismo. Es decir, la alusión a un recorrido por las difíciles épocas que se vivieron en dicho periodo -  precisamente en el apogeo del general Cisneros -   era sugerente.
Sin embargo, luego de haberla leído, debo anotar que la novela de  Renato Cisneros se sostiene  sólidamente por sí misma y es mucho más que un contexto  histórico y un personaje controversial.  Me agradó haberla leído.
El narrador, el penúltimo hijo del general Cisneros, nos lleva por una exploración de su genealogía para comprender la figura de un padre desbordante. A ratos, carismático y en otros,  insufrible. Un padre con muchas facetas, contradicciones y  excesos tanto en el ámbito  familiar como en el espacio público en donde tuvo un papel relevante en el quehacer del país. No obstante, ese recorrido de reconstrucción también pasa por la búsqueda del autor para comprender su propia esencia. Desde el principio, se destila la inquietud del narrador por desgajar las capas de su historia familiar impulsado por un  deseo  subyacente, un deseo inaplazable  de rearmar todos sus recuerdos para colocarlos en un nuevo orden y, finalmente, reconciliarse principalmente con él mismo.
Ahora bien, la novela cobra un gran atractivo porque se trata de la decantación biográfica  del general Cisneros Vizquerra, hombre de gran importancia en la vida nacional del país en los difíciles años de la dictadura militar y la violencia terrorista de las décadas posteriores. Militar sobre el que se creó toda una leyenda – a veces exageradamente  oscura – y sobre quien se descargó toda la batería de fantasías y, seguro, también verdades completas y, en otras, a medias. Situación comprensible en una época en donde el caos ideológico y la confrontación armada interna pincharon todos los odios y todos los miedos que habían estado supurando el país.
Sin embargo, como ya dije, la novela de Cisneros, hijo, es significativa porque,  más allá de que el personaje central sea un hombre histórico¸ plantea un recorrido por una saga familiar – que con matices más, matices menos – pudiera ser  el descubrimiento de la historia  propia de cada lector. Siento que ese esfuerzo intelectual que lo lleva a escarbar en la memoria para confrontar los recuerdos idealizados con los que pudieran ser reales es una propuesta que bien pudiera tentar a muchos lectores. ¿Cuántos de nosotros no guardan asuntos inconclusos que así, irresueltos, conforman la maraña de nuestra existencia?   Con la diferencia, claro, de que, en el caso de la novela, el personaje es alguien de una intensa connotación histórica.
La novela es extensa, pero bien ordenada. En una estructura aparentemente lineal, se las ingenia para avanzar desde los inicios de la familia hasta los sucesos posteriores a la muerte del padre. Sin embargo, logra combinar hechos, reflexiones y claves que luego, poco a poco, se irán justificando. Por ejemplo, la mención de bisabuelo, abuelo, etc. es determinante para entender la naturaleza del padre y del propio narrador.  Por supuesto, esto desde el punto de vista planteado en la obra.
Escrita en de un modo bastante fluido, la narración avanza con un lenguaje limpio y claro. Mérito que le atribuyo al ejercicio periodístico del autor. Aunque, en lo personal, pienso que tiene momentos de parafraseo alegórico un tanto excesivos, sin embargo, por fortuna, no declinan la calidad de la novela.
Entiendo que, para muchos, lo que destaca, lo que la hace atractiva, es el develamiento de un personaje notorio en la vida del país, así como el hecho de que este develamiento sea llevado a cabo por su propio hijo. Y estoy de acuerdo, pero, creo los méritos de una novela deben sustentarse en la novela misma. Esto sucede cuando le lectura se despeja de los elementos extraliterarios y se manifiesta valiosa en sí misma. En lo personal, ese el mérito de la novela de Renato Cisneros.
En una de las últimas páginas de la novela, el narrador reflexiona: “Aquí he engendrado al Gaucho, dándole nombre a una criatura imaginada para convertirme en su padre literario. La literatura es la biología que ha permitido traerlo al mundo, a mi mundo, provocando su nacimiento en la ficción”.

