jueves, 15 de marzo de 2007

CRÓNICAS DE LA CIUDAD


CONFUSIONES DE UN ESCRITOR
En qué dimensión te puedes perder cuando escribes


En principio, el argumento que había pensado desarrollar tenía como personaje principal a un hombrecito que todavía vendía tercamente billetes de lotería en la esquina de Emancipación con Tacna. Era un personaje que había visto en alguna de mis caminatas por el Centro. En mi historia, iba a ser un personaje que regalaba, como “valor agregado a su producto”, tanto la estampita de algún santo que el cliente escogiera a su gusto como un rezo para la buena suerte.
Mi argumento tenía toda la intención de desarrollar una historia sencilla y, en cierto modo, efectista. En ella, iba a señalar, una vez más - aunque desde otra particular perspectiva- las características de la vida en la ciudad: gente apabullada por sus preocupaciones que iba, venía y se tropezaba con tantos otros seres similares; calles eternamente grises a pesar de la resolana percudida de sus tardes de verano y, por allí, confundido entre el desmadre de cada día, el viejo y desfasado vendedor de loterías ganándose la vida a su manera.
En verdad que no tenía muchas expectativas sobre esa historia, pero debía hacerla porque me había señalado una tarea creativa por día y, a pesar del cansancio, quería cumplir.
Por aquel entonces escribía de noche y solía maldecir a los grillos que me distraían con su porfiado ruido. Trabajaba alumbrado por una luz amarillenta y sucia que nacía de una vieja bombilla colgada en el vigón mayor de un techo que casi podía tocar cuando me empinaba. A veces, cuando el cansancio trataba de vencerme, me asustaban las sombras engañosamente inmensas de las polillas que rondaban la luz.
Ya había comenzado la descripción de los cientos de individuos que caminaban diariamente hacia la Plaza de San Martín y estaba buscando la manera de ingresar sutilmente al núcelo narrativo cuando, repentinamente, uno de los individuos que había mencionado sólo de paso, optó por rebelarse a su destino y arrojando su espléndida corbata sobre el piso sucio de la avenida la Colmena, y molesto por el pequeño papel que yo le había asignado en mi historia, comenzó a recordarme a la madre y a todas las madres que pudieron haberme parido. Le pedí que perdonara la indiferencia hacia él, pero que esta vez pretendía hablar del vendedor de loterías que a veces encontraba por Tacna. Entonces él me aclaró que se cagaba en mis ideas y que nada le interesaba sobre el mal parido del que quería escribir, pero que a él nadie lo colocaba en un cuento sólo de relleno y a la altura de un tacho, un perro o cualquier escenografía secundaria.
Yo estaba aturdido. Sabía que estaba perdiendo el control de la historia, que estaba cansado, que caminaba entre la realidad de mi minúscula habitación y las alucinaciones de la noche. Sentía que los automóviles de mi historia comenzaban a correr por su cuenta y que algunos, hasta disminuían su velocidad para escuchar parte del escándalo que se me estaba armando. Varios de los peatones - como en todo lugar, tiempo o dimensión - cruzaban por el lugar aguzando los oídos; otros, alertados por el barullo, más bien, procuraban cambiar de vereda y hasta de rumbo para pasar inadvertidos. No obstante, el iracundo peatón - del cual sólo pretendía mencionar que iba a la Plaza de San Martín arrastrado por la muchedumbre - ahora se había rebelado por completo a su destino y me reclamaba un lugar más decoroso para su estirpe de hombre citadino y trinfador. Quise hacerle comprender que cada cosa tenía un lugar y que el suyo era, en este argumento, seguir de largo entre la muchedumbre, que lo único que le quedaba era recoger su lujosa corbata mientras yo - quién sabe cómo - hacía lo posible por reconstruir mi argumento; pero él nada. Es que yo, señor mío – me recriminó - soy un hombre importante, que tiene un puesto destacado en el Gobierno y con apellido de tradición republicana, que bien debería estar incluido en primigenio lugar y no en un puesto secundario después de un apestoso vendedor de loterías y que me podía arrepentir de tal estupidez porque una sola tarjeta suya podía cerrarme todos los periódicos y todas las editoriales dejándome peor que el vendedor ése.
Me sobrecogió el temor y le prometí escribir otro cuento, superior al que estaba escribiendo y con el mejor de mis estilos; pero él había comprendido que no valía la pena ser descrito, en su valiosa biografía de hombre verdaderamente importante, por un escritor que se humillaba tan fácilmente ante las amenazas y que, peor aun, prefería hablar de miserables vendedores ambulantes.
Sin decir más, y luego de recoger su corbata de buena marca, y después de acomodarse el elegante saco, optó por marcharse para no seguir viendo a alguien tan mediano como yo. Se encaminó muy tranquilo hacía la plaza de San Martín, dejándome las hojas y la horas totalmente llenas de su orgulloso y altanero discurso de hombre influyente.
Aquella noche, ya no quise escribir más, porque el cansancio – eso espero - me había dado a entender que era mejor abandonar la ficción a tiempo. No fuera alguna noche – sin saberlo - me quedara atrapado en el lado equivocado, si acaso ya no lo había hecho.

