sábado, 4 de octubre de 2014

"Fraude epistolar", obra de teatro (comentario)


Se estrenó,  finalmente, la esperada obra teatral “Un fraude epistolar”. Una tragicomedia escrita por Fernando Ampuero y dirigida por Giovanni Ciccia.
La historia, situada en Lima a inicios del siglo XX, está basada en la anécdota ocurrida entre el escritor español Juan Ramón Jiménez, el poeta José Gálvez y la llamada ‘novia fantasma’, Georgina Hübner.
Un par de jóvenes (Gálvez es uno de ellos) deciden escribirle al poeta de su admiración, Juan Ramón Jiménez para conseguir los libros del vate. Ahora bien, con el fin de conseguir la atención del escritor, fraguan la traviesa idea de que la carta sea firmada por una mujer y, más aún, se esmeran en que la carta tenga todas las características  propias de una dama limeña. En el camino deciden usar el nombre de una pariente (Georgina Hübner).  La carta genera un gran efecto en Juan Ramón Jiménez y, por ello, se establece una correspondencia entre el poeta y la dama apócrifa. La cartas se vuelven cada vez más febriles y los jóvenes deciden cortar la correspondencia que se ha vuelto amorosa y amenaza con una visita del poeta a Lima. No se les ocurre mejor idea que inventar la muerte de la amada. Suponen que, con esa treta, se acabará el entuerto en el que se han metido. Sin embargo, el asunto va dejando  su tono de comicidad y alcanza un nivel emocional dramático porque Juan Ramón Jiménez asimila mal la noticia y  enferma. Con el tiempo, inspirado por ese amor truncado, el español  escribe un  sentido poema que publica en uno de sus libros más difundidos. La intranquilidad por el posible chismorroteo  en la sociedad limeña invade a los jóvenes, pero no hubo demasiado alboroto como temían. Luego, la anécdota cobra un vuelo mayor cuando el poeta se entera del engaño, enfurece y manda retirar el poema de sus libros. Todo esto aumenta las constricciones de los ya no tan jóvenes limeños.
Una llamativa historia - más aún por el hecho de estar basado en un acontecimiento real –  y que trabajada por la buena mano de Fernando Ampuero, alcanza un vuelo literario interesante.  Ahora bien, la obra, en su última parte, deja de ser solo una anécdota bien llevada y se acerca – de una peculiar manera –  a una fascinante propuesta, esa en donde los límites que separan la realidad de  la ficción se difuminan por obra y gracia de la palabra. En las confesiones finales de la ya veterana Georgina Hübner, en diálogo con los también ancianos personajes, se alcanza a percibir que la mejor parte sus vidas fue aquella etapa en donde estuvieron atrapados entre la ficción y la palabra.
“Fraude epistolar”  es una obra que vale la pena ver. Una muy  buena realización divida en dos actos. Y como se anuncia, una tragicomedia  con sus  picos de humor y de dramatismo bien pensados, y, sobre todo, muy bien actuados. Hay una serie de recursos a los que apelan, tanto el autor como el director, para darle el dinamismo adecuado a la trama. Recursos visuales, de iluminación y de enfoque que funcionan correctamente. Un personaje que simula ser el dramaturgo y que conecta los diferentes cuadros de la obra. Hubo momentos en los que recordé a Luiggi Pirandello y esa inclinación a disolver la línea entre la obra y el público, principalmente cuando el supuesto dramaturgo  habla con los personajes de la obra.

Me alegro de haber visto esta obra teatral. Desde mi sencillo punto de vista, es un gran trabajo de dirección y producción, aparte de las buenas actuaciones. Confirma la idea de que el teatro peruano está alcanzando uno de sus mejores momentos con muy buenos montajes.

martes, 9 de septiembre de 2014

"La casa muerta" de Alina Gadea (comentario)



