lunes, 23 de febrero de 2015

"El rumor de las aguas mansas", de Christian Reynoso (Comentario)



"El rumor de las aguas mansas" (Lima, Peisa, 2013), segunda novela de Christian Reynoso (Puno, 1978)  ha llamado gratamente la atención de la crítica literaria. Eso se infiere, de inmediato, de las notas y comentarios que se han escrito acerca de ella desde su publicación.  
En lo personal, he leído la novela con suma atención, y reconozco que quedé rápidamente atrapado en la lectura.  A pesar de sus 314 páginas,  la leí casi de un tirón buscando descifrar – como suele suceder en una buena novela - los enigmas que se habían planteado desde muy temprano.
Ahora bien, hay un componente histórico que estimula  el interés,  aun antes de iniciar la lectura. Me refiero a los lamentables hechos sucedidos en abril de 2004 cuando una turba descontrolada asesinó brutalmente al alcalde del distrito de Ilave, en la provincia de El Collao. Un hecho  que hizo reflexionar sobre cómo la violencia– en este caso disfrazada de justicia popular -  sobrepasaba todos los límites hasta llegar a la más espantosa barbarie.  La noticia causó un impacto estremecedor no solo  en los habitantes del departamento de Puno, sino, en general, en toda la comunidad peruana e internacional. Sin embargo, y como suele suceder, la memoria de  dicha tragedia se fue relegando hasta perderse, al menos de la  memoria general, mas no de la complicada región de Puno, en donde los resentimientos y conflictos aún subsisten.  Es en este contexto, en el que Christian  Reynoso  decide desarrollar su novela.

No obstante, el mérito de la novela radica, precisamente, en revivir un hecho dramático, pero sin convertir su libro en una crónica o trabajo documental de corte periodístico. En “El rumor de las aguas mansas” hay una trama que se entrelaza con el relato de aquellos infaustos hechos. Un escritor, Bruno Giraldo, quien decide consolidar su relación amorosa con un joven veinte años menor, Almudena,  tiene que alterar sus planes cuando un amigo cercano, el periodista  Núñez – cuya vida corre peligro – le entrega un sobre con documentos que contienen una investigación que revelaría los pormenores de una conspiración que acabaría por propiciar, finalmente, el linchamiento del alcalde Fernando Godoy. Dichos documentos desatan una sórdida e implacable  persecución de quienes serían los directos sospechosos y  que obliga a Bruno, Almudena y a un par de amigos a una huida que los irá  alejando cada vez más. Por mientras, el periodista Núñez desaparece. La persecución arrecia entonces y el asunto alcanza niveles de suspenso cuando se descubre que, incluso, hay infiltrados entre los amigos más insospechados.
La aventura se extiende a países como Bolivia, Paraguay, Argentina, y ciudades como Lima, aunque  el eje desde el cual giran todas las locaciones seguirá siendo “Lago Grande”. He aquí otro hecho interesante en la obra de Reynoso, quien –  ya desde su novela "Febrero lujuria" e, incluso, desde algunos cuentos anteriores – ha ido dándole forma a una ciudad ficticia llamada, precisamente, “Lago Grande”; por supuesto, con una innegable  relación con la ciudad de Puno. Pero, al igual que Juan Carlos Onetti con la ficticia Santa María, Reynoso se desenvuelve con más soltura en una ciudad ficcional en donde sus componentes no tienen, necesariamente, que mantener una fidelidad con la realidad, aun cuando mantiene los vasos comunicantes con ella.  En esta, su segunda novela, “Lago Grande” va adquiriendo una mayor personalidad, un trazo que avizora toda una dimensión plena en donde, probablemente, se desarrollen  sus nuevas historias.
Estructuralmente, la novela está divida en tres partes. Es en la segunda parte, en donde la novela aborda el penoso asunto del linchamiento del alcalde. El autor usa, de modo eficiente,  un narrador omnisciente que se interna en la mente de los personajes  que están detrás del asesinato del alcalde. Hay un cierto tono periodístico que le da dinamismo a este capítulo. En el último capítulo, se cierran los hilos del misterio, usando recursos eficientes como la entrevista con uno de los implicados.

Al terminar de leer la novela, y más allá de la certeza de haber leído una estupenda novela muy bien contada, me ha quedado la certeza de que en este país  - de variadas culturas y muchos resentimientos  - hay todavía mucho que resolver.  Y si  estas contradicciones no se remedian, la amenaza de un magma de violencia latente  podría estallar ante cualquier pinchazo social.  En el mismo título de la novela, “El rumor de las aguas mansas”, el autor deja en evidencia, precisamente, lo anunciado:  "Hay un territorio inflamado bajo la apariencia de aguas mansas".

Recomiendo plenamente la lectura de este novela, y felicito a Christian Reynoso por un estupendo trabajo que deja muy  en claro que la literatura peruana contemporánea cuenta con escritores serios, disciplinados y   consolidados como Reynoso quien – según entiendo – ha decidido dedicarse plenamente a literatura.  Congratulaciones.

martes, 17 de febrero de 2015

"Flores amarillas" de Raúl Tola (reseña y comentario)


