jueves, 7 de diciembre de 2006

Cuento de Navidad por Truman Capote

Una Navidad

PRIMERO, UN BREVE PREÁMBULO autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleans. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa: quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama.
Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleans, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, "a una" prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga. Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo, bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleans: mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad.
Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: "Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve".
¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleans, ya que Nueva Orleans es aún más calurosa. Pero qué más da. Intentaba infundirme coraje para emprender el viaje.
Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. El caso es que iba a hacer el viaje solo. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.
Se trataba de un viaje de más de setecientos kilómetros, poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.
Era Nueva Orleans.
Y, de pronto, al bajar del autobús, un hombre me rodeó con sus brazos y me exprimió la respiración; reía y lloraba; un hombre alto y apuesto, riendo y llorando. Dijo:
-¿No me conoces? ¿No conoces a tu padre?
Yo había enmudecido. No dije una sola palabra hasta que, al fin, mientras íbamos ya en un taxi, le pregunté:
-¿Dónde está?
-¿La casa? No muy lejos.
-No, la casa no. La nieve.
-¿Qué nieve?
-Creía que habría un montón de nieve.
Me miró con extrañeza, pero acabó por reír.
-Nunca ha nevado en Nueva Orleans. Al menos que yo sepa. Pero escucha: ¿oyes ese trueno? Seguro que va a llover.
NO sé qué es lo que más me asustaba, si el trueno, los fulminantes rayos que lo seguían, o mi padre. Aquella noche, al acostarme, seguía lloviendo. Recité mis oraciones y recé para estar pronto de vuelta en casa con Sook. No sabía cómo iba a poder dormirme sin que ella me diera el beso de las buenas noches. Lo cierto es que no conseguía dormirme, de modo que me puse a pensar en lo que iba a traerme Papá Noel. Quería un cuchillo con el mango de nácar. Y un gran rompecabezas. Un sombrero de cowboy con un lazo de rodeo. Un rifle BB para matar gorriones. (Años más tarde, tuve una escopeta BB con la que maté un sinsonte y un mirlo, y jamás he podido olvidar cuánto lo sentí y cuánta pena me dio; nunca volví a matar otra cosa, y todos los peces que pesqué los devolví al agua). También quería una caja de lápices. Y, más que cualquier otra cosa, una radio, pero sabía que era imposible: no conocía ni a diez personas que tuvieran radio. Recordarán que era la época de la Depresión, y en el Profundo Sur eran escasas las casas que tenían radio o refrigerador.
Mi padre tenía las dos cosas. Parecía tenerlo todo: un coche con el asiento trasero descubierto, por no hablar de una casita color rosa en el Barrio Francés, con balcones de hierro forjado y un patio interior ajardinado, lleno de flores y refrescado por una fuente en forma de sirena. También tenía media docena, por no decir toda una docena, de amigas. Al igual que mi madre, mi padre no había vuelto a casarse; pero los dos tenían admiradores asiduos, y, quisiéranlo o no, antes o después recorrieron el camino del altar; en realidad, mi padre lo recorrió seis veces.
Pueden, pues, comprobar que tenía un gran encanto; y, de hecho, parecía seducir a la mayoría de la gente, a todos menos a mí. Eso era lo que me azaraba tanto, siempre arrastrándome de aquí para allá para que conociera a sus amigos, a todos, desde el banquero hasta el barbero que le afeitaba cada día. Y, naturalmente, a todas sus amigas. Y lo que es peor: se pasaba el tiempo besándome, achuchándome y presumiendo de mí. ¡Me sentía tan avergonzado! Primero, no había nada de qué presumir. Yo era un auténtico chico de campo. Creía en Jesús y rezaba concienzudamente mis oraciones. Estaba convencido de que existía Papá Noel. Y, en mi casa de Alabama, excepto para ir a la iglesia, nunca llevaba zapatos, ni en invierno ni en verano.
ERA una auténtica tortura ser arrastrado por las calles de Nueva Orleans dentro de aquellos zapatos fuertemente atados, calientes como el infierno, tan pesados como el plomo. No sé qué era peor, si los zapatos o la comida. En mi casa estaba acostumbrado al pollo a la parrilla, a las verduras estofadas, a las judías con mantequilla, a pan de maíz y a otras cosas reconfortantes. ¡Pero esos restaurantes de Nueva Orleans! Nunca olvidaré mi primera ostra, era como un mal sueño deslizándose por mi garganta; tuvieron que transcurrir décadas antes de que volviera a tragar otra. En cuanto a toda esa comida criolla cargada de especias, sólo pensarlo me da acidez. No señor, yo añoraba las galletas recién sacadas del horno, la leche fresca de vaca y la melaza casera.