Una de las muchas virtudes de la novela es la flexibilidad que posee para contar. Se puede narrar desde una pequeña anécdota hasta una monumental historia, de esas que entrelazan diversos momentos y extraña vidas, y que - claro - proponen un mundo ficticio, aunque  muchas veces esa ficción resulte más convincente que la supuesta realidad.
En fin, ya sean complejas o sencillas historias, ambas pueden llegar a ser excelentes novelas.  Es la habilidad del escritor la que consigue otorgarle, al relato,  ese carácter  de universalidad.
La reciente publicación de Alina Gadea, “La casa muerta”, es de aquellas novelas cortas,  de aparente simplicidad,  que ha logrado comprimir – en pocas páginas - una sugestiva historia en donde la búsqueda personal, la soledad, la nostalgia por un mundo que se va carcomiendo indefectiblemente se entremezclan para presentarnos  un lado bastante peculiar  de esta poliédrica  ciudad limeña.
Mariela Ramos es una arquitecta que atraviesa una etapa de recomposición personal y que debe empezar una nueva vida. En esa búsqueda busca un lugar donde recomenzar. Primero se hospeda en un cuarto de una señorial, pero antigua casona cuya arquitectura tradicional la hechiza. Luego debe trasladarse otra vez porque la casona - y toda su magia – va a ser vendida y destruida para construir pequeños departamentos más acordes con los nuevos conceptos  urbanísticos. Sin embargo consigue hospedarse en otra casona, probablemente más señorial, pero que ha entrado en una decadencia más ostensible. Allí entra en contacto con doña Isabel, la anciana dueña de la casona y que, parapetada en uno de los cuartos de su propia casa, va languideciendo igual que toda su propiedad. Hay un personaje más, Doris, a la que se conoce solo por unos diarios y porque la anciana, en algún momento, la rememora.
Mariela Ramos intenta restituirle la antigua belleza a la casona haciendo algunos tratos con al senil Isabel. Sin embargo, en todo ello hay mucho más, algo personal: una subconsciente búsqueda de la armonía personal. Ahora bien,  la realidad, con todas sus bajezas, vuelve a jugarle una mala pasada. No obstante, ya Mariela ha logrado encontrarse y, finalmente,  ha tomado una decisión que señala, sutilmente, cuál es el sentido que tendrá su vida en adelante.

“Casa muerta” es una novela que se lee de un tirón, pero que se recomienda hacerlo con paciencia, saboreando las pinceladas que describen la arquitectura de una Lima – que ya casi ha desaparecido – , como los momentos de  dolorosa ternura que despiertan los diálogos con doña Isabel y las páginas del diario de la enigmática Doris.

martes, 2 de septiembre de 2014

Acerca de la palabra "candidato" - A propósito de las cercanas elecciones municipales y regionales



En estas últimas semanas, las principales ciudades del país están sufriendo el aluvión publicitario de los candidatos que postulan, tanto a las alcaldías como a los gobiernos regionales. Avenidas, parques, fachadas y hasta postes de alumbrado público amanecen recargados de afiches y pintas, cada uno más curioso que el otro. La contaminación visual está alcanzando niveles de asombro, no solo por la cantidad de propaganda, sino por el mal talante creativo de la mayoría de ellos, aunque por allí me dicen que es una cuestión de gustos: que los tiempos cambian, que los gustos varían y que los consejeros publicitarios (¿en serio?) tan solo interpretan el color y sabor de estos nuevos tiempos.
Como sea, puede ser. Ahora bien, esto amenaza con alcanzar un punto más crítico cuando lleguen los mítines. ¡Ah! Entonces ya todo estará consumado. Habrá largas marchas de entusiastas simpatizantes invadiendo todas las calles, las anchas y las angostas. Capturarán los parques y las plazas para que los candidatos, desde armatostes metálicos, puedan vociferar sus discursos. Habrá agitadores que rugirán consignas y otra vez palabras, palabras y palabras. 
En fin, es el precio adicional que demanda vivir en democracia. No queda de otra. Mi madre - en casos como este - decía que la carne viene con hueso. Entonces, ni modo: son cosas de la democracia.

Sin embargo - y en medio de esta batahola propagandística - me he encontrado con una nota en la página de Ricardo Socca, "La palabra del día", en donde se da cuenta de la historia de la palabra "candidato". Nada más acorde en este contexto y que vale la pena compartir.
La nota dice que se denomina "candidato" a la persona que pretende alguna distinción, premio o cargo. Y que, en estos tiempos de espíritu democrático, el uso de  esta palabra se ha extendido rápidamente por el mundo hispano hablante, pero con el grave peligro - digo yo -  de haber perdido, en el camino,  mucho de su verdadero sentido.  Por lo que leo,  este vocablo tiene un significado aún  más claro - aunque solo en el papel -  en el Diccionario de autoridades que explica de esta manera el mentado vocablo: "El que pretende y aspira o solicita conseguir alguna dignidad, cargo o empleo público honorífico". ¿Lo habrán comprendido los candidatos que por estos días asolan las ciudades? 

Así también, candidato procede del latín candidatus  "el que viste de blanco", derivado del verbo candere "ser blanco, brillar intensamente". Una  voz con la que se designaba en Roma a quienes se presentaban como aspirantes a cargos públicos. En el ritual político romano, los candidatos debían cambiar su habitual toga por una túnica blanca (cándida) con la que se exhibían públicamente para manifestar la pureza y la honradez esperables en los hombres públicos. Así es, y puede comprobarlo buscando en las fuentes que señala Ricardo Socca. Ahora, temo que si algún candidato - de los que abochornan nuestro sistema -  se enterara de esta acepción, aparezca al día siguiente totalmente vestido de blanco, sin haber entendido el trasfondo del asunto: pureza y honradez. 