"Flores Amarillas" (Edit. Alfaguara - 2013) es una excelente novela  que, por un lado, narra la historia de una familia de migrantes italiana que llega a Perú a mediados del siglo XIX, mientras que, en capítulos alternados, da cuenta  del apogeo y posterior decadencia de uno de sus  descendientes, Severo Versaglio,  a mediados  del siglo XX. 
Los capítulos que narran la salida de los primeros Versaglio –  de un pueblo llamado Brunate –  están enmarcados en la Italia revolucionaria de Garibaldi, allá por los años 1860, lo que incluye, de paso, un curioso dato acerca de una visita algo furtiva de Garibaldi al Perú. Hay un interesante tono de aventura en dichos capítulos y que hacen de la odisea - de Albano y su hijo Giovanni -  un particular  cuadro de lo que debe haber significado la  inmigración en muchas de aquellas familias que finalmente terminaron por establecerse en el Perú.   
De otro lado, la historia de uno de los descendientes, el velado y poderoso Severo Versaglio, está contextualizada en la Lima del ochenio de Odría. Dicho espacio y tiempo, signado por la dictadura, la corrupción  y las relaciones mafiosas entre el gobierno y los grupos de poder forman el ambiente apropiado  en donde – desde la perspectiva de la novela – la naturaleza astuta, y a ratos  desalmada, de don Severo Versaglio logra desenvolverse cómodamente, lo que  le permite alcanzar una notoria prosperidad que luego – por los propios juegos del poder y la corrupción –  deriva  en una calamitosa decadencia.
Ahora bien, la novela – como ya se mencionó  – está organizada en capítulos alternados con un buen manejo de los tiempos y de los espacios, y con un lenguaje sobrio que se adecua correctamente a la estrategia narrativa de la novela: una tercera persona omnisciente y ponderada. Solo en muy pocos momentos, la voz narrativa resbala en alguna exuberancia adjetiva.
Algunos de los personajes que aparecen – principalmente en los capítulos que abordan los avatares de Severo Versaglio – están diseñados a partir de supuestos personajes de la vida real: sutil juego que estimula la curiosidad de algunos  lectores que intentan  – por lo común – compararlos con los seres históricos. Sin embargo, más allá de ese  sugestivo y válido artificio, personajes como el mismo Severo Versaglio, su cuñado Lucas, el Tatán de la novela, así como Esparza Zañartu y el propio Odría, entre otros, alcanzan su particular dimensión y corresponden bien con el sentido y la atmósfera que se plantea en la novela. Buscar confrontarlos con los seres históricos o familiares del autor solo quedaría en la anécdota. Lo que se valora  en una novela es ese universo paralelo que puede coger como referencia muchos elementos de la realidad, pero que luego toman su propio camino en ese maravilloso espacio inconmensurable de la ficción y tan solo limitados por  un requisito básico: la verosimilitud literaria.
Como suele suceder, la obra tiene referentes indudables que el mismo autor reconoce en los epígrafes que cita. Tanto el hálito narrativo de Mario Vargas Llosa como la hondura Mario Puzo impulsan inicialmente la novela. Sin embargo - también como debe ser - Raúl Tola luego toma su propia ruta, logra una narración personal y deja evidencia de una voz propia que, seguramente,  irá consolidándose en sus siguientes trabajos.

Si acaso no alcanzaron a leer esta novela, se las recomiendo. Principalmente a aquellos lectores que esperan  hallar una trama, un conflicto y un contexto histórico convincente. 

miércoles, 11 de febrero de 2015

Fulano y la rosa. De "Notas de la Ciudad" (relato)


A propósito de la llegada del catorce del febrero, conocido como el "Día de los Enamorados", les dejo esta pequeña Nota de la Ciudad.




FULANO Y LA ROSA

Fulano sostenía una rosa en la mano derecha y, en la otra mano, cargaba un bolsón negro y envejecido, tipo mochila.  Era de mediana edad, tenía la cabellera lacia, desordenada y algo sucia;  una barba de náufrago y una mirada de huérfano que, francamente, lastimaba. Pude verlo bien porque estaba parado muy cerca de mí. Yo estaba cerca de la esquina que se formaba en la intersección de la avenida Pardo de Zela con Arequipa y  aguardaba, junto otros peatones,  a que pasara el colectivo  que me llevaría, por fin,  a casa después de tantas horas de oficina y  de complicaciones propias de cada día.
El hombre de la rosa en la mano parecía medianamente normal, aunque sus ojos lucían algo extraviados; sin embargo, lo extraño era  la rosa, una sola, de tallo largo y de capullo  encarnado, envuelta en papel celofán, lucía como fuera de lugar entre sus  fachas desastradas e incitaban cierta sospecha en los transeúntes de esa hora. Por lo menos,  evidenciaban a Fulano como un extravagante o como un tonto de primera clase: de esos que aún escuchaban baladas amorosas del recuerdo, que copiaban poemas enmarcados en viñetas de flores trenzadas y que sufrían, a fondo, por amor.
Lo cierto es que sentí vergüenza ajena y entonces opté por alejarme unos pasos de él. Los demás, los que se tropezaban a ratos con él y descubrían la rosa entre sus manos, inmediatamente mostraban una sonrisa socarrona y poco disimulada, además de ciertos  gestos burlones. Había otros que hasta buscaban la mirada cómplice con algún otro caminante para confirmar la estupidez de aquel Fulano de piel cetrina, casaca azul y con una rosa intensamente roja entre sus dedos oscuros.
Ya era la hora punta y el paradero de Pardo con Arequipa ya estaba totalmente congestionado de peatones que aguardaban su transporte. Una delgada línea rojiza, la última luz  de la tarde,  aún se mantenía por encima de los empolvados edificios de Lince, aunque la llegada de la noche ya  se presumía.  Las luces de los faroles iban despertando y los colores fosforescentes de los letreros luminosos  se iban haciendo más nítidos sobre las fachadas de los comercios.
De pronto, de uno de los vehículos de transporte público que reiniciaba la marcha con el cambio de luces,  salió una voz sibilina que gritó en el momento justo: ¡Imbécil! Era obvio que el agravio iba dirigido al hombre de la rosa. Sin embargo, este pareció  no haberse inmutado, aunque tenía que haberlo oído porque el insulto se escuchó, fulminante, en el mínimo espacio de silencio que puede darse entre los bocinazos, los silbatos y los gritos de los cobradores que vociferaban nombres de calles y distritos. La voz rasposa se filtró, exactamente, en ese resquicio: ¡Imbécil!

