lunes, 11 de febrero de 2008

A propósito de esta semanita amorosa

EL AMOR EN LA LITERATURA Y EL AMOR EN LA VIDA REAL

El Dominical de El Comercio sintetiza diez de los más grandes amores literarios. Esto a propósito del día de los enamorados que nos caerá el jueves catorce. Por lo conversado con algunos amigos, más versados en la cosa literaria, la lista es corta y a la vez erradamente selectiva. Puede ser.
Sin embargo, para mí, que en estos tiempos ando fascinado con el redescubrimiento de mi macondiano entorno familiar, del que me mantuve alejado por más de dos décadas, por razones que no incumben a esta nota, me pareció sorprendente cómo se comprueba aquello de que en las cosas del amor los conflictos son los mismos y tan antiguos como el propio inicio de la sociedades humanas. Simplemente cambian los nombres, el contexto, pero el conflicto y hasta el desenlace se siguen repitiendo de manera desoladora. Digo esto porque no es alentador que tu propia historia de amor, la que a veces sientes que te parte el corazón como nunca hubo jamás, es la misma situación y la misma equivocación humana desde el comienzo de los tiempos.

Orfeo y Eurídice es un mito griego que cuenta la historia del cantante y citarista Orfeo que descendió hasta el mundo de los muertos por su amada Eurídice. La condición era que, mientras la sacaba del mundo de los muertos, no debía volver el rostro hacia ella, sino confiar en que Eurídice lo estaba siguiendo. De lo contrario la perdería. El mito cuenta que Orfeo no pudo con la duda y volvió la mirada y perdió para siempre a su amada. Tanto como mi tío Manuel, medio hermano de mi madre, ahora un anciano venerable a quien se le enredan los recuerdos de ochenta años de vida, treinta de ellos tocando la guitarra como los dioses en muchas orquestas. Sólo ahora, luego de tantos años de secreto, mi hermana me redondeó la historia de aquel hombre que trató de rescatar a una bella muchacha de las garras de un mal matrimonio. Se habían enamorado perdidamente, y nos les quedaba otra cosa que fugarse. Para ello, habían planeado encontrarse en alguna hora de la tarde en la Terminal de Trenes de Desamparados, a la espalda de Palacio de Gobierno, para fugar hacia algún punto de la sierra. Lamentablemente, ese viernes de agosto las horas fueron pasando mientras la mísera lluvia limeña cosquillaba las fachadas percudidas de las viejas casas del Centro. La fugitiva no llegaba. Desesperado, el guitarrista fue hasta la casa de la mujer y entonces sí que se armó el escándalo mayor. Dicen que hubo amago de disparos. Todo mientras la bella mujer cansada de su vida, cansada de esperar por todo, finalmente abordó el tren que la llevaría lejos de todo y de todos de una vez y para siempre, aunque sea sin amor. Nunca más, mi tío Manuel la volvió encontrar. Con el tiempo, mi tío se casó y tuvo hijos y debió ser feliz, pero para el secreto familiar, nunca volvió a enamorarse como aquella vez.

Para mi abuelo Santiago fue siempre un orgullo haberse casado con la mujer más bella de todo la provincia de Dos de Mayo, Huánuco. Pero la vida lo puso a prueba cuando mi abuela Zenaida, quien se había casado demasiado joven, se tropezó con la más grande tentación de su vida, un joven apuesto que, entre otras cosas, era parte de una familia que tenía una empresa de transportes que competía con la Agencia de Transportes “El Pachasino” de mi tío Santiago. Se desató el escándalo cuando mi abuela desapareció un día y reapareció en las oficinas de la competencia como secretaria. Se intercambiaron las maldiciones, se desató un litigio sin pies ni cabeza, se prohibió mencionar el nombre de mi abuela Zenaida por mucho tiempo. Hubo una batalla cruenta por ganar la concesión de las difíciles y agrestes rutas de la sierra huanuqueña en el afán de quebrar a la competencia. Pero el tiempo y la vida tienen en su haber la habilidad de hacer olvidar la pasión y también el odio, así como las grandes hazañas o los grandes errores. Años después mi tío Santiago y mi tía Zenaida se reencontraron, se reconciliaron y tuvieron tiempo para ser felices y dar vida a cuatro hijos. Estoy leyendo el resumen de la historia de Helena, Paris y La Iliada y de cómo, después de toda la gran tragedia épica que generaron, Helena regresó con Menelao y hasta tuvieron un hijo. Mal antecedente para mi abuelo que de mitología griega conocía poco y, de paso, no creo que le haya gustado ser el Menelao de la familia. Mi sabia tía dice que el amor es algo más trascendente que la pasión y que eso había confundido a mi abuela, no obstante el tiempo devolvió las cosas a su lugar. Quizás, pero que mi abuelo se hizo fama de cachudo por un buen tiempo, también fue cierto.

Sé que todo parece una osadía; sin enbargo, podría asegurar que en la vida de cada quien se ha repetido alguna historia de esas que alcanzaron la inmortalidad en la literatura. Después de todo, qué es una novela sino una historia, siempre un poco menos atrevida que la vida, pero con la diferencia de que la novela está organizada en la poderosa magia de las palabras.

1 comentario:

BLOGUERO dijo...

Por alli leí alguna vez que solo había 36 temas. solo el talento de unos escritores y la coyuntura de la época, hacía que algunas alcanzaran mayor renombre que otras. El amor es un tema gastadito, del cual siempre se tendrá algo que contar. Pero tener un día de los enamorados, suena tan huachafito. Ya me imagino el dia catorce a todos los emulos de las telenovelitas tratando de vivir su historia