Mi pobre padre no tenía ni idea de cuán desgraciado era yo, en parte porque nunca dejé que lo notara ni porque jamás se lo dije; en parte porque, aunque mi madre protestara, él se las había ingeniado para conseguir mi custodia legal durante las vacaciones de Navidad.
Me decía:
-Di la verdad, ¿no quieres venir a vivir aquí conmigo, en Nueva Orleans?
-No puedo.
-¿Qué significa que no puedes?
-Añoro a Sook. Añoro a Queenie; tenemos un conejito de Indias muy divertido. Lo queremos mucho.
Dijo mi padre:
-¿Es que a mí no me quieres?
Dije yo:
-Sí.
Pero la verdad es que, a excepción de Sook y de Queenie y de unos pocos primos y de un retrato de mi hermosa madre al lado de la cama, no tenía una idea muy clara de lo que significaba querer.
Pronto lo descubrí. La víspera de Navidad, mientras caminábamos por Canal Street, me paré en seco, extasiado ante un objeto mágico que vi en el escaparate de una gran tienda de juguetes. Era la maqueta de un avión lo bastante grande como para sentarse dentro y pedalear como en una bicicleta. Era verde y tenía una hélice roja. Estaba convencido de que, si pedaleaba con la suficiente energía, ¡el avión despegaría y levantaría el vuelo! ¡Habría sido en todo caso fantástico! Ya podía ver a mis primos allí abajo mientras yo volaba por entre las nubes. ¡Ver para creer! Reí; reí y reí. Fue la primera vez que mi padre pareció sentirse a gusto conmigo, aunque no sabía qué me había parecido tan divertido. Aquella noche recé para que Papá Noel me trajera el avión.
MI padre había comprado ya un árbol de Navidad, y estuvimos un montón de tiempo en un supermercado eligiendo cosas para adornarlo. Entonces cometí un error. Coloqué un retrato de mi madre bajo el árbol. En el momento en que mi padre lo vio, se puso pálido y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Pero él sí. Fue hacia un armario y sacó de él una botella y un vaso largo. Reconocí la botella porque todos mis tíos de Alabama tenían muchas exactamente iguales. ¡Puro Moonshine, licor destilado ilegalmente durante la Prohibición! Llenó el vaso y se lo bebió de un trago. Hecho esto, fue como si el retrato se hubiera desvanecido.
Esperé, pues, la Nochebuena y el siempre excitante advenimiento del orondo Papá Noel. Por supuesto, jamás había visto ese pesado y ruidoso gigante con la panza hinchada dejarse caer por la chimenea y exhibir alegremente su generosidad bajo un árbol de Navidad. Mi primo Billy Bob, que era un miserable enanito, pero que tenía un cerebro como un puño de hierro, afirmaba que todo eso era una tontería, que no existía semejante criatura.
-¡Vaya! -dijo-. Creer que un Papá Noel existe es como creer que una mula es un caballo.
Esta disputa tenía lugar en la plaza del pequeño juzgado. Le contesté:
-Existe un Papá Noel porque lo que hace es voluntad del Señor, y todo lo que es voluntad del Señor es verdad.
Y, escupiendo en el suelo, Billy Bob se alejó:
-¡Bueno, al parecer, tenemos a otro predicador entre nosotros!
Siempre me hacía a mí mismo la promesa de no dormir en Nochebuena, quería oír el baile saltarín del reno en el tejado y quedarme allí, al pie de la chimenea, esperando a Papá Noel para saludarle. Y, en aquella Nochebuena en particular, nada me parecía más fácil que permanecer despierto.
LA casa de mi padre tenía tres pisos y siete habitaciones, algunas espaciosas, sobre todo las tres que daban al jardín del patio: el salón, el comedor y una sala de música para los que querían bailar, tocar música y jugar a las cartas. Los dos pisos superiores estaban adornados con balcones de hierro forjado, cuyos intrincados barrotes verde oscuro se hallaban delicadamente entrelazados con buganvilla y rizadas guirnaldas de orquídeas, planta ésta que parece un lagarto chasqueando su lengua roja. Era el tipo de casa ostentosa con suelos encerados, algún mimbre por aquí y algún terciopelo por allá.
Podría haber sido confundida con la casa de un rico; era más bien la casa de un hombre con pretensiones de elegancia. Para un pobre (pero feliz) chico descalzo de Alabama, era todo un misterio el modo en que se las arreglaba para satisfacer esta aspiración.
No había en cambio misterio alguno en lo que se refiere a mi madre, quien, tras graduarse en la universidad, se esforzaba por ejercer todos sus encantos mientras luchaba por encontrar en Nueva York al novio adecuado que pudiera permitirse vivir en pisos de Sutton Place y adquirir abrigos de marta cebellina. No, los recursos de mi padre le eran de sobra conocidos, aunque nunca mencionara el asunto hasta años después, cuando ya había podido comprarse collares de perlas que colgaban de su cuello envuelto en pieles.
Había ido a visitarme a uno de esos internados esnobs de Nueva Inglaterra (donde mi enseñanza era costeada por su rico y generoso marido), cuando algo que comenté la enfureció; gritó:
-¡Conque no sabes por qué vive tan bien! Yates y cruceros por las islas griegas. Pues por ¡sus mujeres! Piensa en esa larga lista. Todas viudas. Todas ricas. Muy ricas. Y todas mucho mayores que él.