Fulano alzó un poco más la rosa que ahora parecía más erguida, más roja, más intensa. Yo estuve  mirándolo a ratos, conmovido y curioso, pero sin descuidar la visión de la avenida por donde tendría que llegar mi transporte. A ratos, los viejos y desfallecientes árboles que vigilaban la avenida Arequipa susurraban intensamente  cuando el viento del crepúsculo y las últimas parvadas de aves vagabundas removían sus hojas.
Cuando por fin llegó  el colectivo que me llevaría a casa, y lo abordé entre empujones, pude ver que Fulano aún permanecía en su lugar, cerca de un puesto de revistas y casi de espaldas a una carretilla que vendía dulces y cigarrillos al paso. Fulano tenía toda la facha de un hombre a quien habían plantado; no obstante, seguía sosteniendo la flor envuelta en su celofán. A ratos parecía difuminarse entre la cerrazón del gentío; luego, reaparecía: la mirada algo extraviada, la casaca azul, el bolsón colgado del hombro derecho, la rosa roja- casi refulgente - entre sus manos entumecidas.
Recordé que mañana tenía una reunión de trabajo muy temprano, que las ventas habían bajado, que había que trazar nuevas estrategias de captación de mercado y que, en lo personal,  debía mejorar mi récord si quería seguir ascendiendo en la empresa. Es decir, como tantos otros: había que trabajar más, afanarse más, la vida era muy corta, había tanto que hacer.


Cuando el colectivo dio la vuelta por la avenida Arequipa con dirección al Centro, todavía pude ver un poco de Fulano y hasta algunas de las miraditas burlonas de los transeúntes de esa hora. Luego el silbato de la policía apresuró el tránsito, la noche se hizo  definitiva y ya no pude ver más a Fulano.

lunes, 29 de diciembre de 2014

CUENTO DE NAVIDAD




CUENTO DE NAVIDAD 

Ríchar Primo

Habían instalado un gigantesco árbol de Navidad, uno que abarcaba los tres niveles o pisos en los que estaba divido el Centro Comercial y que se elevaba majestuoso por entre las escaleras de eléctricas. Desde el primer nivel, apenas si se podía ver la cima del árbol y casi nada de la estrella luminosa que adornaba su cúspide: apenas un destello impreciso; pero, a cambio, el público que paseaba por el primer piso sí podía contemplar los regalos, o al menos las cajas que simulaban ser regalos y que estaban envueltas con papeles llamativos y lazos de todo tipo y color: los había de todos los tamaños y hasta de formas. También podían admirar el gran e impresionante nacimiento de tamaño natural y las demás ornamentaciones que adornaban la base. Algunos se quedaban un largo rato mirando el paisaje navideño que habían montado los decoradores del Centro, pero la mayoría se desplazaba apurada hacia el interior de las tiendas. Era 23 de diciembre y las puertas del Jockey Plaza habían sido abiertas desde las diez de la mañana, aunque ya mucha gente había estado esperando desde hacía un par de horas. Claro, ese era un escenario común en los días previos a las fiestas de fin de año: el furor por las compras navideñas, desde hacía unos días, se había desatado por completo en toda la ciudad. 

José Navarro había sido de los primeros en llegar, pero esperó a que se despejaran las entradas para luego ingresar con hubiera menos congestión. Anita Saravia, su enamorada, le había pedido que lo esperara en el Jockey, en la segunda rotonda, precisamente en donde habían colocado el árbol gigantesco. Pudo haberla esperado bebiendo algo en una de las cafeterías cercanas, la mayoría tenía mesitas en el pasadizo y hubiera sido más cómodo observar desde allí cuando ella llegara, pero esa mañana José se sentía demasiado ansioso como esperar sentado. 
Aunque la principal razón para esa cita era comprar los regalos para los parientes y luego almorzar, José sabía que tendría que aprovechar la oportunidad para decírselo de una vez, era inevitable. Había estado ocultando la noticia por varios días, y era eso, precisamente, lo que lo estaba fastidiando. Su novia tendría que saberlo de una vez. Miró su reloj y dedujo que ella, como siempre, iba a hacer uso del rango de treinta minutos de tardanza que solía tomarse desde que estaban juntos. Sonrió tenuemente y decidió entretenerse mirando las vidrieras de las tiendas que estaban más cerca. 

