Mostrando las entradas con la etiqueta premio Nobel. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta premio Nobel. Mostrar todas las entradas

martes, 12 de octubre de 2010

Vargas Llosa, sexto Nobel de Literatura para Latinoamérica

A propósito del reciente Premio Nobel de Mario Varga Llosa, encuentro en el blog Papeles Perdidos, del diario El País, un interesante comentario sobre los escritores latinoamericanos que ya han obtenido dicho premio. Lo comparto con ustedes algunos fragmentos. Si desean el artículo en su totalidad los invito a visitar el blog del diario español.

Es el sexto premio Nobel para América Latina. En realidad este premio al escritor peruano se esperaba cada año desde hace 27, cuando en 1982 lo obtuvo el colombiano Gabriel García Márquez. Luego pareció inevitable cuando en 1990 lo ganó el mexicano Octavio Paz. De eso hace ya veinte años. Pero nada. Parecía que las moiras eran ciegas y lo tenían predestinado a la misma suerte injusta de Juan Rulfo y Jorge Luis Borges. Pero hoy, día de luna nueva, esa mala suerte se ha conjurado.
Aunque para los latinoamericanos era como si ya lo hubiera ganado hace muchos años.
El recorrido literario de lo que ha premiado la academia sueca a lo largo de su ya pasado siglo es interesante. Sin pretenderlo ha creado una especie de gran arco biográfico de la historia del continente.
Cuando en 1945 Gabriela Mistral obtuvo el Nobel de literatura, el resto del mundo empezó a saber un poco más de América Latina. En los versos de la poeta chilena confluyen los dos mundos, América y Europa. Una poesía tapizada de lo autóctono pero donde resuena la religión y creencias traídas de ultramar... Es en 1967 con el premio al guatemalteco Miguel Ángel Asturias cuando se muestra parte del lugar de donde procede el continente y del por qué de su idiosincrasia. Sus narraciones anidaban en lo aborigen, él conectaba esa memoria precolombina con el presente. Es el fundador de lo que habrá de ser conocido como realismo mágico a partir de su libro Hombres de maíz.
Pero es Pablo Neruda, Nobel de 1971, quien se rebela y pone en versos la geografía política y social del continente. Con él, la política y el reclamo se hizo arte en Latinoamérica. Antes, el amor y los desamores con su famoso Veinte poemas de amor y una canción desesperada... Pero fue Residencia en la tierra el que lo puso en las cumbres del mapa literario... Y otros libros donde miraba al pueblo y transmitía su sentir, el oprobio, la esperanza y la desesperanza.
Once años más tarde la academia sueca premia, en Gabriel García Márquez, a una generación irrepetible de autores latinoamericanos que desde su propio continente y desde fuera empezaron a reconstruir la memoria de América Latina. Y en su empeño ensancharon los lindes de un idioma. Fueron más allá del final del horizonte visible desde un punto fijo. Rulfo, Cortázar, Onetti, Vargas Llosa, Fuentes, Donoso, Cabrera Infante y otros más que radiografiaron, cada uno a su manera, la experiencia de una tierra aún desconocida para el resto del mundo...
Hasta que en 1990 llegó el Nobel a Octavio Paz. El poeta y ensayista mexicano trató de entender y hacernos comprender el origen de lo latinoamericano. A finales de la década del cuarenta era un prometedor poeta mexicano. A partir de ahí, lo suyo sería explorar, conquistar y volver a explorar. En su travesía literaria participó en el neomodernimo, el realismo y otros movimientos...
Ahora, en un día que precede a la luna nueva, esas cuatro maneras de mirar el mundo desde América Latina confluyen en la obra de Mario Vargas Llosa. Realidad mirada de frente, intención de entenderla y comprenderla, de aprender de ella. De una prosa que cuenta a la vez que analiza, y que analiza a la vez que hace soñar. Un escritor que siempre ha tomado el pulso de su tiempo, y como un relojero ha querido saber la función de cada pieza en el transcurrir de ese tiempo. Pero hay un aspecto que también es fundamental: la crítica o análisis literario. Su excelente y entusiasta aproximación a los libros que le apasionan. Su amor por la literatura, y su contagioso entusiasmo.
Y este arco de los seis premios Nobel latinoamericanos se condensa en la frase del propio Mario Vargas Llosa cuando dijo que “América Latina no puede renunciar a esa diversidad que hace de ella un prototipo del mundo”.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Sobre Harold Pinter

Ahora que Harold Pinter partió y con él una de las mentes más lúcidas que se haya dedicado a la dramaturgia transcribo parte de su discurso de agradeciemiento cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en el año de 1995. 

