martes, 24 de marzo de 2009

LAS ELÍPSIS DE HEMINGWAY

Las primeras lecturas de las novelas de Hemingway las tuve en una etapa muy temprana de mi vida en la que devoraba todo libro que encontraba. Por quien doblan las campanas me absorbió inmediatamente y no tuve ganas de buscarle las razones que la hicieran tan visual, sencilla y, a la vez, tan penetrante en cuanto a la agonía espiritual de Jordan. París era una Fiesta fue otro encuentro intenso con una historia seductora y narrada con una contundente eficiencia, pero que parecía contada con excesiva sencillez.
Confieso que en aquellos tiempos de lecturas desordenadas y de fascinaciones juveniles por las novelas que desbordaban recursos técnicos, claves secretas y construcciones verbales casi de laboratorio lingüístico, Hemingway me pareció peligrosamente sencillo y pasó al segundo nivel en la lista de mis escritores de cabecera. Sí, lo reconozco, en aquel tiempo de adolescente lector, la sencillez se relacionaba con la simpleza y ésta con falta de profundidad. Solo tiempo después, muchos fuimos descubriendo que la sencillez narrativa del autor de El viejo y el mar era resultado de una gran destreza técnica. Quiero decir que, si se es capturado por una historia, de manera que olvidas todo rebuscamiento literario y compartes la vida de los personajes y sus conflictos, entonces se ha hallado una formidable novela.
Encuentro un artículo de Javier Ocaña, en el diario El País, que creo conveniente anotar en esta mi libreta virtual de paso. En dicho artículo, Ocaña explica una de las habilidades narrativas más destacables de Hemingway: las elipsis narrativas.
Meto mi cuchara un poco. La elipsis, en término fríamente gramaticales, consiste en suprimir en la frase una o más palabras que, aunque necesarias para que la estructura esté completa, no lo son para que se entienda lo que se dice. Por ejemplo, “Para casarse, Luis vendió su vieja moto y Ana, su máquina de coser”. En la segunda parte se he suprimido el verbo. Es es la elipsis gramatical.
Ahora bien cuando se trata de asuntos literarios, se habla de elipsis narrativa cuando se suprime una acción en su totalidad o un fragmento íntegro del acontecer de la historia. Hay una parte que no se muestra, no se cuenta, pero debe dejarse las claves para sobrentenderlo porque la importancia de ese hecho suprimido va a ser determinante para el conjunto de la historia. Más fácil es decirlo que trabajarlo en un relato. En esto, Hemingway fue un maestro.

Un hombre sabe que va a morir. Los que muy pronto se van a convertir en sus asesinos están cerca. Sin embargo, la resignación ha ganado la partida definitiva. No intenta huir, tampoco defenderse. "Una vez hice algo malo". Ésa es su respuesta. Lacónica. Sencilla. Es la larga escena inicial de Forajidos, obra maestra del cine negro dirigida en 1946 por el alemán emigrado a Estados Unidos Robert Siodmak, basada en el relato de Ernest Hemingway Los asesinos. ¿Qué lleva a un hombre a dejarse matar? A responder a esa ardua cuestión se dedica el resto de la película, que no el cuento. El texto de Hemingway culmina justo ahí. Es la imaginación del lector la que debe rellenar el vacío argumental. De modo que Siodmak y sus guionistas (oficialmente, Anthony Veiller en solitario, aunque extraoficialmente se sabe que también trabajaron John Huston y Richard Brooks) se apropian del papel de la imaginación y nos sirven el núcleo (prodigiosamente) escatimado por Hemingway.
.
.

lunes, 23 de marzo de 2009

MAS DE UN MILLÓN DE LIBROS DIGITALIZADOS

La noticia es, de todas maneras, impresionante. Leo en el diario Abc que los usuarios del lector electrónico Reader, de Sony, podrán acceder de forma gratuita a más de un millón de libros exentos de derechos de autor y disponibles en Google, según informó ayer la compañía de productos electrónicos.
En situaciones como ésta es cuando cabe, perfectamente, aquello de que la vida es muy corta para todo lo que se quisiera hacer (o leer en este caso). El acceso a esos títulos se realizará a través de la librería virtual de Sony, eBook Store, y requiere al usuario tener una cuenta con ese servicio y descargar un programa informático, que también es gratuito.
El catálogo de Google incluye títulos tradicionales como "The Awakening", una novela corta de Kate Chopin o "Black Beauty", de Anna Sewell, entre otros, además de materiales de autores que son de mas difícil acceso público. También se ofrecen títulos en idiomas diferentes al inglés, incluido el español, y pueden ser seleccionados por temas, títulos o autores.
Ahora bien, el asunto no es tan sencillo, ni tampoco tan grato. Hace unos días leí en el blog de Iván Thays que se están digitalizando una enorme cantidad de libros y que los autores tienen que avisar que no quieren ser “digitalizados, de lo contrario se daba por sobrentendida su aceptación
Ivan escribe: Soy un creyente convencido del libro digital y del futuro de los e-books. Pero aceptar que Google digitalice tus libros es una peligro porque sabe Dios qué hará con ellos después. Google es una anarquía absoluta pero, al mismo tiempo, un negocio muy bien pensado que ejerce su poder ahí donde los derechos de los otros son ambiguos. Por ejemplo, la campaña que ha lanzado para digitalizar millones de libros es una trampa. No es el proceso habitual, en el que una empresa muestra interés particular por tu libro y luego se contacta contigo, sino lo contrario: quiere que los autores se contacten con ellos para evitar ser digitalizados. Si no lo hacen en un plazo relativamente breve, que ya se vence, dan por "sentado" que el autor está conforme en ser digitalizado y pueden hacerlo libremente y, además, no tienen ningún reparo en hacer negocio luego con esa versión.
¡Cuando no! Las grandes contradicciones de estos tiempos de apabullante tecnología. La delgada línea que separa lo bueno, de lo oportuno, o de los oportunistas, en todo caso. Qué delirante mundo éste en donde se puede tener al alcance de la mano la cultura del hombre contemporáneo en un artilugios pequeños, casi de magia. Y que lamentable que detrás de aquello, oscile la siniestra sombra de los de siempre, de los que - inversamente - convierten el agua en vinagre; de aquellos que hicieron una rifa con los retazos de los santos sacrificados; de estos que ahora pretenden confiscar la propiedad intelectual de los creadores en nombre del libre acceso a la cultura siempre y cuando, claro, haya un negocio rentable que los beneficie.
.