Había conocido a Anita hacía un par de años, justamente en diciembre, pero de los primeros días, cuando aún el alboroto por las compras navideñas no se desataba. Aquella vez había salido a almorzar y el restaurante a donde solía ir estaba atiborrado; pero ese mediodía, por suerte, había logrado conseguir una mesita junto a la ventana, una desde donde se podía ver la Vía Expresa. Fue entonces cuando la vio entrar: linda, vestida con el uniforme azulado que identificaba a los de su banco. Ella miraba decepcionada hacia el interior del restaurante. Obviamente no había mesas disponibles. Era la hora en que todos los empleados de las muchas oficinas que abundaban por Canaval y Moreyra tenían su hora de refrigerio. José vio su rostro apenado, sus grandes ojos auscultando inútilmente el lugar y entonces tuvo su mejor arrebato desde hacía mucho tiempo: levantó la mano para llamar la atención de Anita y luego se le acercó para sugerirle que compartieran la mesa. Ella lo miró, caviló unos segundos y, luego, como si hubiera descubierto algo familiar en la cara turbada de José, le sonrió y aceptó la invitación. De allí en adelante almorzaron juntos por mucho tiempo, hasta que Anita, meses después, fue transferida a otra sucursal del Banco, una agencia que estaba por Miraflores. Pero eso ya no importó mucho porque, para esa época, ellos ya eran pareja desde hacía muchos meses. 
- Lo siento, lo siento – le dijo Anita, que había aparecido repentinamente – se me hizo tarde. - No importa, amor – le dijo José -, no importa. 
Le dio un pequeño beso en los labios, la contempló muy rápido, luego le pasó el brazo por los hombros y le indicó sutilmente que caminaran. El público que se desplazaba por el Jockey ya había aumentado, pero aún no llegaba a congestionar los corredores del lugar como seguramente lo haría más tarde. Ana lo miró un tanto extrañada. Por lo general, había un leve reclamo sobre su tardanza, a veces un par de bromas y, finalmente, otro beso que ponía fin al asunto. Sin embargo, esa mañana, José parecía estar algo distraído y sin ganas de repetir la escena. Ella, entonces, solo se dejó llevar. Usaba un pequeño y coqueto sombrero de fieltro azul que escondía su corta cabellera y se había envuelto el delicado cuello con una pashmina turquesa. Aunque José no se había percatado, algunos gestos en el bello rostro de Ana revelaban que también algo la perturbaba. 
- ¿Quieres tomar algo antes de ir por las tiendas? – preguntó él. Ya habían encendido la música ambiental en el Jockey y la tonada de los villancicos pareció acelerar un poco más el ritmo de los clientes y vendedores. 
- Sí, buena idea – dijo ella. Se sentaron en una de las mesas exteriores del Starbucks, pidieron un té para ella y un café para él. < ¿Té? > Exclamó José algo sorprendido y Anita, algo ruborizada, señaló: < Imagínate >. Luego agregó: < Y puede que deba dejar el café por un tiempo >. Sin embargo, José no prestó mucha atención a lo que había anunciado Anita, a pesar de que ella había usado un tono en clave que él solía captar cuando estaba más atento a la conversación. Ella lo miró con curiosidad. Luego hubo un silencio momentáneo, como si cada uno estuviera reflexionando en lo que tendría que decir después. Habían aparecido algunos hombres disfrazados de Papa Noel que discurrían por los corredores y agitaban, de tanto en tanto, sus campanas saludando por Navidad. 
- Tenemos unas tres horas para hacer las compras – dijo José -. ¿Crees que nos alcance para comprar todo? 
- Lo vamos a intentar – le respondió ella -; tampoco son muchos los regalos que debemos comprar, ni vamos a ser tan selectos, ¿no? 
- Cierto. Ni tampoco deberíamos gastar tanto 
- No – dijo Ana -, claro que no. 
Cuando llegaron las bebidas, se distrajeron un rato con el azúcar y con los primeros sorbos. Por momentos, José arrullaba con una mano los largos y delgados dedos su novia, mientras que, con los dedos de la otra mano, tamborileaba lentamente sobre la mesa. Ana, por su parte, contemplaba a ratos a su pareja y luego, también parecía perderse en sus propias preocupaciones. En otra mesa del café, muy cerca de ellos, una señora joven arrullaba a su bebé y, de tanto en tanto, indagaba con la mirada por los alrededores como si esperara ansiosa la llegada de un conocido. Una carriola azul estaba estacionada cerca de ella. A todas luces se notaba que era su primer bebé y que todo lo que estaba viviendo era reciente, complicado, aunque agradable. La manta que envolvía a la criatura tenía estampados con alusiones a la Navidad. José sonrió: el espíritu navideño se había desatado. Luego, repentinamente, su sonrisa se ensombreció cuando recordó lo que le estaba sucediendo y lo que tenía que contarle a su novia. 
- Debemos hablar – le dijo Ana -. Tengo algo importante que decirte – agregó -, y necesito que me escuches con mucha atención. 
Las palabras de su novia lo tomaron por sorpresa, y solo atinó a decir: 
- Por supuesto – luego, acotó inmediatamente -. Aunque yo también tengo algo que debo contarte. 
Desde la otra mesa, llegaba el ruido de una sonaja con la que la joven madre distraía a su bebé, era un repiqueteo que parecía concertar con los villancicos. Ana parecía no haber escuchado la última acotación de su novio. 
- Te escucho – le indicó José. 
- Primero necesito decirte algunas cosas - agregó ella - y después necesito tener en claro lo que tú tenías pensado sobre nosotros. ¿Entiendes? 
