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miércoles, 25 de noviembre de 2009

NOSTALGIA POR LOS LIBROS BEST SELLERS

Se dice que un libro es considerado un bestseller cuando consigue una gran aceptación entre un público general, y, por ende pasa a formar parte de las listas de los más vendidos. Aunque, de manera más restringida, la expresión también puede ser utilizada para señalar el valor académico o artístico de la obra. Lo cierto es que el término, generalmente, sirve para tildar a una obra como éxito de ventas más que señalar su rigor académico.
En general se acusa - con mala leche - que los best seller contemporáneos han llegado a serlo como consecuencia de una bien organizada promoción propagandística dirigida por las industrias editoriales que ha tenido en cuenta los gustos, exigencias de consumo y expectativas de un público de masas.
El escritor peruano Jorge Eduardo Benavides, desde su blog en Boomerang, escribe un artículo a propósito de este tema. Considero necesario rebotarlo desde esta zona.

NOSTALGIA POR LOS BEST SELLER

Jorge Eduardo Benavides

Supongo que a estas alturas muchos, muchísimos de ustedes, ya habrán leído al menos la primera de las novelas de Stieg Larsson, ese fenómeno editorial que se enseñorea en el horizonte literario mundial con una intensidad poco frecuente. Supongo, en todo caso, que ya habrán leído las miles de palabras que se han escrito al respecto en foros, chats, blogs y periódicos digitales y de papel, de manera que nadie creo que se haga ilusiones respecto a la novedad de mis opiniones sobre el particular. Pero como yo terminé de leer la primera novela de la saga Millenium recién ayer por la tarde, me quedó una sensación un poco nostálgica respecto a estas novelas tan sugestivas e intensas que son -o suelen ser-- los best sellers. Porque leyendo las peripecias de Mikael Blomqvist y Lisbeth Salander recordé mis lecturas de primerísima juventud, esas que son una transición entre el último Julio Verne y el primer Milan Kundera, por decirlo así.

Me refiero a esas novelas de espías y adustos burócratas del telón de acero, de valiosos microfilms y falsificadores cultísimos, de agentes secretos algo nihilistas y envenenamientos en la Europa Central que nos brindaban Frederick Forsyth, o John le Carré. Pero sobre todo recordaba las de Arthur Hayley e Irving Wallace, voluminosas novelas de tramas bien urdidas y complejas, de personajes más bien livianos que casi no entorpecían la acción y se limitaban a ser escritores que fumaban pipa, habitualmente altos y solitarios, inteligentes y un pelín desencantados, vamos, como salidos de una novelita del Cosmopolitan, pero que funcionaban a la perfección en un argumento bien urdido y estudiado hasta el mínimo detalle. Esas novelas de seiscientas páginas (hoy todo el mundo se asombra de que una novela tenga seiscientas páginas...) que uno devoraba principalmente en los veranos, pero también en cuanto arañaba unas horas a otras ocupaciones, eran ficciones que uno sentía honestas, que detrás de las tramas y peripecias había un escritor preocupado en contar lo mejor posible su historia, que se había pasado meses y meses investigando cómo funcionaba un hotel, un aeropuerto, el comité Nobel o la enrevesada jerarquía en la Casa Blanca, y entonces el lector veía alzarse ante sus ojos la minuciosa edificación de un universo si no complejo, al menos bien elaborado, y así nos dejábamos ganar por la historia.

Pero después no sé que pasó y aquellos viejos escritores de best sellers dieron paso a otros que más bien fueron un chasco, improvisados imitadores de tramas endebles y tópicos usados a granel, con personajes fascistoides e historias deslavazadas que se nos caían de las manos. Supongo que también ocurrió que muchos empezamos a apreciar en otras novelas la certidumbre de que el mundo no se dividía en buenos y malos, que las conjuras de los templarios eran inexistentes y que los rosacruces eran unos viejitos inofensivos, que el verdadero horror era algo más serio que asomaba en otros autores y que ahora disfrutábamos empecinados en tramas que exigían de nosotros algo más que el disfrute tibio de una lectura veraniega. Y por eso abandonamos los best sellers.