sábado, 21 de marzo de 2009

BUSCANDO A CORTÁZAR EN PARÍS

Encontré en la revista Etiqueta Negra un artículo de Ana Laura Lissardy a propósito de la novela Rayuela del gran Julio Cortázar. La autora del artículo recorre el París contemporáneo buscando encontrar algunas huellas dejadas por el personaje central de la novela, Oliveira. Por supuesto que el París de los años sesenta, ha desaparecido por causas naturales, si acaso alguna vez existió más allá del universo de la maravillosa novela del escritor argentino a quien se recuerda mucho ahora que su cumplen los veinticinco años de su muerte.
Para quienes hayan leído la novela, será un nostalgico guiño que busca la complicidad. Para quienes no la hayan leído aún, será una invitación para adentrarse en el universo de ese juego que por aquí llamábamos "mundo", y en donde Oliveira es un poco de cada uno de nosotros saltando voluntariamente los cuadrados apáticos por donde pareciera nos lleva la vida inevitablemente.
INSTRUCCIONES PARA BUSCAR UN PERSONAJE DE CORTÁZAR Y NO ENCONTRARLO
¿Por dónde andarás, Oliveira, en estos días de calor y olores rancios? Me pregunto si estarás fumando galoises debajo de un puente en París o si andarás contando los pesos en Buenos Aires. Ahora que lo pienso, a vos nunca te importaron los pesos. ¿O sí? ¿Cómo saberlo? Sos ese tipo de persona que no se traga las líneas que le quieren hacer recitar. Si fueras Adán, no morderías nunca la manzana. Pero, ¿cómo saber quién es Oliveira cuando Oliveira no es? Cuando estás solo y no sos escrito. Cuando no tenés siquiera tus palabras, tus noemas, tus no-pensamientos. Tal vez estás sentado en el cementerio de Montparnasse, fumándote un cigarrillo junto a la tumba de tu amigo Julio. Yo estuve ahí y no te encontré. No estabas tampoco en el Pont des Arts, y eso que te busqué. No estabas en la rue de Seine, ni en el Quai de Conti, ni en el boulevar de Sébastopol. Tampoco en la rue des Lombards (donde no estaba ni siquiera madame Léonie). Y lo más extraño es que no te encontré en la rue de la Huchette. Subía un fuego sordo, sí, de voces que quieren pero no pueden, de silencios incontenidos y vocales deformadas. Pero no había más. Y el más y el menos son simples mapas mentales, estrategias para… ¿Para qué era, Oliveira? Son muchas las preguntas que quisiera hacerte. Tal vez por eso, cuando ya había recorrido la rue de la Huchette varias veces, para arriba y para abajo (arriba y abajo que, como decís vos, son simples denominaciones, zanahorias que ya no engañan al burro; y agregaría: ni al perro, ni siquiera hubieran engañado a la oveja Dolly) un hombre me paró para preguntarme «Pourquoi es-tu tellement triste?». Y así, al improviso, me di vuelta pensando que eras vos. Porque no se puede lanzar una pregunta así a un desconocido si no se es un poco Oliveira. Si no se te conoce, al menos. O quizás se puede. En tu París sí que se podría. ¿A que sí? «Je cherche à une personne», j’ai dit avec mon pauvre français. «Alors, sorriut!». Sonreí sin ganas, porque no había nada de qué reír. Porque caminando por la París-Oliveira, buscando señales, símbolos, ranas o, cuanto menos, algún caracol, encontré calles de burgueses, turistas, fast foods e internet points. Encontré una París de final de comedia hollywoodiana. ¿Quién sabe cómo era entonces? ¿Cómo era esa París de los años sesenta? Esa París tan naïf, donde uno era la ciudad y la ciudad era uno mismo. Quién sabe si no eran tus anteojos (¿usabas anteojos, Oliveira? ¿Lentes, lentes usabas? Una de las tantas cosas que no sé y querría saber), si no eran tus gafas de miope o astigmático que te hacían ver esas callejuelas de cemento, turistas y «entre, entre, nous avons du bon vin», como las otras que supiste des-andar en busca de la Maga. A propósito, de la Maga ni sombra. La busqué incluso en la librería de la rue de Verneuil, donde iba a jugar con el gato. Pero no había gato, ni Maga, ni siquiera librería. Sólo un camión de basura y un nene cayéndose del monopatín, porque la calle estaba llena de tubos amarillos, bolsas de arena y dragones de plástico. Imagino que la librería donde la Maga pasaba sus tardes fue sustituida por algún restaurante vietnamita o indio, o un negocio de artículos para la casa, porque era lo único que se veía por ahí. Y el señor del gato, ése que sabía tanto de historiografía y libros, estará jubilado o empleado como cajero en alguno de esos supermercados «Proxy» de luces de neón y leche en oferta especial 3×2. Pero de la Maga, nada. Tampoco de vos.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Casa de César Vallejo será remodelada