Demasiado viejas para que cualquier joven sensato se case con ellas. Es por lo que eres su único hijo. Y ésta es la razón por la que jamás volveré a tener otro; yo era demasiado joven para tener hijos, pero él era una bestia, acabó conmigo, me estropeó.
"Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare... Moon, moon over Miami... This is my first affair, so please be kind... He, mister, can you spare a dime?... Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare..." (1)
Mientras estuvo hablando (yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo), estas melodías, u otras semejantes, rondaban por mi cabeza.
(1) Célebre canción ligera de la época (N. de la T.) Me ayudaban a no escucharla, y me recordaban la extraña e inolvidable fiesta que dio mi padre en Nueva Orleans en aquella Nochebuena.
Iuminaron el patio de velas, al igual que las tres habitaciones que daban a él. La mayoría de los invitados estaban reunidos en el salón, donde un pálido fuego en la chimenea arrancaba destellos al árbol de Navidad; otros muchos bailaban en la sala de música y en el patio a los acordes de un gramófono. Tras haber sido presentado a los invitados y agasajado por todos, me enviaron arriba; pero, desde la terraza detrás de la contraventana francesa de la puerta de mi habitación, podía ver toda la fiesta, observar a las parejas mientras bailaban. Vi a mi padre bailando un vals con una mujer elegante alrededor del estanque que rodeaba la fuente de la sirena. Era realmente elegante, y llevaba un ligero vestido plateado que relucía a la luz de las velas; pero era mayor, como mínimo diez años mayor que mi padre, quien, en aquella época, tenía treinta y cinco.
De pronto me di cuenta de que mi padre era, con mucho, el más joven de su fiesta. Ninguna de las mujeres, por encantadoras que fueran, era más joven que la esbelta bailadora de vals con el ondulante traje plateado. Lo mismo ocurría con los hombres, quienes, en su mayoría, fumaban aromáticos puros habanos; más de la mitad eran lo suficientemente viejos como para ser padres de mi padre. Vi entonces algo que me hizo parpadear. Mi padre y su ágil acompañante se habían desplazado sin dejar de bailar hasta un lugar semioculto por las orquídeas; se abrazaban y se besaban. Me quedé tan sobrecogido, tan furioso, que corrí a mi habitación, salté dentro de la cama y me tapé la cabeza con las sábanas. ¿Qué podía querer mi joven y apuesto padre de una vieja como aquélla? ¿Y por qué toda esa gente de ahí abajo no se iba de una vez para que Papá Noel pudiera entrar? Permanecí despierto durante horas oyendo cómo se marchaban los invitados y, cuando mi padre dio las buenas noches por última vez, oí cómo subía las escaleras y abría la puerta de mi dormitorio para echar un vistazo; pero me hice el dormido.
Muchas cosas ocurrieron que me mantuvieron despierto toda la noche. Primero, las pisadas, el ruido de mi padre subiendo y bajando las escaleras, respirando con dificultad. Tenía que ver qué hacía. De modo que me escondí en el balcón, entre la buganvilla. Desde allí tenía una visión completa del salón, del árbol de Navidad y de la chimenea, donde todavía ardían pálidas llamas. Además, podía ver a mi padre. Caminaba a gatas por debajo del árbol disponiendo una pirámide de paquetes. Envueltos en papel púrpura, y rojo y dorado, y azul y blanco, crujían levemente cuando él los movía. Me sentía aturdido, ya que lo que veía me obligaba a reconsiderarlo todo. Si se suponía que estos regalos eran para mí, obviamente no habían sido enviados por el Señor ni repartidos por Papá Noel; no, eran regalos comprados y envueltos por mi padre. Lo que significaba que mi detestable primito Billy Bob, y otros tan detestables como él, no mentían cuando se burlaban de mí y me decían que no existía Papá Noel. El peor pensamiento era: ¿sabía Sook la verdad y me había mentido? No, Sook nunca me habría mentido. Ella creía. Eso era, aunque tuviera sesenta y tantos años, de alguna manera era al menos tan niña como yo.
Estuve observando hasta que mi padre terminó su tarea y apagó las pocas velas que aún quedaban encendidas. Esperé hasta asegurarme de que estaba en la cama y dormía. Entonces me deslicé hasta el salón, que todavía olía a gardenias y a puros habanos.
Me senté allí a pensar: Ahora seré yo quien tenga que decirle la verdad a Sook. Una ira, un extraño rencor, crecía en mi interior: no iba dirigido a mi padre, aunque acabara siendo él la víctima.
Al amanecer, examiné las tarjetas colgadas en cada uno de los paquetes. Todas decían: "Para Buddy". Todas, excepto una que rezaba: "Para Evangéline". Evangéline era una negra ya mayor que bebía Coca-Cola todo el día y que pesaba ciento cincuenta kilos; era el ama de llaves de mi padre -también lo había criado ella-.
Decidí abrir los paquetes: era la mañana de Navidad, estaba despierto, ¿por qué no? No me tomaré la molestia de describir lo que había dentro: sólo camisas, jerséis y tonterías por el estilo. Lo único que me gustó fue una soberbia pistola de pistones. Sin saber por qué, se me ocurrió que sería divertido despertar a mi padre con un tiro. Y lo hice. "Bang". "Bang". "Bang".