3 comentarios:

Daniel Amayo dijo...

Richar Primo.

He disfrutado cada línea de este cuento, de este texto. Me gustó mucho y me da mucha alegría saber que es usted el que lo escribio.

Tal vez no se acuerde de mí, pero fui su alumno en la academia Trilce, allá por el año 1999, épocas preuniversitarias cuando el local de Trilce Arequipa era una acogedora casona antigua, con miles de ruidos y rincones (cosa que se ha perdido hoy)
Pero bueno, seguro no se acordará de mi entre tantas caras. Pero si me ve seguro que sí lo hará, como lo hico algunas de las veces que nos cruzamos en el CC. de España, en donde nos saludamos con aquella cordialidad con la que lo hacíamos siempre.

Bueno, espero pueda ponerme en contacto con usted, ya que hace tiempo lo he intentado sin éxito. Sólo lo he seguido a travez de este medio que son los blog. A propósito de mi blog que acabo de crear: http://deamblue.blogia.com/

Le dejo mi correo personal por si acaso: d_e_a_m@hotmail.com
Espero podamos ponernos en contacto profesor Primo.

Mi nombre es Daniel Amayo. He estudiado Literatura en la San Marcos (por culpa de profesores como usted, jejeje) y, según yo, soy un poeta. Aunque temo que me falta mucho para eso (a pesar del poemario que acabo de publicar, el cual sería un honor para mí que lo leyera, profesor)

Bueno, un abrazo muy fuerte Profesor Primo...

Espero podamos entrar en contacto

Un amigo

Daniel Amayo

YO dijo...

Richar;
Uno de tus mejores cuentos!! realmente he disfrutado de leer cada linea. Eres exelente en la ficcion! Me gusta porque desde el comienzo te amarra a continuar. El final es superior...Muy bien!!

YO

vanofacundo dijo...

Richar.

Aprecio efusivamente tu imaginación: mientras leía cómo tu personaje oligárquicamente encorbatado se rebela a su creador, inmediatamente vino a mi mente la forma en que personajes animados como loquillo(el pájaro loco) o Chili Willy se ponían de tú a tú con su creador, el americano Walter Lantz, allá por 1970 y 1980. Sin embargo, debo noticiar sobre la comunicación que se desarrolla entre ustedes. Ésta responde a una fórmula narrativa conocida, de pizarra, aquella que nunca pierde, pero tampoco gana, simplemente porque no agrega nada nuevo en su prosa, como este diálogo hay muchísimos,diría Cortázar, y lástima, porque tu aguda imaginación, previamente, había instalado una alfombra roja por la que debiste andar.

Fausto.