De allí, quizá, que leer a Larsson ha sido como volver a disfrutar de un placer olvidado y más bien juvenil, con héroes y villanos, con el bien triunfando sobre el mal, lo cual es un respiro. Y como brillaba un sol inusual en Madrid, el recuerdo de esas viejas lecturas ha sido más intenso. Larga vida a los buenos best sellers que no dan más que lo que ofrecen.

miércoles, 7 de octubre de 2009

A propósito de libros de papel y libros electrónicos

Esta semana leí, a medias, un artículo en donde Mario Vargas Llosa señalaba su desánimo frente a los ciberlibros y ciberdiarios
El escritor aseguró que aún había mucha incertidumbre con el libro electrónico, que sería recomendable que el papel y el formato digital convivan, aunque expresó su temor de que el e-book pudiera no ser compatible con el rigor y la profundidad de la gran literatura y que la vulgarizara.
Ivan Thays dijo, al respecto, que Vargas Llosa no se daba cuenta de que el e-book no solo estaba por convertirse en el futuro del libro sino que, incluso, sería la opción más realista para el próximo milenio porque no solo abarataría costos y democratizaría la lectura sino que incluso favorecería lo ecológico como en el caso de los e book alimentados con energía solar.
Seguro que hay mucho que decir al respecto. Por mi parte, sin mayor argumento, y a pesar de estar escribiendo para una pantalla electrónica, creo que la lectura todavía es más agradable a la antigüita: en papel y con olor a tinta. Aunque acepto que este último aserto lo he escrito acicateado por un impulso melancólico que me recuerda aquella frase del padre Manrique: Todo tiempo pasado fue mejor.
Ni modo, acepto que hay un viento tecnológico irreversible que se irá llevando todo el pasado, como, por ejemplo, las hojas del papel. No obstante, por mientras, les dejo este artículo de Sergio Ramírez en Boomerang que me parece válido para los románticos del libro.

LOS PERIÓDICOS QUE NO ENVEJECEN
En Sentencia previa, la película futurista de Steven Spielberg basada en el cuento de Philip K. Dick, hay una escena en el metro, o en el autobús, donde los pasajeros leen periódicos electrónicos compuestos de hojas de material flexible del tamaño de un tabloide. Las noticias, ilustradas con videos más que con fotografías, cambian a medida que se producen. El lector tiene entonces siempre en sus manos un periódico absolutamente actual, que no envejece nunca.
Estamos cada vez más cerca de esa lejana era del futuro que la película de Spielberg presenta como ciencia ficción. Los periódicos se pueden ya leer en las pantallas de los teléfonos celulares... Toda una revolución en el universo de la lectura, que pone seriamente en cuestión a los libros de papel... pantallas provistas de tinta digital en las que también se puede leer periódicos y revistas en cualquier parte que uno se encuentre, en la calle, en el autobús, en la casa, en la oficina.
EL VIEJO PAPEL
Google se ha propuesto digitalizar millones de libros de los fondos de las bibliotecas públicas, para ofrecerlos en línea a los lectores a través de las pantallas, y para ello alcanzó un acuerdo con autores y editores. Este acuerdo, que abriría las puertas para que un día todos los libros del mundo estén disponibles por la red cibernética... Todas estas son señales ominosas en contra del tradicional libro de papel y cartón, y hay quienes ven cercano su fin, lo mismo que el fin de los periódicos. Quizás estas señales son más graves, sin embargo, para los periódicos antes que para los libros. Uno de los diarios tradicionales de mayor prestigio en Estados Unidos, el Christian Science Monitor, cerró sus puertas de papel y se quedó nada más en la edición electrónica. Y las ediciones impresas de periódicos como The New York Times y Le Monde dejaron de ser rentables, y si siguen apareciendo es porque sus ediciones electrónicas, que sí tienen ganancias, lo permiten.
PERIÓDICOS QUE NO ENVEJECEN
He pensado más de una vez en una escena que me llena de nostalgia anticipada. El último periódico impreso se ha dejado de publicar en alguna parte del mundo hace ya tiempo. El viejo papel de imprenta ha desaparecido, su tersa textura, el ruido familiar que produce cuando pasamos las páginas, lo mismo que el olor de la tinta. La imagen de un ejemplar de cuaderno que arrastra el viento por una calle solitaria. Y los libros, tersos y amables, que se acarician con sensualidad antes de entrar en ellos, idos también.
Y si ya no leeremos los periódicos y los libros de papel, debemos entonces advertir que se trata también de un cambio en los conceptos filosóficos, que tiene que ver con la materia misma, que se gasta, envejece y desaparece, o se recicla, y con el sentido que tiene la palabra copia, nuestra copia del diario, nuestra copia del libro, que nos pertenece y pertenece a nuestra biblioteca. Se trata de un periódico y de un libro que pueden apagarse, y lo que tenemos en la mano es un receptor flexible conectado de manera inalámbrica a un gran cerebro distante.
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domingo, 3 de mayo de 2009