Se precipitó fuera de la habitación, con los ojos de par en par. "Bang". "Bang". "Bang".
-Buddy, ¿qué diablos crees que estás haciendo? "Bang". "Bang". "Bang".
-¡Para eso de una vez!
Me reí.
-Mira, papá. Mira cuántas cosas maravillosas me ha traído Papá Noel.
Más calmado, entró en el salón y me abrazó. -¿Te gusta lo que te ha traído Papá Noel?
Le sonreí. Él me sonrió. Fue un largo momento de ternura que se rompió cuando dije:
-Sí, papá, pero ¿qué me vas a regalar tú?
SU sonrisa se esfumó. Sus ojos se entrecerraron con suspicacia; podía leerse en su cara la sospecha de que yo le había tendido una trampa. Pero entonces se sonrojó, como si se avergonzara de pensar en lo que estaba pensando. Palmeó mi cabeza, carraspeó y dijo: "Bueno, había pensado que era mejor esperar y dejar que eligieras algo que desearas realmente. ¿Hay algo que quieras muy particularmente?"
Le recordé el avión que habíamos visto en la tienda de juguetes de Canal Street. Su rostro asintió. Oh, sí, recordaba el avión y cuán caro era. La cuestión es que, al día siguiente, yo ya estaba sentado en el avión, soñando que me elevaba hacia el cielo, mientras mi padre rellenaba un talón para el feliz vendedor. Habíamos hablado de cómo se transportaría el avión hasta Alabama, pero me mostré firme, insistí en que tenía que ir conmigo en el autobús que tomaba a las dos de aquella misma tarde. El vendedor lo solucionó llamando a la compañía de autobuses, que dijo que podrían arreglarlo con facilidad.
Pero todavía no me había librado de Nueva Orleans. El problema ahora era una gran petaca de Moonshine; puede que fuera por mi partida, pero el hecho es que mi padre había estado dándole al trago todo el día y, camino de la estación, me asustó al cogerme de las muñecas y susurrarme con amargura:
-No voy a dejar que te vayas. No puedo dejar que vuelvas con esa familia de locos a ese viejo caserón de locos. Hay que ver lo que han hecho contigo. ¡Un niño de seis años, casi siete, hablando de Papá Noel! Todo es culpa suya, de esas viejas solteronas agriadas, con sus Biblias y sus calcetas, de esos tíos tuyos, todos borrachos. Escúchame, Buddy. ¡Dios no existe! No existe ningún Papá Noel. Me apretaba las muñecas con tanta fuerza que me hacía daño.
-A veces, santo cielo, pienso que tu madre y yo, los dos, deberíamos pegarnos un tiro por haber permitido que esto ocurriera.
(Él nunca se quitó la vida, pero mi madre sí: pasó a mejor vida hace treinta años).
-Dame un beso. Por favor. Por favor. Dame un beso. Dile a tu papá que le quieres.
Pero yo no podía hablar. Estaba aterrado de perder el autobús. Y me preocupaba el avión, atado con correas a la baca del taxi.
-Dilo: "Te quiero". Dilo. Por favor. Buddy. Dilo.
Por suerte para mí, el taxista era un hombre de buen corazón.
Si no hubiera sido por su ayuda, la de unos mozos eficaces y la de un amable policía, no sé qué hubiera ocurrido al llegar a la estación. Mi padre se tambaleaba tanto que apenas podía andar, pero el policía habló con él, le serenó, le ayudó a mantenerse derecho, y el taxista prometió devolverlo a casa sano y salvo. Sin embargo, mi padre no se iría hasta ver cómo los mozos me acomodaban en el autobús.
Una vez dentro, me acurruqué en el asiento y cerré los ojos. Sentía un extraño malestar. Un dolor agobiante que me hería por todas partes. Pensé que, si me sacaba los pesados zapatos de ciudad, auténticos monstruos torturadores, aquella agonía remitiría. Me los quité, pero el misterioso dolor no me abandonó. En cierto modo, nunca más me abandonó; nunca más lo hará.
Doce horas más tarde estaba en casa, en cama. La habitación estaba a oscuras. Sook, sentada a mi lado, se balanceaba en una mecedora; un sonido tan sedante como el de las olas en el océano. Había intentado contarle todo lo que había ocurrido, y tan sólo me detuve cuando me quedé tan ronco como un perro aullador. Me pasó los dedos por el pelo y dijo:
-Por supuesto que existe Papá Noel. Sólo que es imposible que una sola persona haga todo lo que hace él. Por eso el Señor ha distribuido el trabajo entre todos nosotros. Por eso todo el mundo es Papá Noel. Yo lo soy. Tú lo eres. Incluso tu primo Billy Bob. Ahora ponte a dormir. Cuenta estrellas. Piensa en la cosa más apacible. Como la nieve. Siento que no llegaras a verla. Pero ahora la nieve cae por entre las estrellas.
Las estrellas destellaban, la nieve se arremolinaba dentro de mi cabeza; la última cosa que recordé fue la voz serena del Señor encomendándome algo que hacer. Y, al día siguiente, lo hice. Fui con Sook a la oficina de correos y compré una postal de un penique. Hoy, todavía existe esa postal. Fue encontrada en la caja de caudales de mi padre cuando murió, el año pasado. Esto es lo que le había escrito: "Hola papá espero que estés bien como yo y estoy aprendiendo a pedalear muy rápido en mi avión estaré pronto en el cielo así que mantén los ojos abiertos y sí te quiero Buddy".