José afirmó con un movimiento de cabeza. Seguía sorprendido. En la voz de Ana, para entonces, había un tono más grave. 
- Tienes que saber que yo no tuve la intención de hacerte esto – dijo Ana -. Sé que somos adultos y que debemos ser responsables de los que hacemos. 
- No te entiendo. 
- En un momento lo vas a entender – lo cortó ella. Miró a la mujer que entonces acunaba al niño. Suspiró profundamente. Luego caviló por unos instantes -. Hemos estado juntos por dos años y sé que todo había estado saliendo de maravilla, ¿cierto? – José afirmó con la cabeza aún desconcertado -; sin embargo tú nunca has sido claro sobre nuestro futuro – volvió a callar otro instante, como buscando las palabras adecuadas para lo que tenía que decir a continuación -. Yo no me había dado cuenta de todo esto hasta hace unos días, sabes. Solo después de hablar detenidamente con una persona y que me dijera lo que me dijo, me di cuenta de que tú y yo aún no habíamos planteado ningún futuro preciso para nosotros. 
- ¿Cómo que no? – la interrumpió José -. Hemos hablado de nuestras carreras, de viajar, de casarnos en algún momento. 
- Hemos hablado lo que hablan todos los enamorados, José – lo cortó ella -. Solo ligeramente, solo palabras lindas, pero, en verdad, nada concreto. 
- Pues, Ana, no entiendo bien a dónde quieres llegar con todo lo que estás diciendo – José se puso rígido, palideció un poco -; pero, por lo visto, no me va a gustar mucho. 
- Puede que no, José - dijo ella -. Eso es lo que temo. José sintió entonces que todo en su vida estaba por descender un nivel más y que, ahora sí iba a tocar fondo. Sintió que esa mañana de diciembre, en pleno apogeo navideño, algo se iba quebrar en su destino dramáticamente. El ramalazo de un estremecimiento de fatalidad asoló todo su cuerpo. ¿Cómo podía ser? ¿Anita? ¿Su Anita iba a dejarlo? Por un momento pensó en levantarse de inmediato y marcharse sin esperar más explicaciones. Pero el peso de sus temores lo mantuvo sentado, totalmente inerte. Ella ahora había vuelto a mirar al bebe de la joven mujer. La criatura se había liberado de la manta y agitaba las manos alegremente. José notó que un mechón del cabello lacio y castaño de Anita se había escapado del sombrero con el que ataviaba su cabeza. Desde ese ángulo, él pudo apreciar todo el esplendor de ese bello rostro que ya estaba empezando a extrañar. La pashmina alrededor de su cuello largo y sonrosado, la casaca también azul desabotonada con gracia, hasta insinuar una discreta entrada hacia sus tiernos pechos. Ana era la mujer de su vida, de eso estaba seguro. Sin embargo, pudiera ser cierto que no se lo hubiera dicho a ella con la suficiente contundencia. Tal vez no habían sido suficientes los gestos y los detalles que había tenido en esos dos años para con ella, quizás era cierto eso de que hay sentimientos que se deben declarar en palabras claras y explicitas. Pero, aun así, eso no podía justificar que lo fuera a dejar sin haberlo conversado por lo menos. Ana volvió el rostro hacia él para mirarlo fijamente, y él creyó advertir, de pronto, que esos ojos acaramelados aún lo miraban con ternura. Definitivamente, ella era la mujer de su vida aunque ahora lo estuviera confundiendo rematadamente. 
- ¿Quieres que continúe? – le dijo ella 
- Tú, ¿quieres continuar? – Respondió él - ¿Estás segura? 
- No hay de otra, José; pero como vi que te desencajaste, quise esperar un poco. 
- ¿Cómo quieres que me ponga, querida? ¿Te parece poco? 
- Pero si aún no te he contado la noticia, amor. ¿Amor? 
José se sintió, ahora sí, más confuso todavía. Ana era una mujer muy centrada, de ello estaba seguro, pero en esos momentos ella lo estaba embrollado por completo. ¿Amor? Entonces de qué iba el asunto. Estaba confundido. Su novia era una mujer tan sensata que había esperado, más bien, que esa mañana, cuando él dijera que había perdido el trabajo y que todo lo que tenía planeado se le frustraba, iba a encontrar en ella las palabras que lo reanimaran. Había previsto contarle todas sus cuitas ese día: que hasta que obtuviera otro buen empleo, todo se le detendría por un tiempo, que se paralizaban los trámites de su titulación, el proyecto que había diseñado con un amigo para un negocio y otras cosas más. Sin embargo, no iba a decirle, lo más importante de todo, que hasta antes del despido había pensado pedirle que se fueran a vivir juntos. Eso definitivamente se lo iba a callar hasta que llegaran mejores tiempos. En fin, había supuesto que después de contárselo todo – menos lo de irse a vivir juntos - y aun cuando la fiestas de Navidad no fueran un buen momento para sus congojas, ella lo iba a ayudar a encontrar la salida. Sin embargo, luego creyó entender que Ana le anunciaba el fin de su relación, y el mundo se vino abajo; después, repentinamente, sus ojos acaramelados lo estaban mirando con ternura, y volvía a llamarlo amor. Sí, Ana era la mujer de su vida, pero esa mañana lo tenía desconcertado. 
- Estoy embarazada, José – exclamó Ana. El hombre se quedó quieto. Por un momento el sonido monótono de los villancicos dejó de oírse y el ajetreo de los caminantes se hizo lánguido. Ella se llevó ambas manos hacia el rostro y luego apoyó la su cara sobre las palmas. 
- Sé que no estaba planeado – agregó. 
- ¿Vamos a tener un bebé? – preguntó José mientras su rostro recuperaba el color. 
- Sí – dijo ella 
- Vamos a tener un bebé – volvió a repetir el hombre ahora casi sonriendo
- Y ahora, ¿qué va a pasar? – preguntó ella.