Algo más, candere procede de la raíz europea kand- o kend- que significaba "brillar". De donde vienen palabras como candelabro, cándido, candor, incendio, etcétera. La nota aclara que ningún derivado de candidus llegó hasta nosotros con un significado directamente alusivo al color blanco, pero la blancura deslumbrante que la palabra latina candor expresaba en la lengua de los césares se mantuvo en el español candor, con el mismo sentido de 'sinceridad, sencillez y pureza de ánimo' de la palabra en latín. 

Qué distancia entre el origen del vocablo y el sentido que ha  ido tomando esta palabra en estos tiempos en donde, en lugar de campaña política, más pareciera haberse abierto una feria de promesas, verbalmente mal construidas, y más grave aun, tan poco honestas.

domingo, 31 de agosto de 2014

"Las neurosis sexuales de nuestros padres", montaje teatral (comentario)


Por recomendación de una amiga, este viernes asistí la función teatral "Las neurosis sexuales de nuestros padres" de Lukas Bärfuss. Obra dirigida por Jorge Villanueva, en la Alianza Francesa de Miraflores.
La obra gira en torno a la vida de Dora, una muchacha que - desde niña- estuvo medicada con el fin de controlar una extraña enfermedad mental que - según testimonio de la madre - la volvía violenta durante su infancia. En algún momento de su juventud, la familia decide suspenderle los medicamentos. Por lo que narra la madre, al principio de la obra, Dora ha vivido totalmente ensimismada toda su infancia, aislada por culpa de los medicamentos,  totalmente alejada del proceso común de socialización. Quitarle los medicamentos podría abrir la posibilidad de rescatarla de ese ostracismo e insertarla en la vida de la familia y de la sociedad en general. Efectivamente, la suspensión de los fármacos la regresa paulatinamente a la vida corriente.  Es entonces cuando Dora descubre el placer del sexo, el cual asume con una tierna ingenuidad, totalmente desprovista de los parámetros sociales con el que viven los demás, en este caso la familia. Dora se inserta en un mundo novedoso al que le suele encontrar experiencias hermosas, justamente en relaciones que los demás encuentran escandalosas, al menos cuando son tan públicas y desinhibidas como las asume ella.
Dora ha dejado su mundo ensimismado, se inserta en el de los demás y - sin buscarlo - va incomodando los cánones sociales.  En el camino descalabra los valores de quienes lo rodean; sin embargo, al final de la obra, sus palabras y sus necesidades son solo suyas: más lejos de la neurosis y más cerca del dolor.

Una obra interesante, de un autor  a quien recién descubro a través de este trabajo. Un montaje, aceptable en líneas generales, aunque pienso  que el gran trabajo actoral de Wendy Vásquez (Dora) es el que sostiene la obra. Tuve la impresión de que algunos otros personajes pifiaron un tanto en el diseño de sus personajes: algo engolados, poco convincentes. Había cierta disonancia en la sucesión de cuadros y algo de monotonía en los elementos de escenografía. 
No obstante, más allá de estás últimas apreciaciones - que apenas son opiniones de un simple espectador - la obra resulta un tremendo impacto que remueve nuestras emociones y que nos  lleva a casa - o un bar - con mucho que reflexionar. La neurosis de nuestros padres una obra de teatro que todavía tiene funciones y que bien vale la pena ver, si logran evadir el demencial tráfico de Lima.

sábado, 9 de agosto de 2014

"Miera", cuento de Antonio Gálvez Ronceros


Según la crítica, Gálvez Ronceros no solo es un buen narrador de historias cortas, sino que debe ser considerado, después de Ribeyro, como uno de los  más notables cuentistas de la Generación del 50".
Uno de los grandes méritos de este autor es el  haber puesto en la escena literaria contemporánea el universo afroperuano.
En 1974 obtuvo los premios primero y segundo de cuento en el concurso José María Arguedas organizado por la Asociación Universitaria Nisei del Perú; y en 1982, el primer premio de cuento y el segundo de periodismo en certámenes organizados por la Municipalidad de Lima.
Me atrevo a subir este cuento tanto por su eficacia narrativa, por la capacidad de la historia para sintetizar el universo cultural de la nuestra cultura afroperuana y, también, por toda la añoranza que despierta en la memoria de quienes trabajamos nuestros primeros cuentos de  Talleres de Creación Literaria desmenuzando, respetuosamente, cuentos como el que viene a continuación.