Es una buena noticia que se remodele la casa de César Vallejo en Santiago de Chuco. Ahora que PromPerú ha lanzado la segunda guía de rutas literarias, El norte de César Vallejo, es una buena ocasión para aquellos turistas nacionales y extranjeros quienes por los feriados de Semana Santa puedan darse un salto por el norte del país. La ruta incluye Santiago de Chuco, Huamachuco y Trujillo, con especial énfasis en las haciendas y lugares por donde Vallejo vivió. Recordemos que fue en Trujillo, cuando estuvo preso, que escribió su obra más experimental, Trilce. Gracias a la pluma y conocimientos sobre viajes de Rafo León, toda persona que crea que la literatura y el turismo son dos campos perfectamente compatibles podrán conocer esos lugares del poeta mayor del Perú. Como último dato, la primera guía tiene como tema "La Lima de Vargas Llosa". Haciendo clic en el título, pueden verla y empezar a caminar por la realidad de la ficción.

Trujillo (El Comercio Norte).- Cuando uno llega a Santiago de Chuco inmediatamente se percata de la relación que hay entre esa provincia y el gran poeta César Vallejo Mendoza: la plaza, el hospital, el colegio y la avenida principal llevan su nombre. Sucede que, sin duda, este es el hijo más ilustre de esta localidad. Su casa, por tal motivo, se convirtió en un santuario para los santiaguinos y todos los seguidores del vate.

Por eso ahora, tras varios años de abandono, el inmueble será remodelado, a fin de evitar que colapse, ya sea por las lluvias o por la desidia.
Con este propósito, ayer se entregó el expediente técnico para la restauración y puesta en valor de la casa del connotado poeta, que se gestionó gracias a la intervención del Arzobispado Metropolitano de Trujillo, en especial de monseñor Miguel Cabrejos Vidarte, en colaboración con la Municipalidad de Santiago de Chuco, el Instituto Nacional de Cultura INC-La Libertad y la minera Barrick.

Según se explicó, el trabajo estuvo a cargo del mismo equipo profesional que hizo el proyecto de la iglesia de Angasmarca, encabezado por el arquitecto Humberto Palacios Miró Quesada, en coordinación con la arquitecta Ana Elisa Berengel y los ingenieros Manuel Cárdenas y David Gutiérrez.
El alcalde de Santiago de Chuco, Ábner Avalos Villacorta, indicó que, de acuerdo con lo conversado con el equipo técnico, se necesitarán alrededor de US$300 mil a fin de evitar que la infraestructura se venga abajo.

“Para nosotros esta es una gran noticia. La remodelación del inmueble permitirá potenciar la provincia con los otros atractivos turísticos, más aun ahora que se viene mejorando la carretera que llega hasta nuestra localidad. Esto se está buscando desde hace muchos años. Este es un gran día para los santiaguinos”, dijo emocionado el burgomaestre.

Ahora el expediente técnico se encuentra en manos del INC La Libertad. Ellos tendrán, en un plazo no mayor de dos semanas, que dar la viabilidad al proyecto.

Según indicó Silvia García, encargada de administrar la entidad cultural, este documento ahora será revisado y luego enviado a Lima, donde darán el visto bueno. “Solo se detendrá la obra si tiene alguna observación, pero creemos que no será así porque se elaboró con nuestra asesoría”, sostuvo.

Si bien aún no han dado fecha para su culminación, se sabe que la remodelación concluiría este año.

lunes, 16 de marzo de 2009

Augusto Effio, mención honrosa Caretas

Augusto Effio Ordóñez (Huancayo, 1977) es autor de Lecciones de origami (Matalamanga, 2006). Obtuvo el Copé de Plata en la Bienal de Cuento organizado por Petroperú (2004). Ha colaborado con las revistas Vórtice, Caretas, Etiqueta Negra y Hermanocerdo. Sus cuentos han aparecido en las antologías Encuentro de Escritores Peruanos (UCSUR, 2005), Nuevos Fuegos, Otros Lances (Editorial Recreo) y Disidentes. 


En estos treinta años de servicio, el menor de mis suplicios ha sido redactar memorandos y estatutos con la servil sintaxis de mis superiores. Aún así, jamás se me ocurrió hacerles notar la maraña de pelos que hallé en la sopa de formulismos y lugares comunes con los que, tan solo, alimentaron la ignorancia de otros escritorios.

