miércoles, 11 de octubre de 2006

CRÓNICAS DE LA CIUDAD


A veces, uno es más de lo que piensa o ... mucho menos.
LA DECISIÓN DE FULANO


El hombrecito se le apareció a Fulano repentinamente, desde algún lugar inesperado, con un gesto de innegable miedo: Ayúdeme.
Fulano sufrió un inevitable estremecimiento y - a pesar de que rápidamente se percató de la lastimera imagen del hombrecito - apenas si alcanzó a disminuir un gemido de miedo que pudo haberlo abochornado para siempre en las veredas de la avenida Lampa: "Ay, Diosito". Carraspeó de inmediato y buscó recuperar su dignidad inmediatamente.
El hombrecito - que sí había alcanzado a escucharlo - lo miró entonces con cierta decepción y hasta se diría, por sus gestos, que tuvo dudas muy serias sobre el apoyo que Fulano podría darle; como que el gemidito había disminuido a Fulano dramáticamente hasta convertirlo en otro desvalido más de esa tarde. Aún así, y probablemente porque no había otro individuo alcanzable, le insistió: "Me persiguen dos pirañas, ayúdeme".
Fulano levantó la mirada y escrutó por los inmediaciones. En un principio no logró ubicarlos, pero en una segunda mirada sí los descubrió: mal escondidos y disimulando pésimamente desde un puesto de periódicos, con las camisas desabotonadas y las zapatillas sucias y descomunales, dueños por completo de la situación. Por supuesto, Fulano tuvo miedo.
- Busque un policía, no a mí.
- ¿Y dónde?
Fulano volvió a hurgar con la mirada confusa y efectivamente no logró ver a ninguno en las inmediaciones. Claro que había gente, y mucha, yendo y viniendo por todos lados, pero como si no estuvieran, como si no vieran. Él sabía que nadie iba a intervenir en el caso de una agresión. Él tampoco lo hubiera hecho. ¿Entonces? ¿Cómo dejó que lo complicaran en esto?:
- Pero qué quiere que yo haga.

El hombrecillo trató de decirle algo, pero lo que sea que haya querido decir, murió en un balbuceo confuso. Sólo lo miró totalmente rendido y Fulano comprendió todo. Entendió que estaban solos, acosados, huérfanos en una calle peligrosa
- Ayúdeme
- ¿Por qué yo?

Dicen que hay momentos en la vida de un hombre en donde se determina su temple y valor, y que esos momentos son sorpresivos; aparecen en cualquier ocasión y lugar, por ejemplo en una calle de la avenida Lampa. Se dice que sólo entonces el hombre alcanza su grandeza o su miseria en una fracción de segundos y que luego se lleva para siempre ese recuerdo. Al parecer, sin asimilarlo bien, Fulano quiso asumir ese reto que la vida le imponía
- Vamos, yo lo acompaño, no le va a pasar nada.

El hombrecillo, de pronto sintió que la dimensión de Fulano había aumentado. Lo miró, lo admiró y lo siguió mansamente.
Ambos caminaron hasta el jirón Roosvelt. La luz del sol, a esa hora, era apenas una resolana percudida más allá de los nubarrones grisáceos que cubrían la ciudad. Fulano volvió el rostro con la esperanza de ya no ver a sus perseguidores, pero los vio: casi burlones y astutos, siguiéndolos implacablemente. Decidió entonces bajar hacia la avenida Bolivia. El hombrecillo obedeció callado. A lo lejos, y hacia la izquierda, alcanzaron a ver - como dormida para siempre - la estructura polvorienta del Palacio de Justicia. Al frente, languidecía el hotel Sheraton.
Cuando se acercaron al cruce con la avenida Garcilaso, Fulano ya no quiso mirar hacia atrás porque sabía que ellos todavía estaban allí, y quizás más cerca que antes. Se diría que casi los sentía reír.
Dicen que hay otros momentos, en donde un hombre - muy a su pesar - puede llegar a extremos de pusilanimidad insospechados. Es decir que la línea entre la grandeza y la cobardía es, a veces, demasiado delgada e inestable.
Sea por esta razón o por cualquier otra, el hecho es que cuando Fulano reconoció el ómnibus destartalado que lo podía llevar a su destino y vio que la luz del semáforo estaba por cambiar a verde, se descubrió en una faceta que hasta allí desconocía. Simplemente empujó al hombrecillo que se había sujetado de su brazo, y cuando sintió que éste trastabilló, trepó de un salto al ómnibus que ya arrancaba. Había un ruido ensordecedor de bocinazos, silbatos y gritos.
Desde los vidrios quebrados del viejo ómnibus, Fulano todavía alcanzó a ver la cara de confusión del hombrecillo y ya muy cerca de él, las siluetas de sus perseguidores. No pudo ver más porque la multitud de esa hora los fue envolviendo hasta desaparecerlos. Muy en el fondo, como que Fulano no quiso ver ni siquiera dentro de él mismo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

ese fulano ta mas won...ajajaj..
joda profe su cuento ta piola