sábado, 2 de mayo de 2015

"La pasajera" de Alonso Cueto (Comentario)



Luego de leer  la reciente novela de Alonso Cueto, La pasajera (Edit. Seix Barral 2015), tuve que esperar un buen rato hasta  sosegar el  espíritu. No podía ser de otro modo. Para quienes fuimos – de alguna manera – testigos de los aciagos tiempos vividos en la época del terrorismo,  siempre nos va a perturbar el recuerdo de aquellos tiempos, ya sea a través de un cuadro, una fotografía,  una composición musical o un libro. En este caso, una eficiente  y breve novela.
La pasajera es la  historia del encuentro fortuito,  en un taxi, de un exmilitar del ejército  y una  peluquera. El drama de este encuentro es  intenso porque el  exmilitar – quien es el  taxista –  durante su servicio en Ayacucho (en la época del terrorismo)  se vio obligado a ordenar  un acto vejatorio contra una mujer, un acto tan desalmado que - aun muchos años después – el remordimiento por ese hecho lo sigue atormentando.  La pasajera que sube al taxi  había sido, precisamente, la mujer que tuvo que sufrir los vejámenes de aquella atroz decisión.  A pesar del tiempo transcurrido, ninguno  de los dos personajes ha logrado sobreponerse a las trágicas experiencias vividas en el  Ayacucho de aquellos tiempos.  Victimario y víctima viven su propio calvario y ese encuentro casual agita las aguas turbias de los recuerdos y reinicia un  drama que – por lo visto -  aún no había concluido y deja ver las heridas abiertas de una dolorosa historia que todavía no se ha cerrado.
La novela  –  manejada con un innegable  suspenso y  con las características inherentes a una novela realista –   nos recuerda que, efectivamente, ese capítulo doloroso de nuestra historia no puede considerarse cerrado. Lo cierto es que el impacto de aquellos años de violencia todavía nos persigue, nos afecta, nos duele.  Y aun cuando algunos analistas  ya recomiendan cerrar esa etapa, al menos como referencia creativa para los artistas, por lo visto todavía hay mucho que decir al respecto. En la novela de Alonso Cueto, la historia que se cuenta  está contextualizada en el presente; sin embargo,  los hilos sombríos del pasado aún tienen atrapados a los personajes. ¿Cuántas historias todavía no se han cerrado? ¿Cuántas vidas – a pesar de los años que han transcurrido – siguen sufriendo las consecuencias de un período infausto? La literatura – como todas la demás manifestaciones artísticas – no tiene otra obligación sino la de materializar lo que percibe en su entorno y tal como la percibe. En este sentido, La pasajera es, pues, una novela honesta, breve, sin otra pretensión que la de narrar una historia en tono de ficción; pero  que nos lleva, de modo directo,  a una  imprescindible reflexión sobre una  dolorosa experiencia que aún nos acosa.

La novela fue presentada hace varias semanas, y ha sido bien recibida. Esto más allá de algunos apuntes  desmedidamente puntillosos, más afanados en fruslerías gramaticales que en los aciertos literarios. Este Escribidor ha demorado su humilde comentario porque – como la mayoría de homínidos – tiene los días colmados de quehaceres laborales, y su bandeja de libros que leer sigue congestionada. No obstante, para quienes aún no la hayan leído, se las recomiendo. El final de la novela es un tierno acto simbólico cargado de optimismo. 

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