No reniego de las horas de trabajo que dediqué a afilar precisos consejos en la sombra de los escalafones medios, aún cuando más tarde los viera salivados como atolondradas instrucciones en la boca del jefe de turno. Nunca respondí con una queja o protesta a la insignificancia de los encargos encomendados. Por el contrario, navegué con la frente en alto por las brumas de la administración pública sabiéndome el único tripulante con un remo entre las manos. En ocasiones, he contribuido, lleno de rigor y minuciosidad, a remendar los asuntos de Estado para ocultar sus costuras menos amables: convertí balbuceos de subsecretario en argumentos de estadista, tomé vaguedades de portapliegos para improvisar argumentos de tribuno, arropé la indigencia de informes repletos de cicatrices normativas con los bríos del cinismo jurídico. Acepto mis culpas con dignidad, y no pienso en la jubilación como el purgatorio donde pasearé un arrepentimiento que mi espíritu ya desechó como quien cercena una carnosidad inmunda. Roma gana las guerras, pero nosotros hacemos los refranes. Después de padecer la estrechez y demás penurias del servicio gubernamental, eso es todo lo que me queda: un consuelo de cartaginés. A diferencia de las personas que hoy apuran el trajín de firmas y registros de mi renuncia, me gusta visitar la desnuda quietud de los libros en busca de alguna frase tempestuosa que me mantenga a salvo del “sentido común” que imponen los horarios de oficina. A dos días de abandonar mis labores en la trastienda del poder, di con esta turbulencia: Roma gana las guerras, pero nosotros hacemos los refranes.

Para continuar leyendo este cuento, hacer clic aquí.

Jaime Bayly los lunes en Perú.21

Les dejo un dato sobre Jaime Bayly, ahora que leo Perú.21 un lunes. El periodista y escritor Jaime Bayly escribe una columna todos los lunes como hoy y como lo dicta su inclinación por la literatura no lo hace con un análisis político, sino con relatos breves que dan muestras claras de un escritor de oficio.  


No me pregunten cómo he terminado con El Tano y su novia en una isla desierta de las Bahamas.

No sé mucho del Tano, lo conocí la otra noche en un hotel de Nassau, me pidió la laptop en el bar del Compass Point para leer sus correos, me dijo que su hija estaba en las Galápagos y que no sabía nada de ella, la novia del Tano me preguntó por qué llevaba boina y chalina en Nassau y luego me preguntó sin esperar mi respuesta si yo era canadiense y le dije que sí, que soy de Montreal.

Todo lo que sé del Tano es que es argentino, vive en Nueva York desde que tenía veinte años (y ahora tiene cincuenta) y alquila cincuenta departamentos amoblados en esa ciudad. Todo lo que sé del Tano es que es dueño de cincuenta departamentos de lujo en Manhattan, que le dejan un millón de dólares al mes. Está claro que el Tano es un maestro porque además me cuenta todo eso como si me estuviera contando que está resfriado.

Todo lo que sé de la novia del Tano es que es sueca y bastante menor que yo y está siempre un tanto borracha y coqueteando, lo que no parece molestarle al Tano, porque el Tano es un grande y nada parece molestarle a estas alturas.

Tan grande es el Tano que se ha comprado una isla virgen en las Bahamas por doce millones de dólares y me ha dicho para ir a visitarla y cuando le dije aquella noche en el bar del Compass Point que sí, que iríamos al día siguiente, estaba seguro de que todo era mentira, su isla de la fantasía y mi entusiasmo por conocerla, pero ahora un avión bimotor ha acuatizado frente a una isla desierta más grande que Key Biscayne, a la que hemos llegado volando cuarenta minutos sobre un mar tan transparente que podías ver los tiburones.

El Tano, la sueca y yo hemos bajado de la avioneta, saltado al mar y, con el agua rozándonos el ombligo, hemos caminado hasta la orilla de la isla del Tano, que a lo mejor no es del Tano, pero que él reclama como suya, y nos hemos sentado a la sombra de un árbol y era como estar en un capítulo de Lost esperando a que viniera una criatura monstruosa a devorarnos y arrojar nuestras extremidades en las copas de los árboles.

Solo he visto en la isla a dos criaturas vivas, sin contar al piloto que se quedó cuidando la avioneta y bebiendo cerveza (yo pensaba: si la avioneta falla y no enciende y nos quedamos a pasar la noche acá y el moreno tiene hambre, nos come a los tres crudos y sin sal): una mariposa naranja y un numero indeterminado de moscas más grandes que las moscas domésticas peruanas que me son familiares, tan grandes que el Tano ha dicho que no eran moscas, que eran tábanos y venían por nuestra sangre.

Le he dicho “Tano de mierda, la puta que te parió, no tenemos nada que comer ni tomar en esta isla, todas las islas desiertas son iguales, para qué carajo me has traído acá si estoy enfermo, y ahora me dices que nos van a comer unos tábanos, no me jodas y larguémonos de acá y llévame a un restaurante donde podamos comer como gente civilizada”. La sueca por suerte se ha amotinado conmigo y ha dicho que se muere de sed (cómo no va a tener sed, si está con una resaca feroz) y que vayamos a no sé qué isla perdida en el archipiélago de las Bahamas, donde dice ella que sirven unos pescados fritos deliciosos.