José miró a su alrededor y se percató de que la joven madre ahora le sonreía a un hombre que acababa de llegar a su lado. Vio cómo ambos volvían a mirar a su criatura como si aún estuvieran descubriéndole nuevos rasgos. Las otras mesas ya se habían ocupado también y en los corredores del Centro Comercial el ajetreo había aumentado. 
- Lo primero que debemos hacer – dijo, como se estuviera disfrutando de cada palabra – es comprarle a nuestro bebé su primer regalo de Navidad. 
Se tomaron de las manos, y no sintieron la necesidad de decir más. Después de un rato, los dos iban de la mano subiendo por las escaleras eléctricas del Jockey. 
- A propósito - le preguntó Ana – qué era lo que me ibas a contar 
- Nada importante – le respondió José y sonrió.

viernes, 19 de diciembre de 2014

BORRADOR FINAL DE LA COP 20 - LIMA




Finalmente, luego de doce días de trabajo (trabajo y muchas reuniones de protocolo y demás actividades intrascendentes) lo que quedó de la COP 20 - Lima fue un borrador  de cinco páginas con seis acuerdos que serán discutidos y (ojalá) firmados en París 2015. Habría que anotar que el documento inicial tuvo más de cuarenta páginas. Luego de un entrampamiento frustrante, el documento se redujo a las cinco páginas finales.
Para algunos, no hubo algo trascendente: todo fue una insulsa retórica. Para otros, sí hubo acuerdos: inusitados e importantes. Sin embargo, para la mayoría el asunto pasó desapercibido. Como suele suceder, llamaron  más la atención los problemas tangibles y cercanos del día a día. El peligro que corre el medio ambiente aún sigue siendo percibido - al menos para la mayoría - como un tema abstracto de muy,  pero muy largo plazo.
Lo cierto es que el medio ambiente se sigue deteriorando y estamos apenas a dos grados de llegar al final de nuestra historia como planeta habitable.
 


martes, 9 de diciembre de 2014

"Camino de piedra y agua", de Juan Carlos Galdo (comentario)


A pesar del ajetreo que me toca vivir en estos días de evaluaciones, cierre de registro de notas, eventos de clausura - además del jaleo propio de fin de año-, por fortuna, me he dado tiempo para disfrutar de un interesante libro de viajes “Caminos de piedra  y agua”, de Juan Carlos Galdo. Libro publicado por editorial Peisa y presentado en la reciente Feria del Libro Ricardo Palma.
Un escritor emprende un viaje por tierra de Río de Janeiro al Cusco vía La Paz; sin embargo, llevado por algunas providenciales circunstancias llega a Puno (lo cierto es que regresa a ese lugar después de muchos años) y, después  de algunas cavilaciones,  decide permanecer en aquel lugar por un tiempo indefinido, cautivado no solo por el duro y abrumador paisaje de aquella región imantada por el lago  Titicaca, sino por las personas que va conociendo, y a través de la cuales va descubriendo - y con él, los lectores – las claves culturales del altiplano peruano.
“Caminos de piedra y agua” es – en términos generales – un libro de viajes. El autor traza una ruta que marcará su recorrido, un recorrido que – en este caso -  se conoce como el “corredor cultural aymara”,  y mientras camina por pueblos como Yunguyo, Juli, Zepita, Pomata, Ácora  - y la misma ciudad de Puno - describe con una muy buena prosa  los paisajes  y a los peculiares personajes que va conociendo. Ahora bien, un buen libro de viajes, además,  va vinculando los hechos presentes con datos históricos y componentes anecdóticos. Con este recurso el recorrido se convierte en algo más que una ruta física para volverse un relato  multidimensional.  
Creo que - en estos aspectos-  el libro de Juan Carlos Galdo   cumple largamente  con las expectativas  de un buen libro de viajes.  Sin embargo, el autor me ha mostrado algo más complejo que un buen relato de viaje. De manera sutil, siento que ha  logrado combinar una crónica de viaje con otra crónica en donde las sombras sinuosas de una novela se dejaban ver entre los pliegues de la ruta.
Aun cuando libro está dividido, en una primera parte, según los lugares que va recorriendo, de tanto en tanto – en cursivas – intercala retazos de historias y apuntes que, aparentemente, parecieran desconectarse de la crónica. Luego, hay una segunda parte en donde más que los lugares, importan los personajes. De pronto, se inicia un viaje hacia el interior de los personajes y el libro, ingeniosamente, deja de ser una hoja de ruta histórica y cultural para proponer también un viaje hacia el insondable espacio interior del ser humano.

Recomiendo darse un tiempo para leer este interesante libro. Como suele suceder, un libro puede ser interpretado de tantas maneras como lectores tenga. Por mi parte, he quedado gratamente impresionado por la propuesta de libro, y  aun cuando supongo que cada lector va a encontrar diferentes puntos de conexión luego de su lectura, creo que en líneas generales van disfrutar de este viaje por “el corredor cultural aymara”. 

sábado, 4 de octubre de 2014

"Fraude epistolar", obra de teatro (comentario)