martes, 5 de diciembre de 2006

Programación



Programación 6 de diciembre


4:00 pm. Conferencia "El desafío de la formación de los jóvenes en valores" dicta Luis Enrique Ascoy
5:30 pm. Ciclo de charlas "Qué comer, qué leer: libros que sana" dicta Maritza de Gallia
7:00 pm. Presentación del libro "El Perú de Yerovi" de Nicolás Yerovi
8:30 pm. Presentación del libro "Historias de Verdugos" de Carlos Calderón Fajardo

sábado, 2 de diciembre de 2006

LIBRO INDISPENSABLE


Panhispánico

La lengua española es tan simple como a la vez compleja. Esto, por supuesto, genera muchas dudas sobre la correcta forma de decir una u otra cosa.

Todos estos problemas se deben, principalmente, a que no existen reglas de contrucción perfectamente definidas y las pocas reglas que se tienen están plagadas de excepciones. Si bien toda la complejidad del lenguaje tiene un sustento histórico, es una opinión común que debería haber una reforma para simplificar todo este lío de manera que sea la normativa sea más eficiente en esto de ser instrumento de comunicación, en todo caso, el fin mayor del lenguaje.
Mientras esperamos que se reforme la lengua español, sólo nos queda alinearnos con la Real Academia Española que ha puesto en línea, desde hace algún tiempo, el Diccionario Panhispánico de Dudas. Que al igual que el Diccionario de la Lengua Española es una herramienta de consulta invaluable. Invaluable no sólo para quien esté vinculado directamente con los asuntos de la palabra, sino para todo aquel que tenga que usar el código verbal en cualquier circunstancia, es decir: todos.

martes, 28 de noviembre de 2006

27 FERIA DEL LIBRO "RICARDO PALMA"


Libros, libros, charlas sobre libros, y libros... como si fuera una fantasía


TODOS A MIRAFLORES, TODOS A LA FERIA


Una vez más, el parque de Miraflores (¿o todavía parque Kennedy?) arrimará a los vendedores de cuadros, de artesanías y de panes con butifarra para darle un espacio a la vigesimoséptima Feria del Libro Ricardo Palma. A partir del miércoles 29 de noviembre, “ahorita nomás”, podremos acercarnos a los libros de una manera diferente. Y como todo lo que conlleva la convivencia, habrá polémica porque no siempre estarán los libros que se hubiera querido que estén y, quizás, estén sobrando libros que deberían estar en otro lugar menos “intelectual”. Da lo mismo, igual una miradita por todos los estantes y, claro, minutos más en los de nuestra preferencia. Luego, con el primer presupuesto que se tiene, la compra de los libros que hace tiempo queríamos tener, para luego buscar – con lo que queda de sencillo – los libros de remate que, muchas veces, son de regio abolengo, pero ya venidos a menos porque el tiempo todo lo desgasta, hasta la fama a veces.
Para esta Feria, se ha programado el homenaje al reconocido escritor peruano Antonio Gálvez Ronceros (Chincha, 1932), autor entre otros libros que deberían ser inolvidables como “Los ermitaños” o “Monólogo desde la tinieblas” cuyo cuento “Miera” es, en lo personal, muy bueno. Este homenaje se dará el mismo día de la inauguración a las siete de la noche, esperemos que no sean minutos más minutos menos, para variar.
También sé que habrá un merecido reconocimiento a la poeta Carmen Ollé (por los 25 años de su excelente Noches de adrenalina). No podía faltar tampoco el tributo a Mozart (250 aniversario de su nacimiento) y a Bertolt Brecht. También están programadas la presentación de la revista Martín (dedicada a Carlos G. Belli), Cuentos selectos y cuentos breves de Carlos E. Zavaleta. Como novedad figura Cinco historias de mujeres y otra sobre Tamara Fiol, novela de Miguel Gutiérrez. También el libro El secreto de la trapecista, de Óscar Málaga, cuya presentación estará a cargo de Rafo León. Habrá talleres, recitales y conferencias.
Separemos tiempo, pasemos la voz y vayamos más de una vez a las actividades de la Feria. No siempre hay oportunidad de ver tantos libros juntos y a tantos que quieren leer.
Que no haya confusión, el afiche pertenece a la Feria anterior, por eso dice 26; pero es la 27. Si encuentro el actual, lo cuelgo y lo corrijo. Por ahora qué le hacemos. Pero igual, vayan a la Feria 27.

J.M.O Y SU CRITICA A "PUTA LINDA"



Ampuero, entre amigos y enemigos

EL ESCRITOR EN EL BURDEL

"Se prefiere ser amado o, en todo caso, odiado; pero de ninguna manera ignorado". Quizás escrito de otra manera, más o menos sutil, es el punto de vista de muchos cuando de competencia artística se trata. Tampoco es cuestión de negar que todos tenemos nuestro lado social que se solaza – en mayor o menor intensidad – con el reconocimiento a nuestro trabajo. En ese sentido, parece que la obra de Fernando Ampuero transcurre en ese péndulo, favorecedor en todo caso.

