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lunes, 23 de febrero de 2009

El lector (primeras líneas)

Creo que debo decir que me gustó El lector, no solo por la trama intensa donde las pasiones humanas nos llevan al límite y cómo comprobamos que son fuerzas incontralobles para la razón. Sin embargo, también me gustó porque El lector tiene una narrativa directa, es decir, un estilo limpio que hace de la lectura un placer. El libro consta de dos partes. Aquí les dejo las primeras líneas, como antes se hizo con Benjamin Button, a los que deseen leerlo completo dejen un comentario.

1

A los quince años tuve hepatitis. La enfermedad empezó en otoño y acabó en primavera. Cuanto más fríos y oscuros se hacían los días, más débil me encontraba. Pero con el año nuevo las cosas cambiaron. El mes de enero fue templado, hasta el punto de que mi madre me instaló la cama en el balcón. Veía el cielo, el sol y las nubes, y oía a los niños jugar en el patio. Una tarde de febrero oí cantar un mirlo.

Vivíamos en el segundo piso de una espaciosa casa de finales del siglo pasado, en la Blumenstrasse. La primera vez que salí después de la enfermedad fue para dirigirme a la Bahnhofstrasse. Fue allí donde, un lunes de octubre, volviendo del colegio a casa, me puse a vomitar. Ya hacía días que me sentía débil, más débil que nunca en mi vida. Cada paso me costaba esfuerzo. Cuando subía escaleras en casa o en el colegio, las piernas casi no me sostenían. Tampoco tenía ganas de comer. A veces me sentaba a la mesa con apetito, pero enseguida me vencía el asco a la comida. Por la mañana me levantaba con la boca seca y la sensación de que mis órganos internos pesaban más de lo normal y estaban fuera de su lugar habitual en el cuerpo. Me avergonzaba de sentirme tan débil. Y me avergoncé especialmente cuando vomité. Eso tampoco me había pasado nunca en la vida. De repente, la boca se me llenó de vómito; intenté tragar, apreté los labios y me tapé la boca con la mano, pero el vómito se me salió a través de los dedos. Luego me apoyé en una pared, miré el charco de vómito y arrojé una papilla clara.

Una mujer acudió en mi ayuda, casi con rudeza. Me cogió del brazo y me condujo hasta un patio, a través de un oscuro pasillo. Arriba había tendederos colgados de ventana a ventana, con ropa tendida. En el patio había madera almacenada; en un taller con la puerta abierta chirriaba una sierra y volaban virutas. Junto a la puerta del patio había un grifo. La mujer lo abrió, me lavó la mano sucia y luego ahuecó las manos, recogió agua y me la echó en la cara. Me sequé con un pañuelo.

—¡Coge el otro!

Junto al grifo había dos cubos; ella cogió uno y lo llenó. Yo cogí y llené el otro y la seguí por el pasillo. La mujer tomó impulso, y el agua cayó sobre la acera y arrastró el vómito por encima del bordillo. Luego me quitó el cubo de las manos y arrojó otra oleada de agua sobre la acera.

Al incorporarse me vio llorar. «Ay, chiquillo, chiquillo», dijo sorprendida. Me abrazó. Yo era apenas un poco más alto que ella, sentí sus pechos contra mi pecho, olí en la estrechez del abrazo mi aliento fétido y su sudor fresco y no supe qué hacer con los brazos. Dejé de llorar.

Me preguntó dónde vivía, dejó los cubos en el pasillo y me acompañó a casa. Caminaba a mi lado, con mi macuto en una mano y mi mano en la otra. La Bahnhofstrasse está cerca de la Blumenstrasse. La mujer andaba deprisa, y tan decididamente que yo la seguía sin titubear. Se despidió delante de mi casa.

Aquel mismo día, mi madre llamó al médico, que me diagnosticó hepatitis. En algún momento le hablé a mi madre de aquella mujer. De no haber sido así, no creo que hubiera vuelto a verla. Pero mi madre insistía en que, en cuanto pudiera valerme por mí mismo, comprara con mi dinero de bolsillo un ramo de flores y me presentara en casa de aquella mujer para darle las gracias. En fin: un día de finales de febrero me dirigí a la Bahnhofstrasse.

El lector (Der Vorleser)

Si ya estamos en la librería Crisol, valdría la pena preguntar por la novela El lector (The reader o Der Vorleser) y así ampliar la lectura y autores. Aunque la película no llega aún a nuestras salas, pero sí a Polvos Azules, sería un gran ejercicio leer esta novela y saber cómo está la literatura de Alemania. Mención aparte es que la historia ha cobrado vida y más relevancia gracias a la premiada y soberbia actuación de Kate Winslet.  

(Adaptado de La Librería) El lector es una obra aparecida en septiembre de 1997 y que ha tenido ocho amplias ediciones en su formato original y unas cuantas en su edición de bolsillo.