¡Miera!

Tomado de Monólogo desde las tinieblas.

En el camino que lleva al sembrado de camotes el negro don Andrés supo que en los últimos días el caporal Basaldúa se había puesto a hablar feas cosas de él. Mientras compraba plantas en el sembrado y llenaba de camotes los serones de su burro, le dijeron lo mismo. Entonces no aguantó más: trepó al burro de un salto y enderezó por un atajo hacia la casa del caporal. Pero ahí le dijeron que se había ido a vigilar unos riegos en la Punta de la Isla y que volvería una semana después. Sin decir nada pero aguantándose, don Andrés regresó rápidamente a su casa, se bajó casi arrojándose del burro, lo dejó plantado con los serones cargados, se metió corriendo en la primera habitación y llamó a su hija mayor:
— ¡Patora! —los labios se le habían hinchado y parecían pelotas.
Saliendo de la habitación contigua, Pastora se presentó alarmada.
—Patora, tú que sabe equirbí, hame una cadta pa mandásela hata la Punta e la Ila a ese caporá Basadúa, que nueta acá y sia ido pallá depué quiabló mal de mí. Yo te vua decí qué vas a poné en er papé.
—Ya, tata, vua traé papé y lápice —dijo la hija. Se metió en los interiores de la casa y poco después regresó.
—Ponle ahí, Patora —dijo don Andrés—, que su boca esuna miera, que su diente esota miera, su palaibra un montón de miera… Miera esa mula que monta. Miera su epuela. Miera su rebenque. Miera el sombrero con quianda. Miera esa cotumbe e miera diandá mirando tabajo ajeno… Léemela, Patora, a ve qué fartra.
Cuando la hija acabó de leer, don Andrés tenía un gesto de duda como si ya no confiara del todo en sus propias palabras.

—Oye, Patora —dijo finalmente—, quítale un poco e miera a ese papé.

martes, 5 de agosto de 2014

SIMPLIFIQUEMOS LA ORTOGRAFÍA (PONENCIA DE GARCÍA MÁRQUEZ)


Para mis queridos alumnos con quienes, hace unos días, tuvimos un interesante debate sobre la importancia de la ortografía, aquí les dejo una ponencia de Gabriel García Márquez en la cual pide simplificar la ortografía. No obstante, atención, les tiendo este puente para extender la buena discusión, pero también dejo constancia de que la belleza del contenido de un texto debe estar iluminado por la precisión de la forma. 
Un tanto barroca la última la frase, pero señala mi posición con respecto al uso correcto de la ortografía. Disfruten de la lectura.




Ponencia de García Márquez
en el I Congreso Internacional de la Lengua Española

A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor, que tenían un dios especial para las palabras. Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor.


No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global. La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y cuatro significados, mientras en la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aun no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: ``Parece un faro''. Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazo un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que Don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso?
Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempos no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa.
En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que les lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis doce años.

jueves, 31 de julio de 2014

"El enigma del convento", de Jorge Eduardo Benavides (comentario)


Acabo de leer la reciente novela de Jorge Eduardo Benavides, “El enigma del convento”. Alfaguara, 2014. Novela ganadora del Premio Torrente Ballester 2013.
Pues bien, me ha impresionado lo suficiente como para atreverme a afirmar que es una novela estupenda; además, a corroborar que Benavides es –como escribe Raúl Tola en la contratapa  – un escritor de primerísimo orden,  y que sigue sorprendiendo, gratamente, con cada nueva novela.
Después de irrumpir en el espacio literario con una trilogía política que fue gratamente recibida por la crítica, y luego de publicar una inusitada novela de amor con rasgos de crónica de viajes, “Un asunto sentimental” (lo que dejó demostrado que el escritor se sacudía del posible rótulo de escritor de novelas políticas), aparece esta novela de atmósfera histórica con fuertes matices de suspenso que – probablemente -  vaya señalando una nueva aventura literaria del autor: la constante renovación del escritor es un mérito que también vale la pena destacar en este caso.