Desde la presentación de su novela Puta Linda, está ha generado las opiniones más controversiales. Por una lado, están quienes han escrito con mala leche, no solo de la obra sino del autor; también los que consideran a la novela como un ejercicio de buena prosa (el autor es un periodista de impecable pluma), pero sin mayor vuelo. Estos, a su vez, acusan que hay quienes confunden la amistad con el ejercicio de la crítica para sobredimensionar una obra mediana. Esta semana en El Dominical, José Miguel Oviedo, ingresó al ruedo con un artículo titulado: El escritor en el Burdel, en donde reconoce que Ampuero ha logrado algo, por lo menos complicado, porque escribir sobre putas era un tema que ya tantas veces se había trabajado que se convertía en un intento cuando menos riesgoso. Que un hombre pague a una prostituta, no por sus habituales servicios, sino para que le cuente su vida y eso pueda servirle para escribir una novela es algo que ya ha sido antes materia literaria; también es un lugar común que la vida de las mujeres de ese oficio sea casi siempre un melodrama cuyas líneas generales son previsibles. Por lo mismo no es fácil ser original -o al menos interesante- con tales temas, pero eso es precisamente lo que ha logrado Fernando Ampuero… en su novela corta Puta linda… porque introduce en ellos variantes, sorpresas y cuestiones que dan un perfil propio a la obra y que le permite cautivar rápidamente al lector.
Más adelante hace mención a lo que, en lo personal, me seduce de la argumentación, que Noemí no dice la verdad de su vida, sino que va inventando una vida para hacerla, quizás, más interesante. En el medio de toda la historia hay toda una sucesión de hechos que marcan el temperamento de la obra: pobreza, promiscuidad sexual, apelaciones a lugares de fantasía colectiva, como la inmortal Nannette, mención de lugares semiclandestinos, referencias a situaciones y contextos políticos de corrupción, en donde José Miguel Oviedo, resalta la capacidad narrativa de Ampuero con las que muchos coincidimos más allá de la amistad o de la mezquindad. Pero, en lo personal, confieso que quedé cautivado, por un tiempo feliz, con la puta no sólo linda, sino creadora de mentiras tan fuertemente verdaderas. Después de todo, qué somos los escritores, a decir de tantos críticos y lectores: mentirosos persuasivos.
José Miguel Oviedo, concluye su crítica escribiendo que "Puta linda", confirma, además, que la gran virtud narrativa del autor es una prosa transparente, fluida, funcional, siempre bajo control, con creciente tensión interna pero con remansos de humor, lo que asegura la convicción que produce el relato; aquí y allá, sin embargo, puede encontrarse algún desliz o descuido, como "no sumaba una suma considerable" (41). Esa prosa desnuda de adornos y complicaciones, de vanas pretensiones, es el signo de un narrador eficaz, para quien el lenguaje está completamente al servicio de su historia, y no al revés.

CUANDO LOS CRÍTICOS SON CRITICADOS


TIPIFICACIÓN DE LOS CRÍTICOS

Por esas simples coincidencias – agradables eso sí - , a los consejos para poetas, dramaturgos y escritores que mi querido amigo Arza ha estado colgando en esta zona, se le suma ahora Alonso Cueto quien, desde su columna en Peru21, suelta algunos “consejos” sobre lo que no deberían ser o hacer los críticos de arte. De hecho, arranca con la queja - colectiva diría yo - para con los críticos y su manía de esquematizarlo todo. Una vieja obsesión de los críticos es clasificar a los escritores por escuelas literarias o grupos. Es un ejercicio que puede hacerse sobre cualquier profesión, incluso la de los críticos literarios o de cine. Después, les devuelve la receta con una clasificación cargada de una ironía fina que, ciertamente, conocía poco en el Alonso Cueto.
· El que siente una especie de éxtasis antes de escribir una reseña negativa: "Lo voy a hacer puré", "ahora va a ver", "para que joda".
· El que resume el argumento sin ofrecer mayores comentarios.
· El que escribe frases como: "Nótese la importancia.", "Repárese en la trascendencia."
· El que escribe que "con este libro" un autor se ha convertido en "uno de los mejores escritores latinoamericanos" y que, luego, sufre una crisis de entusiasmo y agrega"y universales".
· El que no reseña nunca los libros de 'sus enemigos'.
· El que solo reseña libros cuando se trata de los publicados por quienes considera sus enemigos.
· El que escribe con demasiada frecuencia.
· El que quiere lucirse y que toma el libro o la película como pretexto para ello.
· El que escribe "El autor nos deleita con un banquete verbal".
· El que se luce con bosques de frases que superan las cien palabras.
· El que finaliza su comentario diciendo: "Cualquiera podría haber hecho esta película".
· El que se concentra en el texto o la película, el que no pretende ser objetivo pero ofrece un recuento honesto de su experiencia. El que da ejemplos, opiniones ceñidas a lo esencial y pide cuentas al autor por lo que quiso hacer. Hay algunos de estos críticos serios entre nosotros
.

Coincido plenamente en que el ejercicio de la crítica es, en si misma, una forma de creación, y que los críticos con quienes, muchas veces de manera controversial, nos ensañamos, están también están sometidos a una crítica tanto o más enérgica o sesgada como la que ellos suelen ofrecer. Al respecto, Cueto dice: Los críticos forman parte de una sociedad con los creadores. Dependen de él aunque el autor no necesariamente depende de ellos. El crítico es un lector profesional, un defensor de la lectura.
Grandes libros de críticos como Cyril Connolly o Edmund Wilson me han acompañado siempre. Entre los latinoamericanos y peruanos hay algunos críticos a los que leo regularmente. Lo hago no solo por interés en los libros que reseñan sino por el puro placer de leerlos. Una buena crítica también es un texto interesante, complejo, en donde no solo interviene la objetividad sino la calidad creativa de su autor.

sábado, 25 de noviembre de 2006

Para los que hacen teatro


Algunas frases de dramaturgos imprescindibles


Esquilo

  • Ni aún permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar puede el hombre escapar a la sentencia de su destino.
  • Pocos hombres tienen la fuerza de carácter suficiente para alegrase del éxito de un amigo sin sentir cierta envidia.
  • No es sabio el que sabe muchas cosas, sino el que sabe cosas útiles.
  • La fuerza de la necesidad es irresistible.
  • No considero nada vergonzoso honrar a los hermanos.