 

La historia del libro es sencilla a pesar de los recovecos insinuantes en los que nos sumerge una vez iniciada la lectura. Un chico de quince años atraviesa una hepatitis en época de la posguerra alemana. Vive en un tranquilo y pobre barrio junto a su familia. Un día, volviendo a casa desde el colegio, se encuentra mal y empieza a vomitar en plena calle. Hasta él llega una mujer que aparenta ser unos veinte años mayor. Le ayuda a lavarse y a encontrarse mejor, hasta que vuelve a casa. Al cabo de unos días su madre le pide que le lleve un ramo de flores como agradecimiento por su bondad. Y es en ese momento en el que, a consecuencia de la edad y su inocencia, empieza una relación amorosa dotada de ciertos hábitos especiales. Una relación que empieza ineludiblemente en una bañera y con las lecturas de ciertos clásicos por parte de Michael y que a ella, Hanna, le causan un gran placer. La mujer ejerce de revisora en un tranvía con unos horarios alternantes. Esta relación, a veces tormentosa, llega a su fin en el momento en el que ella, sin ningún tipo de explicación, desaparece. Pero el destino siempre vuelve, y el azar hará que Hanna conviva con él hasta el fin de sus días.

 

Nos encontramos con una obra compleja, bastante compleja. Lo que puede ser una historia romántica al más puro estilo “El graduado”, se nos va enrevesando con unos complejos mecanismos que no acabamos de dilucidar bien. Y es que, cuando nuestro chiquillo pasa a estudiar Derecho y a hacer ciertas prácticas en un juicio, empiezan a aflorar esos fantasmas del pasado y que vuelven con unas facetas que no teníamos idea de su repercusión. Y son esos fantasmas del pasado los que le hacen madurar al protagonista y los que le logran perturbar tomando conocimiento de hechos que creía alejados y que, a la postre, atormentan a todos aquellos que han tenido una mínima relación con los sucesos del holocausto.

 

Porque de eso es lo que va el relato. De la pena y la redención, de la expiación y la culpabilidad, del amor y el odio, de todo ello mezclado y de cómo el tiempo, que todo lo borra, no es capaz de ni tan siquiera depositar una pátina de lejanía en unos sucesos que nos han dejado sin aliento. Micheal no es capaz de discernir, en su maduración, si ese amor que ha condicionado toda su vida y ha llevado a la bancarrota a su posterior matrimonio, es algo por lo que merece luchar y redimir o es algo por lo que olvidar y pasar página. Pero muy a su pesar, esa página pesa demasiado en su memoria como para dar esquinazo a ese primer amor que nos marca de forma indeleble. Y esas lecturas, que en un principio toma por puro placer sensual junto a la bañera, se convierten en una losa placentera pero ineludible y que mantendrá durante los casi veinte años de separación, gracias a cintas magnetofónicas, y a pesar de saber la verdad sobre la historia de su amante. Porque ¿somos nosotros, meros espectadores de ese pasado infierno, jueces valedores en caso de saber la verdad sobre los acontecimientos? En este caso ni los consejos de su padre, filósofo y maestro, ni los de su profesor de Derecho, le harán ver que la redención hay que trabajársela uno mismo. En este caso la culpable Hanna. Que sus ayudas pueden ser algo que haría más daño que beneficio está por ver, un algo que con los años entenderá aunque arrastre ese pesar toda su vida…


Sobre el autor, Bernhard Schlink  


Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944) ejerce de juez y vive entre Bonn y Berlín. Es el autor de tres novelas policíacas acogidas con gran éxito de público y galardonadas con diversos premios: La justicia de Selb, escrita en colaboración con Walter Popp, y, ya en solitario, El engaño de Selb y El fin de Selb. Después publicó El lector, que fue saludada como un gran acontecimiento literario, tanto en Alemania como en sus treinta traducciones, se convirtió en un extraordinario best-seller internacional y fue galardonada, entre otros, con el Premio Hans Fallada y el Welt de Literatura, el premio italiano Grinzane Cavour y el francés Laure Bataillon, y el Premio Ehrehgabe de la Dusseldorf Heinrich Heine Society. Su posterior libro, Amores en fuga, confirmó su extraordinario talento. El regreso es su última novela.


La reseña de Anagrama de El lector es la siguiente:


"Michael Berg tiene quince años. Un día, regresando a casa del colegio, empieza a encontrarse mal y una mujer acude en su ayuda. La mujer se llama Hanna y tiene treinta y seis años. Unas semanas después, el muchacho, agradecido, le lleva a su casa un ramo de flores. Éste será el principio de una relación erótica en la que, antes de amarse, ella siempre le pide a Michael que le lea en voz alta fragmentos de Schiller, Goethe, Tolstói, Dickens... El ritual se repite durante varios meses, hasta que un día Hanna desaparece sin dejar rastro. Siete años después, Michael, estudiante de Derecho, acude al juicio contra cinco mujeres acusadas de criminales de guerra nazis y de ser las responsables de la muerte de varias personas en el campo de concentración del que eran guardianas. Una de las acusadas es Hanna. Y Michael se debate entre los gratos recuerdos y la sed de justicia, trata de comprender qué llevó a Hanna a cometer esas atrocidades, trata de descubrir quién es en realidad la mujer a la que amó... Bernhard Schlink ha escrito una deslumbrante novela sobre el amor, el horro y la piedad; sobre las heridas abiertas de la historia; sobre una generación de alemanes perseguida por un pasado que no vivieron directamente, pero cuyas sombras se ciernen sobre ellos".