En 1958, escribí lo siguiente: 'No hay grandes diferencias entre realidad y ficción, ni entre lo verdadero y lo falso. Una cosa no es necesariamente verdadera o falsa; puede ser al mismo tiempo verdadera y falsa.'Creo que estas afirmaciones aún tienen sentido, y aún se aplican a la exploración de la realidad a través del arte. Así que, como escritor, las mantengo, pero como ciudadano no puedo; como ciudadano he de preguntar: ¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira?La verdad en el arte dramático es siempre esquiva. Uno nunca la encuentra del todo, pero su búsqueda llega a ser compulsiva. Claramente, es la búsqueda lo que motiva el empeño. Tu tarea es la búsqueda. De vez en cuando, te tropiezas con la verdad en la oscuridad, chocando con ella o capturando una imagen fugaz o una forma que parece tener relación con la verdad, muy frecuentemente sin que te hayas dado cuenta de ello. Pero la auténtica verdad es que en el arte dramático no hay tal cosa como una verdad única. Hay muchas. Y cada una de ellas se enfrenta a la otra, se alejan, se reflejan entre sí, se ignoran, se burlan la una de la otra, son ciegas a su mera existencia. A veces, sientes que tienes durante un instante la verdad en la mano para que, a continuación, se te escabulla entre los dedos y se pierda.Me han preguntado con frecuencia cómo nacen mis obras teatrales. No sé cómo explicarlo. Como tampoco puedo resumir mis obras, a menos que explique qué ocurre en ellas. Esto es lo que dicen. Esto es lo que hacen.Casi todas las obras nacen de una frase, una palabra o una imagen. A la palabra le sigue rápidamente una imagen. Os daré dos ejemplos de dos frases que aparecieron en mi cabeza de la nada, seguidas por una imagen, seguidas por mí.Las obras son 'The Homecoming' (La vuelta a casa) y 'Old times' (Viejos tiempos). La primera frase de 'The Homecoming' es “¿Qué has hecho con las tijeras?" La primera frase de 'Old times' es “Oscuro”.En ninguno de los casos disponía de más información.En el primer caso alguien estaba, obviamente, buscando unas tijeras, y preguntaba por su paradero a otro de quien sospechaba que probablemente las había robado. Pero, de alguna manera, yo sabía que a la persona interrogada le importaban un bledo tanto las tijeras como el interrogador.En 'Oscuro', tomé la descripción del pelo de alguien, el pelo de una mujer, y era la respuesta a una pregunta. En ambos casos me encontré obligado a continuar. Ocurrió visualmente, en una muy lenta graduación, de la sombra hacia la luz.

Para continuar leyendo el discurso hacer clic aquí.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Discurso de Le Clézio en español


"En la selva de las paradojas"

La crítica parece ser unánime con el discurso del Nobel 2008. La mayoría de críticas coincide en que se constituye en una de las reflexiones más coherentes y lúcidas de los últimos años acerca del papel de la literatura y del escritor. Un deber entonces será leerlo. Les transcribo las primeras líneas y coloco el enlace para que sigan la lectura.