Shakespeare


  • Tan imposible es avivar la lumbre con nieve, como apagar el fuego del amor con palabras.
  • El sabio no se sienta para lamentarse, sino que se pone alegremente a su tarea de reparar el daño hecho.
  • El amor de los jóvenes no esta en el corazón, sino en los ojos.
  • El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos.
Moliere
  • El celoso ama más, pero el que no lo es ama mejor.
  • Aquellos cuya conducta se presta más al escarnio, son siempre los primeros en hablar de los demás.
  • La improvisación es la verdadera piedra de toque del ingenio.
  • Si poseyeseis cien bellas cualidades, la gente os miraría por el lado menos favorable.

Brecht

  • Cuando la verdad sea demasiado débil para defenderse tendrá que pasar al ataque.
  • El que no sabe es un imbécil. El que sabe y calla es un criminal.
  • Las revoluciones se producen en los callejones sin salida.
  • Desgraciado el país que necesita héroes.
  • Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles.

Artaud


Allí donde otros proponen obras yo no pretendo otra cosa que mostrar mi espíritu.La vida es un consumirse en preguntas.No concibo la obra como separada de la vida.No amo la creación separada. No concibo tampoco el espíritu separado de sí mismo.Cada una de mis obras, cada uno de los planes de mí mismo, cada una de las floraciones heladas de mi vida interior echa su baba sobre mí.Me reconozco tanto en una carta escrita para explicar el encogimiento íntimo de mi ser y la castración insensata de mi vida, como en un ensayo exterior a mí mismo, y que aparece en mí como un engendro indiferente de mi espíritu.Sufro que el Espíritu no esté en la vida y que la vida no esté en el Espíritu, sufro del Espíritu-órgano, del Espíritu-traducción, o del Espíritu-intimidación-de-las-cosas para hacerlas entrar en el Espíritu.Yo pongo este libro suspendido en la vida, deseo que sea mordido por las cosas exteriores y antes que nada por todos los sobresaltos en acecho, todas las oscilaciones de mi yo por venir.Todas estas páginas se arrastran como témpanos en el espíritu. Disculpen mi absoluta libertad. Me rehuso a hacer diferencias entre cada uno de los minutos de mí mismo. No reconozco el espíritu planificado.

Beckett

  • Todos nacemos locos. Algunos continúan así siempre.
  • Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
  • Nuestro tiempo es tan excitante que a las personas sólo puede chocarnos el aburrimiento.

Colaboración de Arza

Para los poetas


Un poema de verdad no se escribe en las últimas páginas de un cuaderno como escape a una desastrosa clase escolar o universitaria. Tampoco un poema es un desahogo sentimental rimado. Un poema debe ser un ser vivo. El poema debe ser capaz de transmitir vida. Un poema siempre es para alguien. Siempre es para una mujer: sea la que dejaste ayer, sea la Muerte que llamas a cada momento. Además, como Cesar Calvo diría, no es por qué sino para qué...

¿Para qué se escribe un poema?

Se escribe un poema para sentirse el centro del mundo.
Se escribe un poema para hacer más fraternos a los hombres,
o sea para intentarlo,
o sea para que la poesía sirva para alguna cosa.
Se escribe un poema para no sentirnos el centro del mundo.
Se escribe un poema para ahuyentar a una muchacha.
Se escribe un poema para ayudar a la Revolución.
Se escribe un poema para que los maridos nos odien mucho más.
Se escribe un poema para que el poema nos acompañe,
para no estar tan inexplicablemente solos.
Se escribe un poema para duplicar el orgasmo
al menos para ponerle un espejo delante.
Se escribe un poema para no tener tiempo de hacer otras cosas,
como por ejemplo para no tener tiempo de sufrir.
Se escribe un poema para que nuestra tía más querida
pueda decir a todos que tiene un sobrino que escribe un poema.
Se escribe un poema para rascarse la barriga en la playa,
para emborracharse en Surquillo
sin que a uno lo asalten los señores chaveteros,
para darse un descanso entre polvo y polvo,
para hablar de ello en el Instituto Italiano de Cultura,
para que a uno lo consientan todo,
para que a uno no le consientan ni un comino.
Se escribe un poema para que los psiquiatras no nos cobren,
y para que aquella rubia se sienta inmortalmente poseída,
y para que el general Velasco lea estas líneas
y sepa que Avendaño sigue preso
por orden de una culebra disfrazada.
Y se escribe un poema para viajar a los congresos de escritores
con todos los gastos pagados,
y para ponerle el cascabel al gato,
y para poder comer con la mano en los salones
si nos viene en gana,
y para morirse de hambre
y también para no morirse de hambre
y para quedar como un perfecto cojudo en todas partes,
y para usar calzoncillos de colores sin que
se nos acuse de maricas,
y para que ciertos cadetes nos dejen a solas con sus novias
creyendo que lo somos.
También se escribe un poema para no afeitarse nunca,
para ir al baño sin remordimientos,
para ir al comedor sin remordimientos,
para ir al dormitorio sin remordimientos,
y se escribe un poema para sentirse culpable de todo
y con esos materiales llegar a escribir algún poema.
Y también se escribe un poema para reírse a gritos
Y para vivir también se escribe un poema.
Y para tener un pretexto para no vivir, etcétera.
Y a propósito de etcétera:
Se escribe un poema para no escribir cosas peores,
como cartas de amor, cartas financieras,
facturas por pagar, tratados de filosofía miraflorina,
Y se escribe un poema por incapacidad,
cuando se ha fracasado como wing derecho en la
selección del colegio, cual es mi triste caso.
Y se escribe un poema para intensificar la vida,
como dice Stéfano Varese.
Y se escribe un poema, finalmente,
se escribe un poema para que en algún lugar del mundo,
mañana o dentro de veinte años
la pareja que está por suicidarse alcance a leerlo, y desista,
desista por lo menos unos días,
y comprenda que la vida
es siempre hermosa
a pesar de la vida... y a pesar del poema.