Se estrenó,  finalmente, la esperada obra teatral “Un fraude epistolar”. Una tragicomedia escrita por Fernando Ampuero y dirigida por Giovanni Ciccia.
La historia, situada en Lima a inicios del siglo XX, está basada en la anécdota ocurrida entre el escritor español Juan Ramón Jiménez, el poeta José Gálvez y la llamada ‘novia fantasma’, Georgina Hübner.
Un par de jóvenes (Gálvez es uno de ellos) deciden escribirle al poeta de su admiración, Juan Ramón Jiménez para conseguir los libros del vate. Ahora bien, con el fin de conseguir la atención del escritor, fraguan la traviesa idea de que la carta sea firmada por una mujer y, más aún, se esmeran en que la carta tenga todas las características  propias de una dama limeña. En el camino deciden usar el nombre de una pariente (Georgina Hübner).  La carta genera un gran efecto en Juan Ramón Jiménez y, por ello, se establece una correspondencia entre el poeta y la dama apócrifa. La cartas se vuelven cada vez más febriles y los jóvenes deciden cortar la correspondencia que se ha vuelto amorosa y amenaza con una visita del poeta a Lima. No se les ocurre mejor idea que inventar la muerte de la amada. Suponen que, con esa treta, se acabará el entuerto en el que se han metido. Sin embargo, el asunto va dejando  su tono de comicidad y alcanza un nivel emocional dramático porque Juan Ramón Jiménez asimila mal la noticia y  enferma. Con el tiempo, inspirado por ese amor truncado, el español  escribe un  sentido poema que publica en uno de sus libros más difundidos. La intranquilidad por el posible chismorroteo  en la sociedad limeña invade a los jóvenes, pero no hubo demasiado alboroto como temían. Luego, la anécdota cobra un vuelo mayor cuando el poeta se entera del engaño, enfurece y manda retirar el poema de sus libros. Todo esto aumenta las constricciones de los ya no tan jóvenes limeños.
Una llamativa historia - más aún por el hecho de estar basado en un acontecimiento real –  y que trabajada por la buena mano de Fernando Ampuero, alcanza un vuelo literario interesante.  Ahora bien, la obra, en su última parte, deja de ser solo una anécdota bien llevada y se acerca – de una peculiar manera –  a una fascinante propuesta, esa en donde los límites que separan la realidad de  la ficción se difuminan por obra y gracia de la palabra. En las confesiones finales de la ya veterana Georgina Hübner, en diálogo con los también ancianos personajes, se alcanza a percibir que la mejor parte sus vidas fue aquella etapa en donde estuvieron atrapados entre la ficción y la palabra.
“Fraude epistolar”  es una obra que vale la pena ver. Una muy  buena realización divida en dos actos. Y como se anuncia, una tragicomedia  con sus  picos de humor y de dramatismo bien pensados, y, sobre todo, muy bien actuados. Hay una serie de recursos a los que apelan, tanto el autor como el director, para darle el dinamismo adecuado a la trama. Recursos visuales, de iluminación y de enfoque que funcionan correctamente. Un personaje que simula ser el dramaturgo y que conecta los diferentes cuadros de la obra. Hubo momentos en los que recordé a Luiggi Pirandello y esa inclinación a disolver la línea entre la obra y el público, principalmente cuando el supuesto dramaturgo  habla con los personajes de la obra.

Me alegro de haber visto esta obra teatral. Desde mi sencillo punto de vista, es un gran trabajo de dirección y producción, aparte de las buenas actuaciones. Confirma la idea de que el teatro peruano está alcanzando uno de sus mejores momentos con muy buenos montajes.

martes, 9 de setiembre de 2014

"La casa muerta" de Alina Gadea (comentario)



Una de las muchas virtudes de la novela es la flexibilidad que posee para contar. Se puede narrar desde una pequeña anécdota hasta una monumental historia, de esas que entrelazan diversos momentos y extraña vidas, y que - claro - proponen un mundo ficticio, aunque  muchas veces esa ficción resulte más convincente que la supuesta realidad.
En fin, ya sean complejas o sencillas historias, ambas pueden llegar a ser excelentes novelas.  Es la habilidad del escritor la que consigue otorgarle, al relato,  ese carácter  de universalidad.
La reciente publicación de Alina Gadea, “La casa muerta”, es de aquellas novelas cortas,  de aparente simplicidad,  que ha logrado comprimir – en pocas páginas - una sugestiva historia en donde la búsqueda personal, la soledad, la nostalgia por un mundo que se va carcomiendo indefectiblemente se entremezclan para presentarnos  un lado bastante peculiar  de esta poliédrica  ciudad limeña.
Mariela Ramos es una arquitecta que atraviesa una etapa de recomposición personal y que debe empezar una nueva vida. En esa búsqueda busca un lugar donde recomenzar. Primero se hospeda en un cuarto de una señorial, pero antigua casona cuya arquitectura tradicional la hechiza. Luego debe trasladarse otra vez porque la casona - y toda su magia – va a ser vendida y destruida para construir pequeños departamentos más acordes con los nuevos conceptos  urbanísticos. Sin embargo consigue hospedarse en otra casona, probablemente más señorial, pero que ha entrado en una decadencia más ostensible. Allí entra en contacto con doña Isabel, la anciana dueña de la casona y que, parapetada en uno de los cuartos de su propia casa, va languideciendo igual que toda su propiedad. Hay un personaje más, Doris, a la que se conoce solo por unos diarios y porque la anciana, en algún momento, la rememora.
Mariela Ramos intenta restituirle la antigua belleza a la casona haciendo algunos tratos con al senil Isabel. Sin embargo, en todo ello hay mucho más, algo personal: una subconsciente búsqueda de la armonía personal. Ahora bien,  la realidad, con todas sus bajezas, vuelve a jugarle una mala pasada. No obstante, ya Mariela ha logrado encontrarse y, finalmente,  ha tomado una decisión que señala, sutilmente, cuál es el sentido que tendrá su vida en adelante.

“Casa muerta” es una novela que se lee de un tirón, pero que se recomienda hacerlo con paciencia, saboreando las pinceladas que describen la arquitectura de una Lima – que ya casi ha desaparecido – , como los momentos de  dolorosa ternura que despiertan los diálogos con doña Isabel y las páginas del diario de la enigmática Doris.

martes, 2 de setiembre de 2014

Acerca de la palabra "candidato" - A propósito de las cercanas elecciones municipales y regionales



En estas últimas semanas, las principales ciudades del país están sufriendo el aluvión publicitario de los candidatos que postulan, tanto a las alcaldías como a los gobiernos regionales. Avenidas, parques, fachadas y hasta postes de alumbrado público amanecen recargados de afiches y pintas, cada uno más curioso que el otro. La contaminación visual está alcanzando niveles de asombro, no solo por la cantidad de propaganda, sino por el mal talante creativo de la mayoría de ellos, aunque por allí me dicen que es una cuestión de gustos: que los tiempos cambian, que los gustos varían y que los consejeros publicitarios (¿en serio?) tan solo interpretan el color y sabor de estos nuevos tiempos.
Como sea, puede ser. Ahora bien, esto amenaza con alcanzar un punto más crítico cuando lleguen los mítines. ¡Ah! Entonces ya todo estará consumado. Habrá largas marchas de entusiastas simpatizantes invadiendo todas las calles, las anchas y las angostas. Capturarán los parques y las plazas para que los candidatos, desde armatostes metálicos, puedan vociferar sus discursos. Habrá agitadores que rugirán consignas y otra vez palabras, palabras y palabras. 
En fin, es el precio adicional que demanda vivir en democracia. No queda de otra. Mi madre - en casos como este - decía que la carne viene con hueso. Entonces, ni modo: son cosas de la democracia.