El enigma del convento es una novela ambientada en la época de las guerras de independencia de América, y en el Madrid de 1815 a 1820. El eje desde el que se mueve toda la trama es el convento de Santa Catalina de Arequipa, Perú. Claustro en donde hay un documento secreto que compromete a personas y a causas políticas cuyas ramificaciones sobrepasan el afán independentista del  continente americano y se enredan con intrigas en la mismísima España, una España conflictuada entre los rumores independentistas, el descontento con la monarquía de Fernando VII y la preocupación por el futuro del alicaído imperio.
En el argumento se entremezclan entonces asuntos políticos, varias historias de amor, intrigas y unos misteriosos documentos que, finalmente, son  los que desatan el torrente de la novela y que llevan en vilo al lector durante toda la historia, compartiendo la angustia de los personajes en la búsqueda sinuosa de los mentados documentos que, para aumentar el misterio, están encriptados en un dificilísimo acertijo con el que se devanan los sesos personajes, y hasta lectores.
Ahora bien, en la novela hay algo más que debe tomarse en cuenta para medir su importancia. Según declaraciones del mismo autor, la novela trata del momento de la dolorosa ruptura entre España y América, que – vista con la objetividad que solo otorga el tiempo -  fue más dolorosa de lo que se pensaba. La independencia fue un proceso complejo; para algunos una  separación traumática que - en muchos casos – llevó al enfrentamiento entre miembros de una misma familia, según la causa que cada quien abrazara en el proceso de independencia.

De otro lado, es necesario destacar la nitidez de los escenarios y la casi certeza histórica de los hechos y de muchos personajes, que sí existieron, y que en la novela son levemente ficcionados. Entiendo que es el producto de una minuciosa investigación que le ha permitido, al autor, darle ese valioso toque de verosimilitud, principio básico de una buena novela, pero que no siempre se llegar a alcanzar.
Finalmente, la obra esta divida en tres partes que organizan la historia a partir de una conversación, entre una superiora y una jovencita recluida en el convento, conversación en un tiempo posterior al de la historia. Cada bloque o capítulo, a su vez, alterna las historias de los personajes  y de los lugares hasta que – como ya se adivina – terminan casi confluyendo un poco antes del desenlace de la novela. Así también, los cuadros o subcapítulos tienen la virtud de cerrarse dejando en el aire una nota de suspenso. Una labor bastante difícil eso de mantener la expectación en cada cuadro, pero que en la novela se logra eficientemente.
"El enigma del convento" es, como ya dije, un estupenda novela que se debe leer. Estoy seguro de que la van a disfrutar.


martes, 29 de julio de 2014

Cuento de Carlos Herrera


Carlos Herrera es un brillante embajador y prolífico escritor peruano; aunque, como pregona él mismo, principalmente  ciudadano arequipeño. 
Ampliamente reconocido por su labor literaria. Autor de libros de cuentos  como "Morgana", "Las Musas y los Muertos"  "Crueldad del Ajedrez", y novelas como  "Blanco y Negro", "Gris" o "Claridad tan obscura", entre otras tantas obras de importancia. Ha sido galardonado con el Primer Premio en los I Juegos Florales "Alberto Hidalgo" de la universidad San Agustín; finalista del Premio COPE en 1983 y 1994; finalista del Premio Juan Rulfo organizado por RFI, en París. En fin, Carlos Herrera es, aparte de todo estos méritos, una gran persona y excelente amigo.
Carlos ha contribuido con un relato para la antología de cuentos peruanos que este escribidor viene organizando en un blog.
Les dejo un fragmento del cuento aquí, y los invito a leerlo por completo en el blog Escritores Peruanos Contemporáneos.



HISTORIA DE MANUEL DE MASÍAS,
EL HOMBRE QUE CREÓ EL ROCOTO RELLENO
Y COCINÓ PARA EL DIABLO


                                                                                              Carlos HERRERA


En el Convento de la Recoleta, en Arequipa, hay un cementerio pequeño, que alberga a varias generaciones de monjes. Si uno consigue un permiso especial puede pasearse entre las rajadas lápidas. Como toda contemplación de sepulcros, es aconsejable hacerlo por la mañana, bajo el intenso azul del cielo y dejándose llevar por la austera serenidad del sitio.
Una de las lápidas, muy antigua, atrae la atención: diríase que un tosco marmolista  ha grabado sobre la piedra, junto a la cristiana cruz, signos paganos. Un animal pequeño, probablemente un cuy, sobre un plato.  Al lado, una suerte de baya que podría ser un rocoto. Más allá, una antigua botella.
La inscripción bajo esas imágenes no es menos enigmática:

MANUEL DE MASIAS
1728-1805

Murió en la paz del Señor,
luego de que su arte conquistara
este mundo
y otros

Es necesario un nuevo permiso especial para tener acceso a la importante biblioteca del convento. Entonces hay que tener mucha suerte o un tiempo ilimitado para encontrar, entre las decenas de millares de volúmenes ahí conservados, un antiguo cuaderno con tapas de cuero. Allí, en apretada letra, Manuel de Masías, luego de retornar a su tierra natal para tomar los hábitos tras muchos años de ausencia, confió sus recuerdos.

