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domingo, 15 de marzo de 2009

Beto Ortiz sobre Magaly Solier

Quizás unas de las mejores reseñas que he leído sobre La teta asustada ha sido la de Beto Ortiz. No por su alto conocimiento semiótico que ayude al lector a comprender los innumerables símbolos que la película de Claudio Llosa presenta, sino porque las palabras de Beto comulgan con las sensaciones que a muchos nos ha dejado la película. Esta mujer, Magaly Solier, huantina y nieta de una mujer asesinada por la guerra interna terrorista del Perú de los 80 y 90 tiene un dolor, pero también rabia. Ella al igual que Fausta tiene cuentas pendientes con la vida. 


Magaly Solier no es una actriz, es una tempestad. Una granizada fantástica, una lluvia no predicha, una tormenta de nieve en la puna. La noche que se precipitó sobre nuestro programa, nos movió el piso a todos con su extraña hermosura. Su dulcísima inocencia te desarma por completo. 

Su sola presencia es una luz boreal que te hace parpadear y su figurita etérea –que las cámaras adoran– la emparenta con las diminutas hadas que merodeaban por el laberinto del fauno. Pero la profundidad de su mirada evidencia el tipo de inteligencia fiera que no puede evitar cierta suave simpatía por el mal. Si consigues sostenerle la mirada notarás que uno de sus ojos tiene una manchita, una nubecilla oscura, un lunar aciago, como si una gota de sangre ajena le hubiera salpicado en medio de quién sabe qué violencias. Es este rasgo casi invisible el que salva a Fausta –su memorable personaje– de ser la típica sufridita achachau de las estampas indigenistas. Fausta tiene sangre en el ojo, tiene cuentas pendientes, tiene el llanto de siglos embalsado, tiene rabia. Y la rabia siempre salva.
* * *
Flotando en el aire acondicionado de mi oficina, escribiendo esto un sábado por la tarde, con el sol alardeando afuera y el canal casi vacío me siento Fausta sentadita en su cocina. Una doméstica inmóvil en su cocina impecable que, en realidad, ni siquiera es su cocina. Es la cocina de la dueña, ancha y ajena. No pues, no es esto con lo que ni ella ni nadie soñaría. Fausta está triste hoy, estuvo triste ayer, estará triste mañana. Corrección: Fausta no está triste, Fausta es triste. Por mucho que le regalen ropita nueva y me la vistan de bobos y festones. Cuando ya no es posible establecer su origen con precisión, la tristeza deja de ser un estado de ánimo y se convierte en una música de fondo, en un camino que se abre solito bajo tus pies, en un designio. O acaso en el mitológico castigo que mereces, en la sanción de un dios sabio que te hace mierda en nombre de lo mucho que te ama, un padre bueno al que –en el fondo– todo esto le duele mucho, pero mucho más que a ti.

Estando aún en su vientre, Fausta ha visto con horror cómo unos malditos violaban a su madre. Nosotros también. Y lo seguimos viendo, todos los días de la vida. ¿No es acaso esta tierra herida en que vivimos una gran madre a la que vemos ultrajada una y mil veces por los mismos violadores que se turnan el festín? ¿Les pareció muy sorprendente que nuestro excelentísimo primer mandatario se haya abstenido estratégicamente de salir en la foto condecorando a Claudia Llosa? Ya pues, no seamos caídos del palto, tampoco había que sorprenderse tanto.

“Aquí estoy apestando a tristeza” –reza en quechua uno de esos ¿cánticos, mantras, salmos, letanías? mediante los cuales se van desenvolviendo asombrosamente las infinitas, exquisitas telas de cebolla –o de fardo funerario– que componen esta historia lancinante. La imagen no podía haber sido más certera: la tristeza aísla, aleja, encierra, confina, aburre, fatiga, enferma, asfixia, aniquila. Llevarla a cuestas equivale a convertirse en el portador perpetuo de un hedor insoportable que los ahuyenta a todos y que, sin embargo, con el paso del tiempo, se va volviendo cada vez más imperceptible a nuestro olfato hasta que llega el momento en que creemos que la peste se ha esfumado por completo. Grueso error. Sucede simplemente que ya nada huele a nada. 

Para continuar leyendo la crónica, hacer clic aquí.

viernes, 20 de febrero de 2009

Terminé de leer El diluvio

La desesperación de la modernidad

Antes de leer la novela, recomiendo la lectura del siguiente artículo: El objetalismo francés.

Con El diluvio J. M. G. Le Clézio se propone desesperar al lector, conmigo lo logró. Consecuentemente con la desesperación, el análisis. Desesperar en el buen sentido. No para tirar el libro a la basura, sino el afán de entender qué mundo está proponiendo en sus páginas. Puede ser la soledad, por decir algo, y en este sentido el libro adquiere una dimensión especial.

Me refiero a El diluvio, primer libro del último premio Nobel reeditado en español. Curiosamente, esta novela fue la primera de Le Clézio, publicada por Gallimard en París en 1966 y traducida al español para Seix Barral en 1969. Muy poco pegó en español en aquellos años, hasta el punto que desapareció de escena. Tal vez porque es un tipo de lectura para especialistas. No es para el lector común. Pues bien, ahora el Grupo Santillana lo trae de nuevo a nuestros ojos. 

Hace cuarenta años el libro no llegó a entenderse porque Le Clezio es un autor de la línea del objetalismo francés, sucesor de Claude Simon, también premio Nobel, de los tantos que lo ganan y se olvidan, y heredero de su hermetismo. Y de la línea de Gisella Elsner, la de Los enanos gigantes. 

Como bien sabemos, el objetalismo quiso darle prioridad a la objetividad, a los objetos, por encima de la acción y, por tanto, para poderlos hacer vivir en la literatura era necesario describirlos hasta el hartazgo. De ahí que para nosotros los latinoamericanos, que preferimos la narración porque en ella se impone la acción sobre la descripción, es pesado y desesperante un texto objetalista. Tal vez Le Clézio avance hacia el espíritu de las cosas, pero son las cosas las que abruman al hombre contemporáneo, al punto que no puede vivir sin ellas o, mejor, sin ellas moriría irremediablemente. El hombre contemporáneo es un ser alineado por los objetos que él mismo se inventó para su bienestar pero, son su condena, su esclavitud. De tal manera que Francois Besson, protagonista de El diluvio, con sólo ver una cajetilla tirada en el suelo, ya imagina miles de historias que ella suscita, y así hasta el desespero. Por ejemplo, el fumador, sus oficios, sus sueños, su escupitajo, cuántas bacterias, cuantas gotas de agua para acabar con la cajetilla, la esposa o la amante del fumador, el sombrero del fumador, y así hasta el infinito. Una cajetilla. O una gota de agua.

Pues hay que leer a Le Clézio, sin lugar a dudas. Sólo un consejo, si es que se puede dar, paciencia, sobre todo en las primeras cincuenta y dos páginas. Atención. Concentración. Porque se van a pasar muchas páginas sin avanzar nada, hasta que la angustia se apodere de su espíritu. Eso es lo que busca el autor, al parecer. Y en eso es un maestro.

Adaptado de elnuevodia.com