Los invito a leerla.

domingo, 9 de agosto de 2015

VAMOS AL CINE (Comentario a propósito de 19 Festival de Cine de Lima)



« ¿Vamos al cine?», le dije, y ella, la linda Isabel, hizo como si lo pensara un poco.  Luego, matándome con su risueña  mirada, me dijo: «Ya pues».  Y al cine nos fuimos, a uno que estaba en la avenida Manco Cápac, en La Victoria. Lo recuerdo casi todo: la canchita, la espera en la fila, sus sonrosados labios haciendo mohines, el cielo plomizo de Lima (cuando no), el hall del cine con sus alfombras rojas y sus paneles iluminados que anunciaban las próximas películas,  la tibieza de sus manos cuando buscó los míos para guiarnos en la oscuridad de la sala mientras buscábamos nuestros asientos. Y  recuerdo muy bien que mis básicas intenciones tenían que ver con esos hermosos labios sonrosados. Sin embargo, Stanley  Kubrick  y Jack Nicholson nos tenían preparada otra experiencia con su estremecedora película “Resplandor”. No hubo de otra, nos quedamos enganchados con la lenta degradación del escritor Jack Torrance. Claro que obtuve como compensación que Isabel estuviera acurrucada en mis brazos en todos los momentos de suspenso, o sea, en casi toda la película, y la tuve mucho tiempo más de lo que pensaba en el parque, cerca de su casa,  tratando de dilucidar el significado de la fotografía de Torrance que aparecía al final. Lo confieso, Kubrick no solo me enseñó cómo era un buen cine, también me acercó mucho más a Isabel. Hasta que – como todo – aparecieron las letras inevitables del final.
Aunque para dramas, mi madre a quien no se le ocurrió mejor situación  que llevarme al cine  para anunciarme que se divorciaba, que se iba, que nos abandonaba porque había un villano en casa, es decir, mi viejo. Y para prepararme antes del notición, primero fuimos a ver los “Siete magníficos”, con Steve McQueen, Yul Brynner y Charles Bronson y otros más que estaban de moda. Supongo que lo hizo porque había calculado que a los varoncitos les gustaban las películas de vaqueros. En mi caso, hasta allí,  no me había interesado mucho el tema de los westerns. Pero – dado el contexto – he allí otra película que ha marcado mi vida. Solo mucho tiempo después, ya algo metido en la fascinación por el cine, descubrí que la película fue una adaptación de “Los siete samuráis” del gran Akira Kurosawa. Entonces muchas cosas se aclararon, como que una cosa era una película dirigida por Kurosawa y otra si la dirigía un tal Sturges que hizo lo que pudo, pero no pudo mucho. No obstante, lo confieso, de tanto en tanto, vuelvo a ver los “Siete magníficos” y siento un leve estremecimiento en las escenas melodramáticas, como cuando Charles Bronson agoniza y se da tiempo para parafrasear un discurso de despedida y unos niños que lo admiraban lo lloran tiernamente. No diré igualito, pero también hice algo parecido cuando, finalmente, mi madre me soltó su alocución de despedida. Además, igualito que en las películas de vaqueros, creo que un sol (anémico, como suele ser en Lima) también caía detrás del horizonte cortado por los cerros antes de que se cerrara otro capítulo de mi vida.
Claro que ha habido muchas películas que han tenido gran significado en mi vida, como a casi a todos. Y junto a las películas,  también tuvieron significado los lugares en donde las he visto. Soy de la generación de los que asistía con entusiasmo al auditorio de la cooperativa San Elisa, ahora un viejo y abandonado edificio en el jirón Cailloma, por el Centro de Lima. Un fantasma que hace poco fue cerrado después que se hubo convertido en un suburbio de  marginados que rondan las noches sórdidas del Centro.  Pues bien, allí funcionó una sala de cine en donde se proyectaban las películas que jamás  se pasarían en las salas convencionales o las que se pasaban  apenas lo suficiente como para comprobar que no iban funcionar.   Claro que había otros cines club – esa era la definición que se le daba a esas salas en esos tiempos heroicos – y por supuesto que se iba: al cinematógrafo de Barranco o la antigua filmoteca que funcionaba en el Museo de Arte de Lima. Sin embargo, cuando me toca recordar los juveniles tiempos de cinefilia, de libros viejos, de las primeras revistas que se imprimían desde la universidad en unas máquinas llamadas mimeógrafos, los tiempos de los bisoños  debates que terminaban – muchas veces a patadas -, la época de ansiedad cultural, entonces me viene a la memoria la sala de cine del auditorio Santa Elisa, y Woody Allen, con “La rosa púrpura del Cairo”, “!Zelig”;  de pronto, como un salto a otra dimensión, llegar a Fellini y la “Dolce Vita”; luego quedarse bizco y algo turulato con  Eisenstein y  “El acorazado Potemkin”.
En fin, lo cierto es que el cine me ha acompañado siempre. Hasta podría refrendar la manida, pero efectiva afirmación de que cada momento importante de mi vida tiene una película, una canción y una novela que la enmarca.
Y aunque casi todo está en constante cambio, y los recuerdos no hacen sino confirmarlo, hay otros que se mantienen en el tiempo. Ese el cine. A pesar de que las salas, al  menos en su mayoría,  ahora son múltiples cubículos o, más aún, aun cuando sus mágicos espacios hayan sido cambiados por los discos compactos y las salas de la casa, el cine está allí, marcando nuestros momentos.  
Por eso, mis felicitaciones a quienes por estos días han hecho posible una edición más del Festival de Cine de Lima. Ciertamente no todos están conformes, y seguramente, se podría mejorar; pero, por mientras, en Lima tendremos nueve días de películas de ficción, documentales y muchas otras actividades. Lamentablemente, la mayoría de nosotros no tendrá tiempo de asistir ni al diez por ciento de todo lo que se ofrece, pero algo se podrá hacer.