***

Arequipa tenía menos de cincuenta mil habitantes cuando nació Manuel, cuarto hijo de un comerciante en telas que gozaba de una sólida reputación y medios suficientes para un decente pasar. Manuel se criaría en una casona de interiores sombríos y luminosos patios, con numerosos rincones donde esconderse de la sevicia de sus hermanos mayores. Pero su lugar preferido sería la cocina.
Manuel de Masías, desde su retiro recoletano -desde las páginas de ese cuaderno-, recordaba aún con emoción las horas pasadas en el oscuro antro, negro de carbón y con una ventanilla insignificante, donde su madre, ayudada por dos sirvientas, preparaba las comidas familiares. Desde que tuvo uso de razón, la principal actividad de Manuel fue observar cómo su madre picaba hierbas, trozaba carnes, hervía, horneaba, mezclaba salsas y revelaba, a la hora del almuerzo o de la cena, un espléndido plato. A Manuel le fascinaba sobre todo, desde muy temprano, el fenómeno por el cual esa diversidad de ingredientes, de elementos tan diferenciados, podían formar una realidad nueva, armónica y superior. En la noche, antes de dormir, pasaba largo rato imaginando quién, cuál iluminado ejemplar del género humano había podido inventar la cocina. A menos que ésta fuera producto de la inspiración divina, lo que era altamente probable. Su mente infantil imaginaba un recetario revelado, una especie de Biblia de no menor importancia que la utilizada en los ritos religiosos.  Las recetas que su madre guardaba en un cuadernillo, que parecía constituir su más preciada posesión, eran, seguramente, copia de aquel libro primordial.
Pero, como se sabe, la adolescencia aporta insatisfacciones y, consiguientemente, rebeldía. Al llegar a los catorce años Manuel comenzaba a percibir que la hasta entonces admirada cocina materna estaba lejos de la perfección. No era culpa de su madre, una de las más  reconocidas expertas culinarias de Arequipa. Pero su arte no podía ir mucho más allá de lo que sus recetas, cuidadosamente transmitidas por la abuela o por amigas de similar tradición, le enseñaban.
¿Y qué era lo que le enseñaban? Una cocina, finalmente, asaz simple, basada en la robustez de los ingredientes y una mezcla elemental de ellos.
Manuel pensaba, por ejemplo, en el rocoto. Uno de los platos preferidos de su padre era una especie de cazuela donde se mezclaban trozos de aquel fortísimo fruto con pedazos de carne de res y algunas cebollas. El resultado era poderoso: arrancaba lágrimas y maceraba el paladar, para gran contento de su padre y eventuales invitados.
Pero Manuel sospechaba que podrían extraerse mejores acordes de aquel instrumento. El ferruginoso gusto del rocoto era especial, y valioso aprovecharlo, pero su fortaleza anestesiaba demasiado las papilas. Acaso sería conveniente combinarlo con melodías más suaves.
Dos años pasó Manuel experimentando, con la secreta complicidad de una de las empleadas de su madre, sobre las posibilidades del rocoto. Lo del secreto era necesario por su padre: su refugio infantil en la cocina comenzaba a ser preocupante, para la moral paterna,  cuando ya le apuntaba el bozo.
Pronto se dio cuenta de que la esencia más picante del rocoto radicaba en las pepas, o circa, y en las venas, y que extrayéndolas no se eliminaba el sabor, pero sí un importante factor de molestia extrema o adormecimiento. Remojar la pulpa en agua con sal también disminuía sus abrasivos efectos.
Un día llegó la epifanía: ¿Por qué no integrar la carne al rocoto, y ponerle una tapa de suavidad?  Vislumbró que por ahí estaba la vía para hacer del rocoto un plato más universalmente aceptable, conservando sus calidades y enmascarando sus más ofensivos aspectos.  En alguna medida, era una fórmula de vida la que Manuel de Masías estaba inventando el agregar maní, huevo duro, aceitunas. Y más cuando se le ocurrió introducir el producto suave entre todos: la leche y su forma más enriquecedora para la cocina, el queso. Manuel, casi intuitivamente, estaba tentando una afortunada síntesis: introducir fluidez, rotundidad a las agudas puntas del picante; aportar femineidad a lo guerrero.
Cuando su madre probó el producto, le supo a gloria. Sabía de las raras aficiones de su hijo y, aunque no las alentaba, guardaba un secreto orgullo. Pero este plato superaba cualquier expectativa. Era, además, algo nuevo: una invención.
El día que lo presentaron en la mesa familiar, Manuel temblaba de excitación. Le preocupaba sobre todas las cosas la opinión de su padre.
Éste pareció intrigado: en veinte años su esposa había repetido los mismos, excelentes, platos, sin mayor variación. ¿Qué era esto de disfrazar el viril rocoto con un gorrito blanco, de lechosa contextura?
La degustación paterna fue un momento de tensión. El buen caballero, conservador nato, no estaba dispuesto a ningún cambio en su ordenada vida. Sus principios predominaban frente a sus gustos. Pero esta nueva combinación de sabores, en realidad, no parecía estar tan mal. Quizás había que darle una oportunidad...
- Hmmm...Es...curioso.  Pero sabe bien.  ¿Cómo lo hiciste?
La madre enrojeció, resplandeciente.
- Es tu hijo quien lo ha hecho.
Y el hijo, de color granate, en el esperado momento de su consagración, vio como su padre tiraba la servilleta al piso y se levantaba, encolerizado, para encerrarse en su dormitorio y en sus costumbres.
Dos semanas después, Manuel de Masías, de dieciséis años de edad, partía montado en una mula rumbo a Lima, a buscar su vida en ambientes más complacientes. No sabía que el plato que había inventado se difundiría por toda la ciudad y más allá, cariñoso y dolido tributo de su madre a su memoria, portando el banal nombre de rocoto relleno.