Para continuar leyendo el relato, hacer clic aquí.

domingo, 15 de marzo de 2009

Marco García Falcón, mención honrosa Caretas

Marco García Falcón obtuvo una mención honrosa en el reciente concurso del cuento de las Mil Plabras organizado por la revista Caretas. Estudió Lingüística y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha obtenido los primeros premios en los Juegos Florales de la PUCP (1991), en el primer Concurso de Cuento Jurídico organizado por la revista Thêmis (1995) y en el Gran Premio Adobe de Cuento otorgado por la Universidad Ricardo Palma, Adobe Editores y el diario Expreso(1999). Asimismo, ha recibido la mención de finalista en la X y XII bienales del Premio Copé (1998, 2002), así como el tercer premio en la XI versión de dicho concurso (2000). En el 2002, la Serie Ficciones del Fondo Editorial de la PUCP publicó su primer libro, París personal, que recibió una muy buena acogida por parte del público y la crítica.


Marco García Falcón

¿La señora Bronstein? –llamó la enfermera.

–Soy yo –dijo una mujer de edad poniéndose de pie y caminando hacia el consultorio con una elegancia y una altivez poco usuales para sus años.

–Pase, por favor –le sonrió la enfermera–. El doctor la está esperando.

La señora Bronstein entró al consultorio y el doctor Gutiérrez se paró un instante de su escritorio para darle la mano.

–Qué gusto verla –le dijo–. Tome asiento, por favor.

La señora Bronstein se acomodó en la silla, un poco sorprendida con la intensidad con que el médico, un hombre casi tan viejo como ella, la observaba.

–¿Cómo se encuentra? –preguntó al fin el doctor.

–Con achaques. Pero digamos que, en general, bien.

–¿Sabe? –dijo el médico en un tono como de confesión–. No quiero importunarla ni ser malinterpretado por esto, pero desde la primera vez que la vi quise comentarle algo. Le encuentro un aire a una persona muy famosa...

–¿Famosa...? –repitió inquisitivamente la señora Bronstein, interesándose por lo que el doctor decía.

–Sí –continuó él–. Usted tiene unas facciones y unos ojos muy parecidos a los de una mujer que hace muchos años fue muy conocida: la Miss Mundo del 57. ¿No se lo han dicho antes? Era una finlandesa que, si la memoria no me falla, se llamaba María Lindahl. Yo me acuerdo de ella porque justo ganó en el mismo año en que Gladys Zender obtuvo el Miss Universo...

–Se llamaba Marita... –precisó la señora Bronstein– Marita Lindahl..

–Es cierto –se entusiasmó el médico, contento de que su paciente le siguiera el hilo de la conversación–. Me imagino que es algo que siempre le han dicho...

–No siempre –se sonrió ella levemente–. Y menos ahora que estoy vieja. Pero ya que lo menciona, le diré que yo soy Marita Lindahl..

El doctor Gutiérrez se quedó asombrado, sin saber qué decir. En su momento había admirado, como muchos otros jóvenes de su generación, la singular belleza de aquella mujer. Atesoraba, incluso, algunos recortes periodísticos en los que ella aparecía retratada.

Llevo el apellido de mi esposo, de mi segundo esposo –prosiguió la señora Bronstein–. Es lo usual aquí, ¿no? Lo que sí no he dejado de usar es mi nombre Marita...

–Así que tenemos a una de las primeras Miss Mundo en esta clínica –proclamó el médico tratando de recuperarse de la sorpresa–. ¿Está de visita por el Perú? Habla muy bien el castellano. Casi no se le nota el acento...

–Vivo aquí desde hace quince años. Mi esposo era judío pero nació acá. Nos conocimos en Helsinki; él tenía unos negocios por allá. Hemos vivido en muchos países, pero al final nos vinimos para acá...

–No estaba al tanto –se excusó con cierto pesar el doctor Gutiérrez–. En realidad, nunca he sabido que le hayan hecho una entrevista o algo así, y usted debería ser tratada como toda una celebridad...

–Una celebridad de hace cincuenta años –ironizó ella–. Pero no. Nadie sabe de eso. Yo aquí soy la señora Bronstein...

–Pero en todo este tiempo me imagino que alguien más la habrá reconocido...

–Un par de veces, hace varios años. Pero lo negué. Además yo casi nunca salgo a la calle. No me gusta la vida social...

–O quizá lo que no le gusta es Lima...

–No mucho, la verdad, aunque el Perú sí. He ido a algunos pueblos muy bonitos, pero en general no soy una persona que se apasione por las cosas. Los finlandeses somos así, melancólicos por naturaleza. Dicen que somos la nación con la mayor tasa de suicidios... Además, me he ido quedando sola...

–¿Falleció su esposo...?

–Hace diez años... Fue algo duro. Pero lo más terrible fue haber perdido antes a mi único hijo. Murió muy joven, haciendo alpinismo...

–Entiendo, ningún padre está preparado para eso –reflexionó con voz comprensiva el médico–. Pero, dígame, ¿en qué ocupa ahora usted su tiempo?

–Leo. Leo mucho. Me gustan las novelas. Antes iba a las librerías a comprarlas, pero ahora las pido por internet. Es más fácil..

–Es más fácil, sí, pero de vez en cuando es bueno hacer algo de ejercicio...

–Sí, sí; lo sé. Yo hago yoga. Me relaja mucho. Una instructora muy buena viene a mi casa una vez por semana...

–Pero no todo tiene que hacerlo en casa. No tiene por qué quedarse encerrada...