Sin embargo - y en medio de esta batahola propagandística - me he encontrado con una nota en la página de Ricardo Socca, "La palabra del día", en donde se da cuenta de la historia de la palabra "candidato". Nada más acorde en este contexto y que vale la pena compartir.
La nota dice que se denomina "candidato" a la persona que pretende alguna distinción, premio o cargo. Y que, en estos tiempos de espíritu democrático, el uso de  esta palabra se ha extendido rápidamente por el mundo hispano hablante, pero con el grave peligro - digo yo -  de haber perdido, en el camino,  mucho de su verdadero sentido.  Por lo que leo,  este vocablo tiene un significado aún  más claro - aunque solo en el papel -  en el Diccionario de autoridades que explica de esta manera el mentado vocablo: "El que pretende y aspira o solicita conseguir alguna dignidad, cargo o empleo público honorífico". ¿Lo habrán comprendido los candidatos que por estos días asolan las ciudades? 

Así también, candidato procede del latín candidatus  "el que viste de blanco", derivado del verbo candere "ser blanco, brillar intensamente". Una  voz con la que se designaba en Roma a quienes se presentaban como aspirantes a cargos públicos. En el ritual político romano, los candidatos debían cambiar su habitual toga por una túnica blanca (cándida) con la que se exhibían públicamente para manifestar la pureza y la honradez esperables en los hombres públicos. Así es, y puede comprobarlo buscando en las fuentes que señala Ricardo Socca. Ahora, temo que si algún candidato - de los que abochornan nuestro sistema -  se enterara de esta acepción, aparezca al día siguiente totalmente vestido de blanco, sin haber entendido el trasfondo del asunto: pureza y honradez. 

Algo más, candere procede de la raíz europea kand- o kend- que significaba "brillar". De donde vienen palabras como candelabro, cándido, candor, incendio, etcétera. La nota aclara que ningún derivado de candidus llegó hasta nosotros con un significado directamente alusivo al color blanco, pero la blancura deslumbrante que la palabra latina candor expresaba en la lengua de los césares se mantuvo en el español candor, con el mismo sentido de 'sinceridad, sencillez y pureza de ánimo' de la palabra en latín. 

Qué distancia entre el origen del vocablo y el sentido que ha  ido tomando esta palabra en estos tiempos en donde, en lugar de campaña política, más pareciera haberse abierto una feria de promesas, verbalmente mal construidas, y más grave aun, tan poco honestas.

domingo, 31 de agosto de 2014

"Las neurosis sexuales de nuestros padres", montaje teatral (comentario)


Por recomendación de una amiga, este viernes asistí la función teatral "Las neurosis sexuales de nuestros padres" de Lukas Bärfuss. Obra dirigida por Jorge Villanueva, en la Alianza Francesa de Miraflores.
La obra gira en torno a la vida de Dora, una muchacha que - desde niña- estuvo medicada con el fin de controlar una extraña enfermedad mental que - según testimonio de la madre - la volvía violenta durante su infancia. En algún momento de su juventud, la familia decide suspenderle los medicamentos. Por lo que narra la madre, al principio de la obra, Dora ha vivido totalmente ensimismada toda su infancia, aislada por culpa de los medicamentos,  totalmente alejada del proceso común de socialización. Quitarle los medicamentos podría abrir la posibilidad de rescatarla de ese ostracismo e insertarla en la vida de la familia y de la sociedad en general. Efectivamente, la suspensión de los fármacos la regresa paulatinamente a la vida corriente.  Es entonces cuando Dora descubre el placer del sexo, el cual asume con una tierna ingenuidad, totalmente desprovista de los parámetros sociales con el que viven los demás, en este caso la familia. Dora se inserta en un mundo novedoso al que le suele encontrar experiencias hermosas, justamente en relaciones que los demás encuentran escandalosas, al menos cuando son tan públicas y desinhibidas como las asume ella.
Dora ha dejado su mundo ensimismado, se inserta en el de los demás y - sin buscarlo - va incomodando los cánones sociales.  En el camino descalabra los valores de quienes lo rodean; sin embargo, al final de la obra, sus palabras y sus necesidades son solo suyas: más lejos de la neurosis y más cerca del dolor.

Una obra interesante, de un autor  a quien recién descubro a través de este trabajo. Un montaje, aceptable en líneas generales, aunque pienso  que el gran trabajo actoral de Wendy Vásquez (Dora) es el que sostiene la obra. Tuve la impresión de que algunos otros personajes pifiaron un tanto en el diseño de sus personajes: algo engolados, poco convincentes. Había cierta disonancia en la sucesión de cuadros y algo de monotonía en los elementos de escenografía. 
No obstante, más allá de estás últimas apreciaciones - que apenas son opiniones de un simple espectador - la obra resulta un tremendo impacto que remueve nuestras emociones y que nos  lleva a casa - o un bar - con mucho que reflexionar. La neurosis de nuestros padres una obra de teatro que todavía tiene funciones y que bien vale la pena ver, si logran evadir el demencial tráfico de Lima.