Por ahora me quedo con la frase de Orson Welles: «Es imposible hacer una buena película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta».

jueves, 6 de agosto de 2015

BALANCE DE LA FERIAL INTERNACIONAL DEL LIBRO DE LIMA 2015



Alegra el balance final de la Feria Internacional del Libro de Lima 2015.  Asistieron 502,800 asistentes, eso significa un 12% más que en el 2014. Hubo ventas por  13 millones 600 mil soles, es decir, 30% más que el año pasado.
Se entiende que  esta mejora en cifras es el resultado de un trabajo más eficiente (ojo, no óptimo, pero sí rescatable). Según datos de la Cámara Peruana del Libro, se realizaron 630 actividades y hubo presencia de 155 estand en un ambiente renovado con una extensión de 15 mil m². Cifras que indican una intensa y variada actividad que atrajo al público.
Aun cuando todavía se  supera los resultados de otras ferias latinoamericanas,  se nota que la distancia ya no es tan embarazosa. La cantidad de asistentes ha igualado a la de Bogotá (520 mil visitantes) y se aproxima a la de Guadalajara (765,706). Sin embargo,  todavía  falta mucho para alcanzar el millón doscientos mil visitantes que recibe cada año la Feria del Libro de Buenos Aires.
Felicitaciones, pues,  a los organizadores. Esperaremos ansiosos la siguiente FIL que, seguramente, superará los resultados de esta.

¡Ah! Algo más. Entre los libros más vendidos está la novela de Renato Cisneros,  “La distancia que nos separa”, “HHhH” de Laurent Binet; el ensayo de Charles Walker, “La rebelión de Túpac Amaru”; y “La urgencia por decir nosotros” de Gonzalo Portocarrero.  En este sentido, de acuerdo plenamente con el comentario de la revista Caretas. Es decir, se quedaron rezagados los libros de autoayuda, los “best sellers” para adolescentes y alguno que otro título de “escritores” que se confiaron en su vigencia mediática creyendo que con eso  concitarían la atención. Esta vez, buena por el lector peruano que ha sorprendido  gratamente con sus gustos.