Encerrada... –repitió pensativa la señora Bronstein–. Quizás ése sea un buen calificativo para mí... ¿Sabe? Desde que gané el concurso me he sentido como encerrada; como si, aunque nadie me viera, tuviera que comportarme como una reina. Mi primer matrimonio fracasó por eso: me tenían como un adorno, casi como un trofeo... Luego vino mi segundo esposo, que fue como un respiro hasta que murió mi hijo. Sí, a veces es como si estuviera encerrada, encarcelada en el pasado. Supongo que la muerte será una suerte de liberación...

–Créame que eso es algo que sentimos todas las personas mayores –trató de alentarla el doctor Gutiérrez–. Lo que tenemos que hacer es saber disfrutar del presente, darnos cuenta de lo nuevo...

–Bueno... ese dolor en la espalda por el que vine era algo nuevo, doctor... –aprovechó la señora Bronstein para retomar el motivo de la consulta–. ¿Cómo salieron mis exámenes?

El médico buscó los resultados en su escritorio y por primera vez los revisó. No había tenido tiempo de hacerlo antes. Después de algunos minutos, habló.

Para continuar leyendo el cuento, hacer clic aquí.

Beto Ortiz sobre Guillermo Thorndike

También se fue Guillermo Thorndike de quien se ha dicho mucho sobre su labor periodística. En la revista Caretas del jueves se puede leer una nota muy sentida de Raúl Vargas y Enrique Sileri sobre sus inicios en el periodismo y sobre ese olfato que los periodistas de antaño que curtieron en las calles hace ya tantas décadas. También una de las pérdidas más profundas que se tiene con su muerte es su obra más importante que quedará inconclusa: la biografía novelada y detallada de Miguel Grau, de la cual solo le faltaba el libro final, sobre la tragedia de Angamos.


Me llevaron ante él como se lleva a un monaguillo frágil ante un papa tremebundo. Yo era un estúpido de 21 años, estaba aún en la de Lima y solapeaba un poco mi almita nerd con un corte de pelo Soda Stereo, un polito de Tracy Chapman, las mismas All Star de caña alta que ahora se ponen los emos y el mismo estudiado aire sombrío que me otorgaba ese innecesario sobretodo negro hasta el tobillo que el film Matrix pondría de moda una década después. Por esos días yo era una especie de negro humorístico, me cachueleaba –como ahora– escribiendo payasadas: historietas aptas para todos, falsos horóscopos, chistes absurdos que otros dibujaban y firmaban. Un día, mi jefe –Alfredo Marcos, el inagotable men de Los Calatos– vino a decirme que había puesto mi nombre en una lista de jóvenes que serían convocados para trabajar en un diario que estaba a punto de aparecer. Me recomendó que buscara lo más presentable que hubiera escrito porque, ese lunes de enero a las diez, tenía cita con Guillermo Thorndike. Yo –en mi presunta condición de humorista cachorro– sabía perfectamente quién era él. Sabía que debía sentirme, digamos, David del Águila siendo fichado por Emilio Estéfan. Sabía bien que se me estaba apareciendo la Virgen. Lo que no sabía era de qué modo quedaría sellado mi destino. Ese lunes de enero a las diez, los mismos ojos endemoniadamente azules con que Thorndike lo había visto casi todo, vieron en ese absoluto atorrante al germen de un reportero. 

Con tanta luminaria junta, el vestíbulo de la bonita casona de Javier Prado a la que habíamos sido citados parecía la antesala de una audición de Broadway. Músicos, poetas y locos, todos los antihéroes de mi adolescencia disfuncional estaban allí: Rafo León, Jorge Pimentel, Eloy Jáuregui, Rocío Silva Santisteban, ”scar Malca, Goyo Martínez, Jorge Frisancho y, con ellos, una caterva de imberbes cuyos nombres sonarían fuerte años después: Phillip Butters, Elsa Úrsula, Iván García y, sin ir más lejos, Andrés Edery, (el dibujante que hoy ilustra esta página y al que, en aquel entonces, una unidad móvil del diario recogía a la salida del colegio) and last but not least, otro nene hiperactivo de melena rubicunda que se la pasaba hueveando por la naciente redacción, cabalgando sobre el lomo de un giant terrier: Augustito Thorndike. Cuando llegó mi turno de comparecer ante su mítico papá, chapé mi sobre Manila y se lo entregué, algo tembleque pero siempre pegándola de autosuficiente. Era un recorte del suplemento “NO”, un relato en el que –con suma crueldad– detallaba las vicisitudes de un pobre niño gordo y pavo que se había meado en la cama hasta los doce años: yo. La estentórea risotada de Guillermo resonaba en aquella casa semivacía como si alguien hubiera hecho estallar bombardas de Navidad. Leía un párrafo, se carcajeaba, se congestionaba todo, sudaba, bufaba, hacía una pausa para respirar y continuaba con la lectura, absolutamente absorto. Con la cara toda colorada como una manzana acaramelada, aquel gigante tierno al que yo había creído tan temible se estaba divirtiendo como un niño. Poco le faltaba para tirarse al suelo de la risa. “La chamba es mía”, pensaba yo, alucinándome el nuevo Sofocleto pero cuando Thorndike terminó de leer, me escrutó unos segundos por encima de los lentes que tenía puestos siempre a media nariz y su mirada de entomólogo me convirtió en un bicho, un chanchito de tierra al que acababan de clasificar:

- Muy bien. Vas al dominical. 
- ¿Sección de humor?
- No. Humoristas ya tengo. Necesito grandes reportajes. ¿Has hecho reportajes?
- Nunca.
- ¿Crónicas?
- Tampoco.
- No importa. Aquí los va a hacer. ¿Cuántas palabras tienen estos relatos tuyos?
- Unas seiscientas.
- Aquí vas a escribir, mínimo, siete mil palabras. 
- Glup…
- Grandes historias con mucho despliegue gráfico, seis páginas cada domingo, ¿podrás? 
- Sí, claro, normal. 