                                                                                                          

lunes, 28 de julio de 2014

"Todo esto es mi país". Poema de Sebastián Salazar Bondy


A propósito de las Fiestas Patrias, y luego de escuchar a unos amigos sobre la
lo poco relevante que es identificarte con tu país.
Nada como este poema de Salazar Bondy para explicar este sentimiento



TODO ESTO ES MI PAIS

Sebastián Salazar Bondy

Mi país, ahora lo comprendo, es amargo y dulce;
mi país es una intensa pasión. Un triste piélago, un incansable manantial
de razas y mitos que fermentan;
mi país es un lecho de espinas, de caricias, de fieras,
de muchedumbres quejumbrosas y altas sobre heladas;
mi país es un corazón clavado a martillazos,
un bosque impenetrable donde la luz se precipita
desde las copas de los árboles y las montañas inertes;
mi país es una espuma, un aire, un torrente, un declive florido.
Un jardín metálico, longevo, hirviente, que vibra
bajo soles eternos que densos nubarrones atormentan;
mi país es una fiesta de ebrios, un fragor de batalla, una guerra civil,
un silencioso páramo cuyos frutos son jugosos,
un banquete de hambres, un templo de ceremonias crueles,
un plato vacío tendido hacia la nada,
un parque con niños, con guitarras, con fuegos,
un crepúsculo infinito, una habitación abandonada, un angustiado grito,
un vado apacible en el cual se celebra la vida:
mi país es un sepulcro en medio de la primavera,
una extraña silueta que abruma con su brillo la soledad,
un anciano que camina lentamente, un ácido que horada los ojos,
un estrépito que apaga todas las músicas terrenales,
un alud de placeres, un relámpago destructor, un arrepentimiento sin culpa.
un sueño de oro, un despertar de cieno, una vigilia torva,
un día de pesar y otro de risa que la memoria confunde,
un tejido de lujo, una desnudez impúdica, una impaciente eternidad;
mi país es un recuerdo y una premonición, un pasado inexorable
y un porvenir de olas, resurrecciones, caídas y festines;
mi país es mi temor, tu ira, la voracidad de aquel,
la miseria de otro, la defección de muchos, la saciedad de unos cuantos,
las cadenas y la libertad, el horror y la esperanza, el infortunio y la victoria,
la sangre que fluye por las calles hasta chocar con el horizonte
y de ahí retorna como una resaca sin fin;
mi país es la mujer que amo y el amigo que abrazo tan solo por amigo,
el extraño que te sorprende con su odio y el que te da la mano porque quiere;
mi país es la ventana a través de la cual miro la tarde,
la tarde que cae con sus ramos de melancolía en mi pecho,
y el agua matinal con que limpio mis pupilas de imágenes sucias,
el aire que respiro al salir de mi casa cada día,
y la gente que se precipita conmigo a los quehaceres sin sentido,
el trabajo, la fatiga, la enfermedad, la locura, el pensamiento,
la prisa, la desconfianza, el ocio, el café, los libros, las maldiciones;
mi país es la generosa mesa de mi casa y los rostros familiares
donde contemplo la marea incansable de mi dicha,
el cigarrillo que consumo como una fe que se renueva
y el perro cuya piel es cálida como su amistad;
mi país son los mendigos y los ricos, el alcohol y la sed,
la aventura de existir y el orden en que elijo mis sacrificios;
mi país es cárcel, hospital, hotel y almacén, hogar, arsenal;
mi país es hacienda, sembrío, cosecha:
mi país es escasez, sequía, inundación;
mi país es terremoto, lluvia, huracán;
mi país es vegetal, mineral, animal;
mi país es flexible, rígido, fluido:
mi país es líquido, sólido, inestable;
mi país es republicano, aristocrático, perpetuo;
mi país es una cuna, tumba, lecho nupcial;
mi país es indio, blanco, mestizo:
mi país es dorado, opaco, luminoso;
 mi país es amable, hosco, indiferente;
mi país es azúcar, tungsteno, algodón;
mi país es plata, nieve, arena;
mi país es rudo, delicado, débil y vigoroso, angelical y demoníaco;
mi país es torpe y perfecto;
mi país es enorme y pequeño;
mi país es claro y oscuro;
mi país es cierto e ilusorio;
mi país es agresivo y pacífico;
mi país es campana
mi país es torre,
mi país es isla,
mi país es arca,
mi país es luto,
mi país es escándalo,
mi país es desesperación,
es crisis, escuela, redención, ímpetu, crimen,
y lumbre, choque, cataclismo,
y llaga, renunciación, aurora,
y gloria, fracaso, olvido;
mi país es tuyo,
mi país es mío,
mi país es de todos,
mi país es de nadie, no nos pertenece, es nuestro, nos lo quitan,
tómalo, átalo, estréchalo contra tu pecho, clávatelo con un puñal,
que te devore, hazlo sufrir, castígalo y bésalo en la frente,
como a su hijo, como a su padre, como a alguien cansado que acaba de nacer,
porque mi país es,
simple, pura e infinitamente es,
y el amor canta y llora, ahora lo comprendo, cuando ha alcanzado lo imposible.