Colaboración de ARZA

viernes, 24 de noviembre de 2006

Para escritores


Cada taller presenta siempre recomendaciones para poder escribir. Los más citados decálogos son los de Monterroso o Quiroga. Lugares comunes como la inspiración, el talento, la perseverancia son el común denominador de estos sacros consejos, que la ingenuidad literaria podría hacernos creer que son indispensables seguir. Ante esto, el siguiente catálogo es una selección de consejos de escritores como Burroughs, Bukowski, Kerouac, Ginsberg sobre el ser escritor. Esta demás mencionar que son autores que no están en ningún libro escolar.

Decálogo del escritor
(anotado)


1. No te olvides de Dylan Thomas, Heminghway, Pizarnik y tantos que se pasaron al otro lado violentamente: la muerte está presente en todo artista, tan sólo que es la sálida por el lado equivocado del túnel. (Hazle caso a tu Tánatos más que a tu Eros)
2. Tus influencias serán siempre: tú mismo, tú mismo y tú mismo. (No seas un buena gente, no trates de quedar bien con todos, no escribas por encargo o por moda)
3. Escribir tiene que ser un ejercicio constante: 1000 palabras al día promedio. (Si no puedes, renuncia o estudia algo)
4. Un escritor no puede leer menos de 10 libros por mes. (Si no puedes, renuncia)
5. Siempre hay tiempo para leer o para escribir. (Aprende a leer en la combi)
6. No escribas para salvar al mundo, escribe para salvarte a ti mismo. (Evita incrementar la estadísticas de suicidios del país)
7. El público ama las mentiras hermosas; pero nunca te creas tus propias mentiras. (Antes de hablar de ti, piensa que a nadie le interesa tu vida. Sé imaginativo, no un provinciano intelectual)
8. No dejes que tus personajes te devoren. Ellos copian tu personalidad y tú no la de ellos. (Si tienes alguna frustación de construcción egocéntrica, entonces véngate de ti mismo escribiendo)
9. Nunca pares de crecer creativamente. Dejar de hacerlo es comenzar a morir. (Ejercita tu imaginación, no creas que todo es leer. Anda al cine, a conciertos, a una orgía; escucha música y la calle; ve pintura, comic; baila, canta: Vive)
10. Aunque todos piensen lo contrario: eres el mejor escritor vivo. (Nunca imites. No imagines tu velorio. No escribas en servilletas o en la última página de tu cuaderno porque un Nobel lo hizo así. Ser escritor es como cazar leones. Busca los tuyos. Mata al rey)
Pd. No le hagas caso a ningún catálogo, y menos a este.
Colaboración de ARZA

martes, 21 de noviembre de 2006

DANIEL ALARCON Y SU RECIENTE NOVELA


LOST CITY RADIO


Siempre es bueno colocar una nota sobre escritores peruanos que van haciendo una excelente carrera literaria en el mundo. Este es el caso del joven escritor Daniel Alarcón, radicado en Estados Unidos y que escribe en el mejor inglés (allí está el núcleo que justifica su importancia en el mundo norteamericano) de quien ya se anuncia su nueva novela Lost city radio. Max Palacios, desde su infatigable blogs amoresbizarros, cuelga el siguiente fragmento, extraído a su vez, de la web de Daniel Alarcón : Un país sudamericano sin nombre y sin tiempo emerge lentamente de una guerra que todos preferirían olvidar. Por espacio de diez años, Norma ha brindado consuelo y refugio a un pueblo destrozado por la violencia, al tiempo que ella negaba su propio drama: la desaparición de su esposo al final de la guerra. El programa de radio conducido por Norma es el más popular del país, y cada semana la población entera—desde los indigenas de lejanos caseríos serranos hasta los pobres de los barrios urbano-marginales—sintoniza Radio Ausencia en busca de algún indicio de sus desaparecidos, aquellos tragados por una ciudad en caótico crecimiento.
Sin embargo, la vida a la que Norma parecía ya haberse habituado cambia irremediablemente cuando un chiquillo llega de la selva con inesperadas pistas en torno al destino de su esposo, Rey.
Devastadora y cautivante, cruel y tierna, Radio Ausencia, plantea profundas interrogantes respecto a la guerra y su significado: desde su impacto arrasador sobre una sociedad sacudida por la violencia, hasta las cicatrices emocionales que cada participante, observador, y sobreviviente lleva a cuestas por largos años
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