¿Sí?, ¿claro?, ¿normal? ¿SIETE MIL palabras? Ni siquiera juntando todo lo que había escrito en mi vida –composiciones escolares incluidas– hubiera podido sumar siete mil palabras. Acababa de firmar mi sentencia de muerte. Más temprano que tarde aquel ogro reilón me iba a terminar devorando con zapatos y todo. Si siempre me había tomado veranos enteros completar las mil palabras con las que perdía todos los años el concurso de cuento de Caretas, ¿de dónde iba a sacar siete mil fuckin’ palabras CADA SEMANA? ¿Cómo se me ocurría aceptar semejante encargo? Y además, ¿para qué me metía a escribir cosas en serio si yo no quería ser reportero ni cronista?, ¿acaso lo que quería no era convertirme algún día en el Nicolás Yerovi del 2000?

- ¿Ya tienes algún tema para tu primer reportaje?
- No.
- ¿No hay algo sobre lo que quisieras escribir?
- Bueno, yo…
- No importa. Escribe sobre el quechua.
- ¿El-que-chua?
- Sí, el quechua. Un reportaje sobre el quechua.
- Pero… ¿qué pasa con el quechua?
- No sé. Averigua.

Pruebe el lector a escribir no siete mil sino ¡siete!, escriba apenas siete palabras sobre el quechua, a ver qué le sale. Nada, claro. Y eso fue lo que me salió durante los siguientes días desesperados: nada. Alentado por el sensei Kike Sánchez, a la sazón mi estoico editor, entrevisté a todos los especialistas, a todos los filólogos, a todos los quechuistas que existen sobre la tierra, pero a la hora de sentarme ante la máquina de escribir, lo único que me salía eran unas parrafadas intragables, dignas del peor Bruño. Boté montañas de papel al tacho, me acabé varias cajetillas de Premier y una lata entera de Nescafé, me amanecí de miércoles para jueves masacrándome los dedos contra las teclas y como el jueves se pasó volando y no había terminado, me amanecí también de jueves para viernes. El reloj dio las cinco de la tarde, La hora H había llegado. Thorndike tomó entre sus manazas el fajo de papeles tachoneados, los leyó sin hacer ni un solo comentario, sin reírse, sin mover una ceja y cuando hubo terminado de leer, aquel gigante temible al que yo había creído tierno rompió, iracundo, mi artículo y lanzó los pedacitos por los aires.

-Esto es una buena mierda. Escríbelo otra vez.

Y como cuando se escribía a máquina, no había control + s ni USB, escribirlo todo otra vez significaba exactamente eso: empezar desde cero. Lo escribí todo de nuevo, claro. Varias veces, hasta que, por fin, la versión número cuatro o cinco le gustó. Y así, mi primer reportaje salió publicado en la primera edición dominical de “Página Libre” bajo el título que, por supuesto, él le puso: El turno del ofendido. Aquí lo tengo bien enmarcadito, colgado en la pared de mi escritorio para no olvidarme nunca –NO PAIN, NO GAIN– de aquella severísima lección de amor. Es difícil escribir bien pero se aprende.

Gracias, Guillermo.

Gran Torino, lo último de Clint Eastwood

La próxima semana se nos viene esta película que tal vez sea la última en que Eastwood actúe. Sin embargo, aun podremos apreciar el talento único para contar historias del muchas veces ganador del Oscar (Million Dolar Baby, por ejemplo). Para los que no desean esperar les doy el dato que hoy domingo estará en preestreno en muchos cines limeños.  

(Por Miguel Moreno) Confluyen en esta cinta muchos factores bien conjugados: Un Eastwood con un papel que le sienta como un guante, una historia simple, pero, una vez más, efectista (y ni falta que le hace más) y la vasta experiencia en dirección que rebosa oficio, mucho oficio. 

Cabe destacar que como siempre, las historias de este director siempre te dejan pensando en los títulos de crédito, te remueven y tienen significado importante, y esta es una más. Se la podría calificar de obra menor (que para nada lo es bajo mi punto de vista) porque siempre se tienen grandes expectativas de Eastwood como director, como he leído en otras críticas, pero mi aportación es diferente. La cinta queda compensada en otros aspectos si el guión no es todo lo rotundo que cabe esperar. Y Clint sabe compensar, sabe dirigir, sabe contar, sabe emocionar, sabe crear. ¿Gran Torino cae en tópicos? ? Y qué si lo hace tan brillantemente, sabiendo como sabe Clint que esos tópicos encajan tan bien? No todos los que manejan una cámara manejan eso.