POEMA INÉDITO DE BENEDETTI

La Fundación Cultura del Sur, Agencia Española de Cooperación y Desarrollo y la Biblioteca Nacional rinden homenaje al poeta uruguayo Mario Benedetti dando conocer un poema inédito.
El presidente Zapatero, José Saramago, Joan Manuel Serrat y Sergio Ramírez contribuyeron al homenaje, celebrado el 28 de abril en la Biblioteca Nacional, con unas palabras escritas en las que dejaron constancia de su admiración hacia el poeta y la felicitación por la iniciativa a la Fundación Instituto de Cultura del Sur y a todos los colaboradores y participantes.
Además, la fundación ha publicado un crucigrama sólo de títulos de obras y poemas del poeta creado por Mambrino, y la propuesta de gran éxito de dedicar una composición al autor del Inventario bajo el título Amar a Mario.


Cuando la poesía

Cuando la poesía abre sus puertas

uno siente que el tiempo nos abraza

una verdad gratuita y novedosa

renueva nuestro manso alrededor

cuando la poesía abre sus puertas

todo cambia y cambiamos con el cambio

todos traemos desde nuestra infancia

uno o dos versos que son como un lema

y los guardamos en nuestra memoria

como una reserva que nos hace bien

cuando la poesía abre sus puertas

es como si cambiáramos de mundo.

Poema inédito de la obra en marcha de título provisional: Biografía para encontrarme
© Editorial Visor


lunes, 24 de noviembre de 2008

'Republicanos' - Fernando Iwasaki


Desde el día de hoy, en el blog, hacia la derecha, aparecerá un enlace que los llevará a la prestigiosa web el Boomerang. Desde esa página de consulta obligado para todo aquel que guste de las letras, encontré el último libro del peruano Fernando Iwasaki.


LA INDEPENDENCIA HISPANOAMERICANA quedó sellada tras la batalla de Ayacucho (1824), donde un ejército criollo derrotó a un ejército realista integrado mayoritariamente por indios. Casi doscientos años más tarde, soldados peruanos, ecuatorianos y colombianos vuelven a morir vistiendo el uniforme del ejército español en Líbano y Afganistán, mientras tropas de Honduras, Nicaragua y El Salvador permanecen acuarteladas en Iraq bajo bandera española.

Las repúblicas latinoamericanas se independizaron de España a comienzos del siglo XIX, pero después de dos siglos de suspicacias y resentimientos, Madrid ya ejerce en América Latina la misma fascinación que antaño tuvo París y la misma influencia que antes detentó Washington, mientras las multinacionales españolas consolidan su hegemonía desde el sur del Río Grande hasta el Cabo de Hornos, y los inmigrantes hispanoamericanos se integran en todos los estamentos de la sociedad española.

¿Cuál es el balance que podemos hacer de los caminos recorridos por España e Hispanoamérica doscientos años después de su separación política? ¿Hubo independencia religiosa, intelectual o literaria? Entonces, ¿por qué en América Latina surgen todavía libertadores y por qué en España se sigue hablando de independencia? Fernando Iwasaki ofrece respuestas a estas y otras preguntas en rePUBLICANOS, un ensayo irónico, erudito e inteligente que en ningún momento renuncia a la amenidad, la provocación y la prosa elegante.
Para seguir la lectura, clic aquí.