¿Por qué escribimos? Creo que cada uno tiene su propia respuesta para esa simple pregunta. Uno tiene predisposiciones, un entorno, circunstancias. Defectos, también. Si estamos escribiendo, significa que no estamos actuando. Que nos encontramos en dificultades cuando enfrentamos a la realidad y hemos elegido otra manera de reaccionar, otro camino para comunicar, una cierta distancia, un tiempo para reflexionar. Si examino las circunstancias que me llevaron a escribir —y esto no es mera auto-indulgencia sino un deseo de precisión—veo con claridad que el punto de inicio para mí fue la guerra. No la guerra en el sentido del tiempo específico de un magno trastorno, donde se experimentan eventos históricos, como la campaña francesa en la batalla de Valmy, como la retrata Goethe del lado germánico o mi ancestro François por el bando de la armée révolutionnaire. Este debió ser un momento de exaltación y patetismo. No, para mi guerra es lo que los civiles experimentan, niños pequeños primero y todos los demás. Ni una sola vez la guerra ha sido para mí un momento histórico. Estábamos hambrientos, estábamos temerosos, teníamos frío, y eso es todo. Recuerdo haber visto a las tropas del Mariscal Rommel pasando por mi ventana en camino a los Alpes, buscando un pasaje hacia el norte de Italia y Austria. No tengo un recuerdo particularmente vívido de tal evento.  Recuerdo, sin embargo, que durante los años siguientes a la guerra carecíamos de todo, particularmente libros y materiales para escribir. A falta de papel y tinta, realicé mis primeros textos y dibujos en la contraportada de los libros usando un lápiz bicolor, rojo y azul. Esto me dejó una cierta preferencia por el papel rugoso y los lápices ordinarios. A falta de libros para niños, leía los diccionarios de mi abuela. 

Seguir el discurso haciendo clic aquí.

lunes, 8 de diciembre de 2008

"En la selva de las paradojas"

"En las selvas de la paradojas" se tituló el discurso del nobel de literatura Le Clézio. El título fue un préstamo que se permitió del escritor anarquista sueco Stig Dagerman, con lo cual se refiere a la vez a la oposición entre una concepción de la literatura que aspira ser para todos, pero que sigue existiendo para las minorías; y, como segunda paradoja, se centra en la figura del escritor como un ser solitario que a pesar de esa soledad desea comunicarse con la humanidad.

Le Clézio también rindió homenaje de forma directa a la literatura latinoamericana al referirse al escritor mexicano Juan Rulfo y a la influencia que las selvas tropicales de Panamá, lugar donde vivió largos periodos hace 30 años. Sobre esta última se refirió a una prodigiosa contadora de cuentos, Elvira, en la hostil selva de los amerindios, mediante quien comprendio que "la literatura podía existir, pese a todo el desgaste de las convenciones y de los compromisos, pese a la incapacidad de cambiar el mundo en la que se encontraban los escritores".

Así, en primer lugar, el escritor francés dedicó su Nobel a esa desconocida, para después rendir homenaje a autores litararios del mundo entero como el mexicano Juan Rulfo, el nigeriano Chinua Achebe, el mauritano Malcolm de Chazal y el poeta británico Wilfrid Owen.  Entre esas menciones, un peruano estuvo presente: José María Arguedas.

"To Jean-Paul Sartre, for the tears contained in his play Morts sans sépulture. To Wilfred Owen, the poet who died on the banks of the Marne in 1914. To J.D. Salinger, because he succeeded in putting us in the shoes of a young fourteen-year-old boy named Holden Caulfield. To the writers of the first nations in America – Sherman Alexie the Sioux, Scott Momaday the Navajo for The Names. To Rita Mestokosho, an Innu poet from Mingan, Quebec, who lends her voice to trees and animals. To José María Arguedas, Octavio Paz, Miguel Angel Asturias. To the poets of the oases of Oualata and Chinguetti. For their great imagination, to Alphonse Allais and Raymond Queneau. To Georges Perec for Quel petit vélo à guidon chromé au fond de la cour? To the West Indian authors Edouard Glissant and Patrick Chamoiseau, to René Depestre from Haiti, to André Schwartz-Bart for Le Dernier des justes. To the Mexican poet Homero Aridjis who allows us to imagine the life of a leatherback turtle, and who evokes the rivers flowing orange with Monarch butterflies along the streets of his village, Contepec. To Vénus Koury Ghata who speaks of Lebanon as of a tragic, invincible lover. To Khalil Gibran. To Rimbaud. To Emile Nelligan. To Réjean Ducharme, for life."

Algunos pasajes importantes del discurso:

"En la actualidad, después de la descolonización, la literatura es uno de los medios para que hombres y mujeres de nuestro tiempo expresen su identidad y reivindiquen su derecho a la palabra y a ser escuchados en su diversidad", estimó el novelista Le Clézio.