Excelentemente retratado ese choque frontal entre culturas, ese Walt que se va abriendo poco a poco cuando estaba cerrado a candado, esa mirada que solo él sabe poner, esos remordimientos que sabe se llevará a la tumba por recuerdos del pasado, esa no aceptación de que el mundo ha cambiado y uno no quiere cambiar con él aunque al final esté obligado en cierta manera, y ese humor tan característico (atención al amigo peluquero) que viene tan bien además. Y ese Gran Torino, esa máquina perfecta y atesorada que es el nexo de unión entre dos mundos distintos, dos culturas tan diferentes. Todo esto empaquetado siempre, por la mano maestra. 

Con algunas escenas memorables (ese apuntar con la mano no lo hace cualquiera) y una interpretación soberbia por su parte, se aprecia todavía más esa guinda en los créditos finales donde este señor se atreve a cantar la excelente canción que escuchamos, con esa voz inconfundible, y ese sosiego que es saberse uno de los grandes.

Sobre el Museo de la Memoria

Aunque ha pasado ya una semana de la publicación de esta argumentación vargasllosiana, creo que es importante leerla y no solo haber escuchado que nuestro mayor escritor ha generado una polémica con el ministro de Defensa, Antero Flores Aráoz, en donde una vez más un político no hace más que desprestigiar con ignorancia y argumentos débiles, por no decir de una ficción fronteriza, una necesidad nacional.

El Perú no necesita museos

Por Mario Vargas Llosa (El Comercio)

El autor de esta teoría —que el Perú no necesita museos mientras sea pobre y con carencias sociales— es el señor Ántero Flores-Aráoz, ministro de Defensa del Gobierno Peruano. No se trata de un gorila lleno de entorchados y sesos de aserrín sino de un abogado que, como profesional y político, ha hecho una distinguida carrera en el Partido Popular Cristiano del que se separó hace algún tiempo para representar al Perú como embajador ante laOEA (Organización de Estados Americanos). ¿Qué puede inducir a un hombre que no es tonto a decir tonterías? Dos cosas, profundamente arraigadas en la clase política peruana y latinoamericana: la intolerancia y la incultura.

Para situar el úcase del ministro en su debido contexto hay que recordar que, entre 1980 y 2000, el Perú padeció una guerra revolucionaria desatada por Sendero Luminoso cuyo salvajismo terrorista provocó una respuesta militar de una desmesura también vertiginosa. Cerca de 70 mil peruanos, la inmensa mayoría de los cuales eran humildes campesinos de los Andes y habitantes de los pueblos más pobres y marginales del país, murieron en ese cataclismo.

Al terminar la dictadura de Alberto Fujimori (a punto de ser condenado en estos días por los crímenes contra los derechos humanos perpetrados durante su régimen), el gobierno democrático nombró una Comisión de la Verdad y la Reconciliación para investigar la magnitud de esta tragedia social. Presidida por un respetado intelectual y filósofo, el doctor Salomón Lerner, ex rector de la Pontificia Universidad Católica del Perú, la comisión elaboró un documentado estudio de esos años sangrientos y un cuidadoso análisis de las causas, consecuencias y el saldo en vidas humanas, destrucción de bienes públicos y privados, torturas, secuestros, desaparición de personas y de aldeas de la violencia de esos años. Un vasto sector de opinión pública reconoció el valioso trabajo de la comisión, pero, como era de esperar, sus conclusiones fueron criticadas y rechazadas por círculos militares y por las pandillas sobrevivientes del fujimorismo que, de este modo, se curaban en salud de su complicidad con un régimen autoritario que, además de cleptómano y corrompido hasta los tuétanos, detenta un pavoroso prontuario de asesinatos, torturas y desapariciones perpetrados con el pretexto de la lucha antisubversiva.

La comisión organizó, con los materiales de su investigación, una de las más conmovedoras exposiciones que se hayan visto jamás en el Perú y que todavía se puede visitar, aunque en formato algo reducido, en el Museo de la Nación, en Lima. Llamada “Yuyanapaq” (Para recordar), muestra, en fotos, películas, cuadros sinópticos y testimonios diversos la ferocidad demencial con que los terroristas de Sendero Luminoso y del MRTA (Movimiento Revolucionario Túpac Amaru), y, también, comandos de las Fuerzas Especiales y grupos de aniquilamiento —como el tristemente célebre grupo Colina— sembraron el horror segando decenas de millares de vidas humanas inocentes y la impotencia y desesperación de los sectores más humildes y desamparados del país ante ese vendaval que se abatió sobre ellos desencadenado por el fanatismo ideológico y el desprecio generalizado de la moral y de la ley.

Cuando la primera ministra alemana, Angela Merkel, vino en visita oficial al Perú ofreció que su gobierno ayudaría a financiar un museo de la memoria, que, siguiendo las pautas sentadas por “Yuyanapaq”, sería, a la vez, un documento genuino, didáctico y aleccionador sobre los estragos materiales y morales que padeció el Perú en los años del terror y un llamado a la reconciliación, a la paz y a la convivencia democrática. Por razones obvias, Alemania es sensible a estos temas y no es extraño que un país que ha hecho un admirable esfuerzo para enfrentarse a un pasado atroz con sentido autocrítico y ha conseguido superarlo y es por eso, ahora, una sociedad sólidamente democrática, haya querido apoyar la iniciativa de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación.

Para continuar leyendo el discurso, hacer clic aquí.