domingo, 27 de julio de 2014

"El amor empieza en la carne", de Juan Ochoa López (comentario)



He terminado de leer  “El amor empieza en lacarne”, de Juan Ochoa López,  novela ganadora del  XV Concurso Novela  Corta “Julio Ramón Ribeyro”, organizado por el Banco Central de Reserva. Y he quedado gratamente impresionado con ella. Ha valido la pena ocupar algunas horas de estos días libres navegando en las páginas de esta novela, inusitada,  que se desenvuelve en el mágico y – para muchos - casi desconocido mundo de la selva peruana. De hecho, habría que señalar que la literatura peruana – al menos la más difunda – se ha ocupado poco, muy poco de este amplio espacio amazónico. Espacio geográfico que congrega una amplia variedad de etnias que conforman ese mosaico cultural que es el Perú. Por lo menos así nos publicitamos cuando hablamos de nuestro país; sin embargo, después de leer esta novela, he recordado a muy pocos escritores que hayan trabajado este mundo cálido y misterioso en sus narraciones.

Argumentativamente, la novela no plantea algo novedoso. Un triángulo de amor. Un joven limeño, Juan, se enamora de una guapa mujer de la región, Erlita Panaifo. Ella ya tiene un esposo mucho mayor, Eustaquio Vásquez. Para fortuna de los amantes, el esposo muere; sin embargo, es allí donde el argumento comienza a tomar vuelo porque la muerte en esos lugares no es tan definitiva como se supone y entonces se desata un conflicto entre el muerto y los amantes vivos. Aun así, se podría pensar en  otras novelas que ya trataron el asunto de la línea difusa entre la vida y la muerte, pero en “El amor empieza en la carne” el conflicto se enfrenta y se soluciona con la propia magia del lugar, apelando a sus tradiciones y extrayendo enseñanzas de varios siglos de aprendizaje.
La trama funciona porque la historia es contada desde los ojos del amante, Juan, quien es un  limeño (con todo lo cultural que eso conlleva) que se ha enamorado, no solo de Erlita, sino de todo ese mundo en el que vive su amada. Entonces, el lector va aprendiendo y entendiendo las riquezas y complejidades de ese gran espacio pluricultural junto con el personaje amante.
La novela está enriquecida  con un lenguaje matizado de giros y modismos del castellano amazónico, así como de descripciones vívidas de lugares y costumbres, con una erudición que solo se puede haber obtenido luego de una gran investigación y convivencia.  

Juan Ochoa López se ha unido a una corta lista de escritores que han tomado el mundo de la selva como punto de partida para su narrativa. Creo que ha logrado una buena novela. Ha mostrado, sutilmente, y como debe hacer toda novela, el amplio patrimonio cultural del Perú amazónico sin descuidar los requisitos básicos de una buena historia. Ha  logrado escamotear, ajustadamente,  el peligro de hacer un trabajo etnográfico con apariencia de novela. En cambio, ha conseguido, como ya dije, una buena novela que nos transporta, desde otra perspectiva, al mágico mundo de nuestra actual selva peruana.