"La cultura a escala mundial es asunto de todos", dijo, añadiendo que el libro, pese a sus elevados precios en los países pobres, sigue siendo el mejor vector para acceder a la cultura, comparado con internet o el cine.

"El libro es, en todo su arcaísmo, la herramienta ideal. Es práctico, fácil de manejar, económico", afirmó el Nobel de 2008.

"Lo que le gustaría al escritor por encima de todo es actuar. Actuar en lugar de testimoniar. Escribir, imaginar, soñar, para que sus palabras, sus invenciones y sus sueños intervengan en la realidad, cambien las mentalidades y los corazones, abran un mundo mejor".

Pero el escritor sabe que "las palabras son palabras que el viento de la sociedad se lleva, que los sueños sólo son quimeras".

No obstante, Le Clezio rechaza una visión pesimista. La literatura, dice, "es una vía compleja, difícil, pero creo que es aún más necesaria hoy en día que en tiempos de Byron o de Victor Hugo".  

Para los que desean leer el discurso en inglés, francés, alemán o sueco clic aquí.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Le Clézio y América Latina

Este domingo 7 de diciembre en Estocolmo, Suecia, la Academia Sueca entregará en ceremonia tradicional los premio Nobel a todos sus ganadores. Como ya es costumbre, se aguarda diversos discursos de aceptación que celebren algún aspecto relacionado a las disciplinas o categorías de los premios. Por tal razón, se espera con expectativa la temática del discurso del Nobel francés. Se recuerda todavía el discurso de García Márquez, La soledad de América Latina, en el cual vincula la idiosincrasia de su prosa con la historia real maravillosa de nuestra América. Apenas tengamos noticias del discurso del escritor galo, lo comentaremos. Sin embargo, les dejo con un adelanto de la cadena ABC.

El premio Nobel de Literatura 2008, el francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, destacó hoy la influencia de América Latina en su obra y, en especial, de lo que supuso la desaparición de las culturas indígenas, hecho que calificó como "uno de los grandes dramas de la historia de la humanidad". 

Le Clézio, en una rueda de prensa que forma parte de los actos previos a la entrega del Nobel, el próximo día 10, afirmó rotundo: "América Latina ha contado mucho en mi vida, desde que descubrí a los 25 años las grandes crónicas españolas sobre la conquista de México". "Los españoles llegan a México en el siglo XVI, están ante una sociedad perfecta que funciona de forma absolutamente ejemplar, que tiene una filosofía, una literatura, una moral muy, muy fuerte y esa sociedad es abolida en el espacio de menos de cien años. Desaparece con un tercio de la población".

Un hecho histórico que el escritor calificó de "encuentro fallido" y un descubrimiento que le llevó a darse cuenta de que "una parte de la historia del mundo había sido destruida". Y que le hizo pensar en "todo lo que ha faltado en la historia del mundo, en la historia literaria, filosófica. América Latina no es el reclamo de la latinidad, es la parte incompleta de la historia mundial".

Para seguir la nota de ABC hacer clic aquí.

martes, 5 de agosto de 2008

LA PARTIDA DE UN NOBEL



Cito la columna del desaparecido en televisión y radio César Hildebrandt acerca del nobel ruso Soljenitsin. Es una buena oportunidad para acercarse a la literatura rusa, más allá de los genios de Tolstoi y Dostoviesky.

Muerte de un grande

Ayer ha muerto Alexandr Soljenitsin. Este columnista leyó a este ruso deslumbrante cuando estaba de moda restarle importancia –desde la izquierda-, o dársela sólo en el plano de la política –desde la derecha-.

Alguna vez, en una entrevista que me hiciera una estudiante de la UPC, me permití decir que el mundo de Joyce era el que más me había atraído pero que, como novelista, Soljenitsin era una cumbre en muchos sentidos solitaria.

La literatura rusa tiene una belleza especial y es, por su vigorosa identidad, una de las pocas literaturas que toleran el conflictivo predicado de “nacional”. Se diría que hay una manera eslava de narrar, así como hay un modo francés de pensar y puntuar y una respiración característica del español.

Soljenitsin tenía todos los méritos de sus antecesores –Tolstoi y Dostoievski principalmente- pero había hecho del típico descriptivismo ruso un arte inigualable, un arte-río que parecía incorporar en su torrente todos los elementos (incluyendo malezas, podredumbre) y llevarse de encuentro cualquier defensa que el lector opusiese. Con él no había escapatoria. Leerlo era ser hipnotizado.

“Un día en la vida de Iván Denísovich” es la mejor novela corta que haya leído jamás. Y “Pabellón del cáncer”, el mejor retrato del estalinismo que mi experiencia de lector puede ahora recordar. Pero “Agosto,1914”, el monumental fresco de la decadencia zarista previa a la primera guerra mundial, demostró que el arte de este gigante de la literatura aspiraba (y llegaba al borde de la hazaña) a lo que Vargas Llosa ha llamado con insistencia “la novela total”, esa manía afiebrada de remedar a Dios creando un mundo paralelo tan convincente como aquel en el que amamos y morimos.

En los años 70, cuando empecé a leerlo, a Soljenitsin le hacían mucha publicidad los chicos de la caverna internacional. Y es que él se había convertido en un símbolo de la resistencia a la dictadura del comité central del partido comunista. De modo que cuando abrí “Un día en la vida de Iván Denísovich” lo hice con el mismo miedo con el que abordé a Boris Pasternak.

¿Sería Alexandr Soljenitsin un Nobel propagandístico, como lo fue Pasternak, o estábamos frente a un creador de verdad que el conservadurismo –bajo su responsabilidad- había convertido en arma “antisoviética”?

Me bastó leer las primeras páginas de “Un día en la vida de Iván Denísovich” para reconocer la mezquindad de mi sospecha. No, este no era el talentoso aunque sobrevalorado Pasternak. Ni era el casi inventado Andrei Siniavski. Ni el “preferido de Susan Sontag”, Víctor Serge. Este era un genio, un tipo que escribía con la naturalidad de una función corporal.

A Soljenitsin no le permitieron salir de la URSS, en 1970, para recibir el Nobel de literatura. Los vejetes que habían ordenado, dos años antes, la invasión de Checoslovaquia (y de los que hoy nadie se acuerda) añadieron una vergüenza más a la muy gorda lista de abusos y crímenes del estalinismo.

No les bastó que el novelista hubiese pasado ocho años de su vida en distintos campos de confinamiento –incluyendo un hospital oncológico donde fue recluído sin padecer de cáncer-.

Y en 1974, luego de la publicación de “Archipiélago Gúlag” –quizá su obra menos importante- esos mismos vejetes –un poco más depravados por el uso- lo despojaron de la nacionalidad soviética y lo expulsaron de sus territorios. Fue a la vez una bendición y una maldición.

Bendición por el banquete de libertad que supuso. Maldición porque Soljenitsin, arropado por la derecha más estrafalaria, se convirtió, políticamente hablando, en una caricatura de sí mismo, un portavoz de las nostalgias de los Romanov, un modo sobrio de ser Yeltsin.

Desde el punto de vista literario, Soljenitsin ya no podía ofrecer más. Se dedicó a ser usado y a dictar conferencias mientras preparaba un ensayo –que publicaría en el 2001- sobre la convivencia de rusos y judíos a lo largo de los dos últimos siglos.

Extinguida la Unión Soviética –con vejetes y todo-, volvió a Rusia en 1994. En los últimos tiempos pareció comprender, con amargura, que lo que Occidente le pedía a los rusos no era la democracia (más o menos conquistada) ni el capitalismo (entusiastamente asumido, taras y mafias incluidas) sino la estricta sumisión.

Y hace dos años, por fin, se enfrentó a la Unión Europea y a su brazo armado (la OTAN) por el asunto del escudo misilístico con el que Washington decidió acorralar a la Federación.

Pero Soljenitsin no era el comentarista político que muchos quisieron callar o aprovechar. Fue el maravilloso novelista que termina con estas palabras ese homenaje a la perfección que es “Un día en la vida de Iván Denísovich” (parte clave de su autobiografía carcelaria):

“Ha pasado un día, un día que nada ha podido oscurecer, un día casi feliz. De estos días, cuando termine su condena, habrá pasado tres mil seiscientos cincuenta y tres. Los tres de más, a causa de los años bisiestos”.

Fuente original Diario La Primera